DIARIO DE LA CONSULTA

En esta sección vamos a intentar plasmar nuestro día a día con ejemplos reales , lo que pasa dentro de nuestra consulta,  lo que les pasa a nuestros pacientes cuando usan y deambulan por el sistema sanitario, lo que nos supone a nosotros y a ellos todos los inconvenientes y limitaciones que tenemos para hacer bien nuestro trabajo. Hemos cambiado los nombres de los pacientes, médicos y centro de salud para que de ningún modo sea posible reconocer a ningún paciente.

Cada día una historia, corta, sencilla, entrañable, con personajes reales, en centros de salud reales. Contada con todo nuestro cariño pero con toda la firmeza que nos proporciona el saber que hay muchas molestias y daños que se podrían evitar si nuestros políticos escucharan lo que pedimos y pusieran remedio.

Es curioso que muchas cosas no costarían dinero, se daría un mejor servicio, más rápido, eficaz y eficiente, y en muchos casos incluso se ahorraría dinero público. Y todos estaríamos más contentos y sanos, al menos los médicos y los pacientes, que no es poco.

Allá vamos. Esperamos que os gusten y ayuden a reflexionar y mejorar.

DIARIO DE LA CONSULTA 60:

EL NOMBRE DE LAS COSAS

 

Estamos en consulta Luis,  el residente y yo. Entra Carmen envuelta en una nube invisible de olor de su colonia y con su habitual buen aspecto, propio de personas preocupadas por ser y parecer agradables. Está guapa con su chándal, va ahora al polideportivo. Luis no la conoce, así que los presento. Inmediatamente Luis, disciplinado, mira la lista de problemas: Espondilitis anquilosante. Carmen, lista como ella sola, reconoce esa mueca instintiva que hacemos los médicos cuando algo nos llama la atención con un matiz negativo, y dice: “lo anquilosante es la espondilitis, no yo”. Nos reímos los tres, desde luego hace falta mucho más que un diagnóstico para “anquilosar” a Carmen.

Seguimos la consulta con el buen humor y el perfume de Carmen persistiendo en la atmósfera. Cuando terminamos, llamamos a Lola, la hija de un paciente recién fallecido. Lola ha cuidado a su madre y a su padre sucesivamente, “terminar” con una y empezar con otro para acabar quedándose sola en una orfandad no menos dura por ser esperada y anunciada. Ambos han tenido cáncer, y como su padre fue diagnosticado cuando casi aún hacían el duelo por su madre, pidió que no se le comunicara a él ese diagnóstico. Su padre tampoco preguntó nada, aunque le diéramos pie a ello, se hacía el distraído, evadía enfrentarse a una verdad que quizá intuía.

Ha sido una excelente cuidadora, de las que aprenden cualquier lección, están atentas a las indicaciones de los sanitarios y ha sabido mantener el tipo lo mejor que ha podido y ha sabido sin “claudicar”.  Cuando hablamos con ella la oímos llorar desconsoladamente, con un llanto de pena pero también de rabia, como si algo más grave aún que la muerte la atormentara. Aguantamos a este lado del teléfono y esperamos. Cuando se calma nos dice que ha visto en “los papeles” de cuidados paliativos que ponía “conspiración de silencio” y que eso qué era, que ella no había cometido un delito, que solo había querido que su padre no sufriera más, que “lo de su madre” había sido muy duro y estaba muy reciente…No sabíamos qué decirle para consolarla. Le recordamos lo buena que había sido para sus padres y todo lo que les había dado, y que era la mejor hija del mundo…La citamos en unos días para verla. nombres

Anquilosante significa “sin posibilidad de movimiento”, y conspiración “unirse contra un particular para hacerle daño”. Nada más lejos de Carmen y de Lola.

En un sistema donde el registro, los códigos y las clasificaciones de enfermedades tienen más valor que las personas,  Luis y yo hemos aprendido hoy que hay que cuidar el nombre de las cosas.

DIARIO DE LA CONSULTA 59:

EN QUÉ TRABAJAS

Juan “está muy mal de los bronquios” “pero no es del tabaco”, me aclara con mucha contundencia, como adelantándose a algo que aún no he preguntado pero que, confieso, estaba a punto de preguntar.  Se ve que está acostumbrado a que lo hagamos. A continuación me cuenta que trabajó más de treinta años en la fábrica de cemento y eso “le ha dañado los pulmones”. Lo ausculto y tiene ruidos respiratorios, saturación de oxígeno algo baja. Su aspecto es abotargado, le cuesta respirar. “Hay que estudiarle esto”, le digo. Me mira con semblante algo preocupado. Intento tranquilizarlo, pero el lenguaje no verbal delata que yo también estoy preocupada. Mientras realiza el ritual de abrocharse la camisa y ponerla en su sitio dentro del pantalón, abrocharse la correa y volver a la silla, voy al ordenador a anotar la exploración y a poner en sitio visible cuál ha sido su ocupación laboral. La historia de DIRAYA no es muy amigable para poner estas cosas. Decido ponerlo en la lista de problemas.

Cuando se va Juan pienso en tantos pacientes en los que su trabajo explica en todo o en gran parte los problemas de salud que padecen. O que complica el control de sus patologías.mujeres-fregando- Manuela tiene una artrosis erosiva de las manos: trabajó de criada desde la infancia, lavaba a mano y fregaba el suelo de rodillas.  Jesús tiene una dermatitis crónica de las manos: es mecánico del automóvil. Elena es maestra de primaria, pierde la voz cada dos por tres. Andrés tiene lumbalgias de repetición: es conductor de autobuses. Ana es médico de familia sin plaza, tienen tres niños de corta edad, va uniendo contratos y hace guardias obligadas, tiene crisis de ansiedad. Ernesto tiene diabetes insulindependiente, es camionero, es muy difícil ajustar horarios de insulina y comidas….y así un largo etcétera.

Qué cerca  estamos los médicos de familia de la vida cotidiana de nuestros pacientes y de los trabajos que realizan o han realizado a lo largo de sus vidas. Qué lejos de poder cambiar algunos de estos riesgos y cómo nos gustaría mejorar estas situaciones, aunque no tengamos tiempo de abordarlas adecuadamente, ni lugar donde escribirlo en la historia informática.

DIARIO DE LA CONSULTA 58:

EL MEDICO MOSCA

Muchas  historias de consulta son como telas de araña que los pacientes van tejiendo en círculos  concéntricos a nuestro alrededor y que  pueden acabar ahogándonos. Unas  veces ellos mismos se envuelven en sus problemas hasta asfixiarse, y otras nos dejan atrapados  sin poder hacer nada, convirtiéndonos en  médicos-mosca.

Hoy Tania, con T de un tiempo que no tengo, es mi paciente araña, y yo la mosca, dicho sea con todo el respeto para ella. Soy una mosca envuelta en los  hilos de sus vivencias,  que tengo que  intentar entender, seguir, aclarar,  desliar, desenredar,  y no dejar que me ahoguen.

Mi paciente es una mujer guapa y de mirada azul. De carácter nervioso y con la vitalidad de sus cuarenta  años. Trabaja como auxiliar de clínica en  un hospital, y  me sorprende  cuando, en confianza y repetidamente, me dice que se lleva muy bien con  “la clase médica”. Reconozco que siempre que escucho esta expresión,  me intranquiliza. Me gustaría aclarar en otro momento por qué tiene ese concepto clasista de los médicos, pero no ahora.

Y comienza a lanzarme sus hilos de araña, dicho sea también con todo mi cariño:

-Primer hilo: Me cuenta que es  de familia  humilde, y tiene varios hermanos  traficantes, de esos que no tienen coches de alta gama, ni yates, ni lujosas casas;  de los que necesitan mercadear  para poder drogarse; carne de cañón cuyo  destino es la cárcel o quizá la muerte; de los que  a veces  están en la calle por esos azares de la justicia, y otras, las más,  en el trullo.  Su madre, es  una pobre mujer víctima de sus hijos y de la mala vida;  y del padre ya ni se sabe.

Está satisfecha  de haber salido de la miseria de su entorno, aunque sigue ayudando a todos ellos. Consiguió un trabajo digno, un marido honrado  que ya no está, y dos hijos estudiosos y buenos de los que se siente orgullosa. Es una superviviente de un destino que podría haber sido similar al de sus hermanos.

Pero Tania, arrastra las penas de su familia. Y las lanza a mi alrededor.

-2º hilo: Me cuenta que,  a pesar de todo, ella fue feliz hasta que su marido, se fue.  Desde entonces está enferma… de dolor, de insatisfacción, de rabia por este nuevo revés que le dio la vida. Enferma del alma.

Tania, arrastra la pena de la ausencia de su marido. Y las lanza a mi alrededor.

Me empieza  ya  a liar un poco con su tela, quizá debiera interrumpirla (ya voy retrasado)…. pero la dejo hablar.

-3ºhilo: Al poco decidió que su vida no merecía la pena y comenzó a acudir a urgencias por sucesivos intentos de suicidio. Varios lavados de  estómago. Muchas visitas a psiquiatras… Lo miro en su historia clínica. Así es.

Tania, no quiere vivir. Ya no lanza redes, ahora llora de verdad.

-4º hilo: Siente que la escucho. Se emociona. Llora más. Y se anima a seguir contando: al poco de separarse, conoce a alguien de nivel social superior al suyo, influyente, con amistades en todas partes, y maltratador. Me enseña su teléfono móvil con cientos de insistentes llamadas guardadas. Ha querido abandonarlo  en muchas ocasiones, pero él la acosa para que no lo haga.  Por fin ahora se siente fuerte. Cree que  este  puede ser el principio del  fin de esa relación tóxica. Hasta hace poco no se había atrevido.

No sabe  cómo lo está consiguiendo, pero se va zafando poco a poco de las garras de este macabro personaje. Despacio, sin ayuda, porque teme que los tentáculos del maltratador lleguen hasta los organismos que protegen a las mujeres en estas situaciones, no quiere denunciar.

Yo soy un mero espectador, no tengo la sensación de hacer o decir algo que solucione su problema, pero parece que a ella le sirve que yo la escuche. Necesita hablar y contarme sus progresos. Hace más de un mes  que el acosador  no la llama. Creo que  percibe que ella  se va haciendo  más fuerte. Le digo que aun así debe denunciar. No quiere.

Tania, es una mujer maltratada. Ahora el que tengo ganas de llorar soy yo.

Como la araña, me va envolviendo en  sus historias pasadas y presentes saltando de una a otra, y  va tejiendo un poco más su tela de  palabras hilvanadas de emociones,  que a fuerza de oir  me paralizan.  tela araña

5º hilo: Cuando ya me daba por asfixiado, se recompone, y  cambia radicalmente  de registro. Creo que se da cuenta  de que me estoy agobiando,  por mi falta de tiempo  y porque no soy insensible a sus  lágrimas,  aunque intento disimularlo. Ahora me habla de uno de  sus hijos: ha sacado una de las mejores notas de selectividad. Quiere ser médico. Me pide consejo.

Uffff. Respiro. Me alegra que la visita haya dado este giro inesperado, y que exista en su vida algún estimulo que le pueda devolver la ilusión.

Tania, también es feliz por sus hijos  (con esa capacidad contradictoria del ser humano para ser desgraciado y feliz  al mismo tiempo).

Definitivamente soy una mosca a punto de ser  asfixiada, y necesito liberarme…He subido y bajado en la noria de sus emociones. Para relajar el ambiente, no puedo ni quiero  reprimir una  pequeña maldad. Es el momento de aclarar algo que me dijo al comenzar la consulta…. y le pregunto en tono distendido:

-¿Me dices en serio que tu hijo quiere pertenecer a la “clase médica”?, le aguijoneo  repitiendo su misma expresión,  aunque  con  un matiz más socarrón… ¿A la clase médica? Repito de nuevo, forzando el rictus y reclinándome  en el sillón, en un gesto que ahora reconozco histriónico.

En este momento me miró fijamente y me dijo con voz pausada:

Sí. Quiere pertenecer a  la ”clase médica”, a la clase de médicos que escuchan a los pacientes, a la clase de médicos que ayudan. Me miró segura de sí misma, y no pude evitar sentir cierto pudor. Entonces descubrí que en esa frase,  no había crítica sino admiración.

Duda resuelta. Tania no nos odia a los médicos.

Siento que al hablar de su hijo  todas sus penas han pasado a un segundo plano. La animo a que me hable de él. No voy a plantear soluciones a ninguno de los problemas  que me ha contado. No las tengo. Debe encontrarlas ella. Se lo hago saber. Y empiezo a  liberarme de su tela.

He podido reconducir la conversación a temas más amables.  O a lo mejor ha sido ella misma. Da igual. Tania, ahora,  suena  feliz, y yo también estoy contento porque ese héroe,  a pesar de unas circunstancias familiares tan adversas  y un futuro laboral tan incierto, quiere   formar parte de  este gremio. Ojalá, como dice Tania, pertenezca a la clase de médicos que saben escuchar. Que sea un médico rebelde y crítico con aquellos que hacen las cosas mal.

Tania, con T de un tiempo que no tengo, con su cambio de actitud durante la consulta me ha liberado por fin de su tela.  Aliviada por ser escuchada. Necesitada de  contar. Ha encontrado sus razones para seguir viviendo. Ya no quiere suicidarse.  Y yo respiro aliviado.

He tardado treinta y cinco minutos. Tania ha pasado por todos los estados emocionales posibles, y yo me empiezo a plantear mi propio psicoanálisis, el de un médico que intenta sobrevivir sin asfixiarse en esas telas de araña que precisan tanto tiempo, con T que no tenemos, para desmadejarse.

Centro de Salud de Málaga 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 57:

UNA TRAMPILLA EN LA CONSULTA

Entra en la consulta un señor mayor, como de unos setenta años, al que no conozco. “Vengo por la baja maternal de Luisa…” y me dice los apellidos. Tampoco la recuerdo, aunque veo en la historia que la he visto un par de veces en estos años. Se ha debido controlar el embarazo en la privada porque no hay registros de asistencia al programa en el centro de salud. Voy cumplimentando los datos en el ordenador y, como acostumbro a hacer, hablo al mismo tiempo, y le digo, intentando ser amable y romper un poco ese silencio que suelo soportar mal: “¿es usted el abuelo?, enhorabuena por la parte que le toca”. “No, soy el padre y me toca la parte entera…”. Entonces, pienso en que necesitaría que hubiera una trampilla en el suelo de la consulta y una cadena de la que tirar para desaparecer unos minutos…. Sonrío ruborizada y le pido disculpas. Los estereotipos de edad me han jugado una mala pasada. Y eso que yo creo que soy de mentalidad abierta…. En fin seguimos.

Viene Rosa, es una joven muy simpática, a la que atiendo por sus migrañas desde hace años. Es como un soplo de aire fresco, imagino cuánta alegría va llevando a todas partes cuando no la azotan esos dolores de cabeza. Tiene ahora las crisis más frecuentes. Le pregunto si toma anticonceptivos hormonales. Me dice que no. “¿Usas otros métodos?”. “No, no tengo ese problema”, responde. “Ah, no tienes relaciones”, digo sin pensarlo mucho. Entonces sonríe y suelta con desparpajo: “Mi pareja es otra mujer”, vaya, que casi tiene la pobre que zarandearme y decirme “es que no te enteras…”. Y entonces deseo con todas mis fuerzas que haya una trampilla  en el suelo por la que escapar. Pero no la hay. Yo también sonrío y le pido disculpas. Los estereotipos de género me han jugado una mala pasada. Y eso que yo me creo de mentalidad abierta…

esconderse

A veces nos pasan cosas en la consulta en las que necesitaríamos una trampilla en el suelo para que nos “tragara” y nos sacara de una situación embarazosa.  La vida siempre se sienta al otro lado de la mesa en todas sus situaciones, con toda su grandeza,  y a este lado, el nuestro, hay un ser humano con un disco duro repleto de esquemas mentales que ni sospecha tener y que en la profundidad de la relación clínica sale a flote con toda su crudeza y ternura.

Centro de Salud de Málaga. Septiembre 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 56:

ELVIRA SONRÍE

 

Hoy fui a ver a Elvira. Vive en una casa mata, un poco antigua pero reformada, con un jardín, descuidado, presidido por una gran higuera que hace sombra sobre su ventana. Aparco fuera, abro la cancela y la cierro a mi espalda, luego me acerco a la puerta, con cierta prisa, como siempre. La puerta, también como siempre, está abierta. En el umbral me paro en seco, como si una fuerza poderosa me detuviera,  incapaz siquiera de subir el escalón hasta pedir permiso para entrar, rito inquebrantable que cumplo desde mi primera escuela. Sale María, su hermana y cuidadora, y oigo a Elvira que desde su sillón también me invita a entrar, siempre educada. El mismo cuarto, el mismo sillón, la misma ventana, la misma cara amable, la misma mirada fija, la misma Elvira y su misma médico de familia, transcurriendo los años.

anciana solaVoy a visitarla, aunque no muy frecuente (goza de buena salud) porque no sale nunca de casa, ni al patio siquiera, apenas se mueve del sillón y cuesta horrores que no permanezca el día en la cama. La recuerdo en la primera vez que la vi, sucia, el pelo larguísimo, el mal olor, la verborrea, la inquietud, la mirada perdida en un rostro amable que no le correspondía (o quizá sí). Porque Elvira tiene esquizofrenia paranoide desde su primera juventud. Es mejor decir que “tiene” que ponerle un título y decir que “es”esquizofrénica. Y es que además de su enfermedad tiene más cosas: diabetes, hipotiroidismo, un sillón, una familia, una higuera.  Cuando murieron sus padres, llevaba sin valorarse muchos años y hacía un tratamiento mínimo claramente insuficiente. Tras esa primera visita, volvimos juntas la trabajadora social y yo, e iniciamos el proceso para intentar mejorarla, aunque ya fuera tarde para grandes logros: informes clínico y social, comunicación con el centro de salud mental de referencia, contactos familiares, valoración por las enfermeras del equipo de salud mental y del centro de salud y con la psiquiatra que se hizo cargo de su caso y de su tratamiento. De eso ya han pasado muchos años.

Siempre que está así, como hoy,  limpia y arreglada, peinada con una larga trenza (no ha consentido cortarse el pelo) y vestida con sus batas de flores, le digo lo guapa que está. Le doy la mano y me mira y luego me sonríe levemente con una inmensa dulzura mientras pienso cuánto rompe Elvira la imagen social de esta enfermedad mental. Esa imagen de locos desquiciados y peligrosos que todavía hoy algunos medios fomentan (en Navidad se anunciaba en la radio el “circo de los horrores” indicando la inclusión de esquizofrénicos en su “espectáculo”). Lamentable.  El sistema sanitario también tenemos una deuda con ellos. No nos adaptamos a su peculiar forma de vida, ni a sus necesidades de atención sanitaria, también peculiares. Como ejemplo el tan de moda Proceso de Atención a Pacientes  Pluripatológicos, no contempla incluir la enfermedad mental crónica, en ninguna de sus formas, tan frecuentes (trastornos depresivos recurrentes, trastornos de ansiedad persistentes, trastornos mentales orgánicos, trastornos delirantes…). No veo ninguna razón clínica para separar estos problemas de salud, de los “corporales”, cómo desgajamos de Elvira su esquizofrenia de su diabetes por ejemplo. Lamentable también que se siga considerando “aparte” los problemas de salud mental. Menos mal que los médicos de familia no tenemos que dividir en trocitos a las personas y que todos los diagnósticos son “nuestros”.

Le pregunto como está y espero. Sé que tarda en responder y en la respuesta, a veces, como hoy, se escapan algunos de sus monstruos (la quieren envenenar). Su hermana me dice que la orina es oscura y maloliente. La exploro despacito, ella colabora, aunque no le gusta, se pone tensa y aumenta ese temblor, como de alas que baten, que le producen los fuertes antipsicóticos que toma. La puñopercusión derecha es positiva. No tiene fiebre. No puedo solicitar un urocultivo, jamás dará una muestra; tratamiento empírico, no queda otra. Ahora hay que intentar que se tome el antibiótico sin que le parezca “venenoso”. Le explico lo que tiene, cómo se le puede curar con el tratamiento y le pregunto cómo lo quiere tomar, en pastillas o sobres. “Pastillas” me dice. Sin dejar de mirarla, le explico la pauta de tratamiento y el tiempo, devuelvo el fonendo al maletín y, como siempre, la animo a salir al patio, y moverse un poco por la casa, sabiendo de antemano que, como siempre, ella no dirá nada y hará como que no me escucha, mientras su hermana afirma con la cabeza, ella también le dice lo mismo a diario, y también la deja hablar mientras permanece en su propio mundo. Al irme la beso en la mejilla y camino hacia el coche con la imagen de su cara dulce, sus ojos perdidos y su peculiar sonrisa.

Centro de Salud  de Málaga, verano 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 55:

SIN NOMBRE

Estaba de guardia con otra compañera un sábado. Menos mal que éramos dos. Entró rápido al centro una chica joven con un corte en la espalda y otro en la muñeca con una sección clara de la arteria radial. ¡Vaya forma de sangrar!. Dejamos todo y la entramos corriendo. Los pacientes en la sala de espera, que estaba llena, entendieron perfectamente que todos sus problemas eran menores que aquel.

Nosotras dos y la enfermera, tuvimos que emplear toda nuestra destreza y habilidad para intentar contener la hemorragia, coger la vía y controlar constantes, al mismo tiempo que hacer la historia clínica, porque no nos cuadraba lo que decía la paciente, (que se lo había hecho con un cristal) y la forma y localización de las heridas. Así que tuvimos que echar mano de toda la empatía y sensibilidad para darle confianza y  tranquilizarla, a la vez que intentábamos tranquilizar nuestro propio latido cardiaco disparado por la situación. Era un caso de maltrato.

Llamamos al centro coordinador para pedir la UVI móvil, llamamos también al hospital para que los cirujanos cardiovasculares tuvieran el quirófano preparado y a la policía que finalmente detuvo a su exmarido.

Mientras la estabilizábamos, acudió una vecina con los tres hijos de la paciente, de entre 3 y 10 años, todos llorando, todos testigos de lo ocurrido. Entonces nos convertimos en pediatras, niñeras  y en psicólogas, procurando que los niños lograran poner palabras a sus emociones,  eso no se podía dejar para otro momento.

Por último llegó la abuela con una crisis de ansiedad. Mientras, la ambulancia trasladaba, por fin a la paciente.urgencia

Cuando todo pasó, nos sentamos las tres en la camilla unidas por el cansancio y la satisfacción por el trabajo realizado, cuando caemos en la cuenta de que no habíamos tomado los datos de la paciente, ni habíamos anotado absolutamente nada en el ordenador. Ni un registro en Diraya. O sea, que para nuestros gestores esto no ha pasado, ya lo sabemos bien: lo que no se registra no existe. Una risa tonta nos invadió mientras nos mirábamos con resignación. Tomamos aliento y regresamos a la consulta donde no podéis ni imaginar la de pacientes que nos esperaban.

Al otro día llamamos a la madre de la paciente, cuyo nombre sí se tomó, y completamos datos, registros, protocolos de actuación, partes, comunicaciones, y sobre todo, supimos que la paciente salió sana y salva. No hay nada más importante que eso.

Punto de urgencias extrahospitalarias, Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 54:

NO MÁS FELIPES

Felipe está agonizando. Un cáncer de pulmón está acabando con su vida. Me avisa mi enfermera que ha llamado para saber cómo seguía. Hoy es mi día de visitas domiciliarias, espacio en la agenda que hay que blindar para que no sea utilizado en tareas de compañeros no sustituidos. Además, lo habitual es que se quede en poco tiempo, porque antes paso la consulta y el tiempo para cada cita es tan escaso que siempre se prolonga. Me organizo sobre la marcha, tendré que dejar visitas previstas sin hacer. Trabajo en el centro histórico, las visitas las hacemos por nuestros medios, no tenemos permiso para entrar con nuestros vehículos y Felipe vive bastante lejos. Conseguimos ir mi enfermera y yo juntas, hacía años que no hacía algo así, imposible con las cargas de trabajo que ambas tenemos.

Llegamos al domicilio y su desconsolada esposa agonia nos abraza, llorando, lloramos todas, en ese contagio de las emociones sinceras compartidas.  Felipe está sedado, vino a verlo la unidad de cuidados paliativos, buenos profesionales que además disponen de más tiempo para visitas domiciliarias y medio de transporte a su disposición.

Felipe empezó con una tos “tonta” tras una bronquitis, y se quedó con él. Al mes se hizo el correspondiente estudio sin que se encontrara nada que la justificara, pero mejoró con el tratamiento. Volvió a consultar, la tos no se terminaba de quitar, por fin encontramos una causa – una alergia a pólenes-, y volvió a mejorar con el tratamiento. Hasta que un día tuvo un esputo con sangre y ya requería estudio hospitalario, con lo que eso supone en demoras: dos meses para que le valorara el neumólogo, cinco meses más para hacerse un TAC de tórax, después de reclamar verbalmente en tres ocasiones, no por escrito y lo que no consta no se tiene en cuenta.

Su esposa me decía llorando que ellos habían confiado en mí. Y yo callo e intento aguantar la indignación y la impotencia. ¿Cómo explicarles que las enormes listas de espera son un freno que no podemos evitar nosotros? ¿Que al médico de familia no se le permite solicitar determinadas pruebas complementarias, sin ningún criterio que lo justifique y que eso también es un muro infranqueable?¿Que los errores evitables aumentan cuando los profesionales no tienen tiempo y recursos a su alcance? Es tarde para explicaciones que solo aumentarán el sufrimiento.

Felipe murió unos días más tarde.agapornis Su desconsolada viuda intenta aprender a vivir sin él. Se querían, su amor se notaba en cada gesto y cada palabra.

Su médico de familia intenta sobrevivir en las circunstancias en que le ha tocado trabajar y llevar su propio dolor, pero ha decidido luchar para cambiar la situación, para que, en lo posible, no haya más Felipes.

Centro de Salud Alameda Perchel.

DIARIO DE LA CONSULTA 53:

MÉDICO EN BICICLETA

” Un hombre delgado, enjuto, largo como un junco, duro como el alambre”

Ha comenzado el mes de Septiembre y es domingo. Por tanto hoy no tengo consulta. Voy con mi  club ciclista a una ruta programada. Varios médicos de todas las especialidades (un trauma, un digestivo, un cirujano, oftalmólogos, médicos de empresa…) compartimos esta afición por las ruedas y el aire libre y también por las metas comunes y la amistad. Así veinticinco años.

Me gusta pensar que soy médico siempre y ciclista a ratos e intento compatibilizar ambas cosas que comparten mi historia y se complementan.  Mi primera buena bicicleta fue el medio de transporte cuando empecé a estudiar medicina, en 1977. Ambas vocaciones han ido creciendo y en cierto modo se asemejan: la consulta puede ser un paseo, una subida empinada o un sprint; ambas cosas requieren esfuerzo y concentración; pasamos muchas metas volantes y siempre, siempre, obtenemos recompensas. No podría ser lo uno sin lo otro y deseo seguirlas practicando hasta cruzar la meta definitiva.

Paco es un señor de 85 años delgado, enjuto, largo como un junco. Nos cruzamos muy a menudo con él. Es digno de admirar. Siempre va con un grupito de ciclistas que debe tener una media de edad de …. ¡¡ ¿70 años…..? !!. Hoy Paco ha sufrido un accidente de bicicleta justo en mis narices. No, afortunadamente no,…. No ha habido por medio ningún vehículo implicado.

Solo que hoy Paco, posiblemente, se ha despistado un poco y en bajada desde El Cantal a Rincón de la Victoria ha metido su rueda en un desperfecto del asfalto, esos que los ciclistas conocemos al dedillo. Frenando y desviándome para no atropellarlo,  controlo mi bici y miro hacia atrás viendo cómo queda inconsciente en el suelo. ¡¡ Son 85 años!!

Es domingo y no trabajo. Pero,… va a ser que sí. Paran ciclistas, peatones…, coches y motos al pasar preguntan. Afortunadamente parece que las campañas  de sensibilización hacia el ciclista hacen cierto efecto poco a poco. Recupera rápido la conciencia y, aunque sudoroso, pálido y algo desorientado por el inesperado impacto, responde coherentemente. No lo movemos, lo exploro y tras unos minutos sólo aprecio una importante contusión malar y una más que probable fractura-luxación de hombro.

Avisan a Urgencias. El centro de salud con urgencias está a 500 metros, Está estable pero muy dolorido. Lo acomodamos durante ¡¡ 45 minutos!!

Desde el centro coordinador la insistente pregunta era si estaba consciente, hasta que el informante les indicó: “Le está atendiendo un médico” (Un médico siempre, ciclista a ratos, sin medios).

¿Por qué me resultará familiar eso?

Esta situación me recuerda lo que me sucedió en el dantesco accidente en la autovía de Torremolinos del pasado 28 de Junio, con dos fallecidos casi en el acto y un tercero que falleció después. También ese accidente me lo encontré delante de mí  y ahí sin más medios que mi maletín de avisos a domicilio. En ese caso fueron “SOLO” 15 minutos de angustia.

Hoy ha habido suerte, es mucho menos grave. Pero cuando un médico de familia solo dispone de 5-6 minutos por consulta, 45 minutos de espera dan para mucho.

Paco va perdiendo poco a poco esa sensación que tenemos los ciclistas cuando nos accidentamos (lo sé por experiencia), de no saber lo que ha sucedido hasta que vamos desmenuzando la caída. Le animamos: “Paco, tranquilo, no va a ser nada importante…. “ ,  a pesar de lo llamativo del traumatismo malar. Poco a poco se relaja y me cuenta que su esposa ha fallecido hace una semana. Y enseguida intuyo la causa de su despiste.

Pensaría quedarse hoy encerrado en casa con el dolor de su pérdida pero Paco, delgado, enjuto, largo como un junco, conoce mucho de la vida. Su pensamiento hoy estaba con otra persona pero, a pesar de eso, no iba a dejar de ver a sus amigos. Sabe que no debe interrumpir su ya larga vida, a pesar de los pesares.

anciano-con-una-bicicleta

Qué sabiduría despliega cuando me dice: “Hombre delgado / que se queda con hambre/ hombre duro / como el alambre “.  “Y ha decidido en buena hora salir con su bici para darme trabajo” le digo sonriéndole para consolarle.

Paco va ya en la ambulancia y retomo, con mis dos compañeros que me ayudaron, mi recorrido en bicicleta aunque sin muchas ganas.  Cuarenta y cinco minutos de espera, una ambulancia no medicalizada y sólo con el conductor de la misma, y la buena voluntad  de un médico ciclista sin medios que pasaba por allí.

Y mientras yo atendía a Paco, el resto de mi grupo que iba por delante, con el trauma, el digestivo y el cirujano, atendían a otro ciclista accidentado unos kilómetros más allá, con una fractura de antebrazo. Vaya un domingo movido para varios ciclistas a ratos y médicos que lo son siempre.

Paramos en Torre del Mar, a tomar café. Se nos quitaron hoy las ganas de ciclismo pero conversamos las incidencias de hoy, y tras preguntarnos qué hace Paco rodando por el suelo con 85 años, tras la muerte reciente de su esposa, concluimos que volverá a subirse en la bici, a salir con sus amigos ciclistas, para no dejar de ser y hacer aquello que le satisface plenamente hasta “el final de sus días”. Y que en cuanto nos lo crucemos nos devolverá la sonrisa perdida hace una semana y nosotros le mostraremos nuestra alegría de verle y nuestra intención, como la suya, de seguir practicando la medicina, coartada por el economicismo de los que la gestionan, donde quiera que estemos.

Por cierto, ¿sabéis que existe en nuestro país un Campeonato de España de Ciclismo para Médicos?.Por algo será. Es lo más.

Un médico en cualquier lugar.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 52:

DESENCUENTRO

No es “mi cupo”, no es “mi consulta”, pero dicen que es “mi día”. Es día de “cubrir huecos”,  hoy esta, mañana otra, pasado quién sabe. No podré hacer seguimiento de los pacientes que vea hoy, tan importante para ellos como para mí. Hoy aquí, mañana allí. Me abstraigo de esta idea, voy a hacerlo lo mejor que sé.

Entra la primera persona. Podría decir que no es “mi paciente” pero es que hoy sí que lo es, porque estoy en el sitio de “su médico” con la intención de asistirle.
Pasa, se sienta, nos damos los buenos días, me presento, confirmo su nombre y lanzo la pregunta “¿en qué puedo ayudarle?”. Creo que lo he hecho bien… he leído sobre esto, he visto hacerlo y lo he practicado con mi tutora y en urgencias… Expone su demanda. Completo la anamnesis. La exploro físicamente e indago en sus expectativas. Le explico el posible origen del problema, su evolución y las actuaciones disponibles… Pero detecto que algo está fallando, lo noto en su cara, ha torcido el gesto y cada vez es más explícito hasta que ¡PUM!… se exalta, muestra su disconformidad gritando una frase vehemente, continúa con una retahíla de improperios con los que parece que desfoga su insatisfacción conmigo, con lo que puedo ofrecerle, con la situación, con el sistema, con las circunstancias, con la realidad… o a saber con qué… porque no la conozco, no me conoce… no la comprendo, no me comprende…

Finalizamos la consulta y se marcha. Cierro la puerta apresuradamente. He de quitarme este peso del pecho y respirar hondo un par de veces antes de atender a la siguiente persona. Si grito se oirá fuera. De llorar no tengo tiempo.

Se suceden el resto de consultas, pacientes que me ayudan mostrando una gratitud que me alivia del desencuentro primero. Parece también que yo ayudo algo y alivio algo. Cada sonrisa es como el beso de una madre en la herida de un niño. Cada “gracias” es un analgésico potente. Un paciente te cura de otro, si puedes prestar la atención adecuada en un tiempo suficiente para ellos y para ti.

Termino tarde, mis compañeras también están completando tareas a contrarreloj. Vuelvo a casa andando más lentamente de lo habitual, estoy más cansada, hace más calor y hoy mi bolso pesa más… ¿o no es el bolso lo que me pesa?
No puedo dejar de pensar en la primera consulta de hoy, consciente de que habrá muchas como ésta.

Me consuela que, probablemente, la próxima vez que venga nos tratemos mejor… esa próxima vez que te brinda la longitudinalidad de la medicina familiar y comunitaria… esa próxima vez que no vamos a tener.

Médico residente. Centro de Salud de Málaga, verano 2017.

DIARIO DE LA CONSULTA 51:

RECUERDO

Luisa y Andrés entran en la consulta, siempre juntos, a veces incluso de la mano, a pesar de sus setenta y muchos años. Luisa tiene una cardiopatía valvular ya intervenida y está bastante estable. Hoy viene a renovar la medicación y para realizarse la analítica de control. Lo voy haciendo mientras me va contando cómo ha tenido los controles tensionales en casa y, en un momento determinado de su conversación, me llama “Concha”, sin darse cuenta, sigue y termina lo que estaba diciendo. Andrés sonríe cuando ella se calla y me dice “perdone doctora,  no se le quita de la cabeza”. Ya hace catorce años que soy su médico, desde que la pusieron conmigo al llegar al centro de salud. Le digo que no se preocupe, que para mí es un halago que me confunda siquiera el nombre con esa gran doctora que nos dejó prematuramente. Ambos se van y yo me quedo un poco pensativa.

Le pasa a muchos pacientes. Recuerdo a Joaquín, que el primer día que vino a consulta, un poco enfadaillo (le habían cambiado de médico), me dijo que él “era de doña Concha”. Así solían decirlo, no que ella era su médico sino que ellos “eran de ella”. También recuerdo a Eulalia, que llora cuando me cuenta, una y otra vez, lo que Concha  ayudó a su hijo “metido en la droga” y a ella misma para afrontar el problema. Y un largo, larguísimo etcétera.

Yo también recuerdo cuando fuimos juntas a hacer el curso de DIRAYA, al inicio de su implantación. Cuando nos enseñaron cómo se podía citar en la consulta de otro médico y al paciente le salía el papel de la cita con el número de consulta y médico cambiado, se asombró y se alarmó al mismo tiempo, previendo lo que vendría después: era la antesala del “reparto” de pacientes ante las no sustituciones, ya previstas por el sistema informático mucho antes de que hubiera crisis económica ni “falta de médicos”. Recuerdo también las primeras  discusiones sobre los objetivos, cuando nos pedían realizar anualmente el IPSS a los pacientes prostáticos y ella lo cuestionaba alegando la poca utilidad que veía a “recordarle al paciente todos los años lo mal que mea…”

Defensora de la sanidad pública y de la medicina centrada en las personas, pertenecía a la generación de médicos de familia que montaron los centros de salud, dotándolos del contenido que después se ha ido vaciando poco a poco. Organizó el programa de planificación familiar, diluido ahora en la vorágine de las consultas sobrecargadas de citas a demanda; llevó los grupos de deshabituación tabáquica, enseñó a muchos y muy buenos residentes y era una muy buena “escuchadora”.

Ella, como tantos médicos anónimos, no saldrá en los tratados de medicina y nunca ganará el premio Nobel, pero permanece en el recuerdo de sus compañeros y, sobre todo, de sus pacientes, no importa cuánto cambie el sistema sanitario, cuántos años pasen, ni cuántas veces Luisa mencione su nombre, sin quererlo.

Centro de Salud El Palo, Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 50:

DIEZ MINUTOS PARA PEDRO

 

No me gusta que los pacientes me presionen. No puedo pensar con claridad. A veces, cuando llevo varios seguidos que he tenido que convencer de la no necesidad de una prueba o tratamiento, le doy lo que me pide, por puro agotamiento. Y porque solo tengo cinco minutos para ver a cada paciente. Eso me debió pasar con Pedro.

Cuando me encuentro con mi amigo Oscar, mi traumatólogo de referencia, me comenta a veces algún caso que acaba de ver, y me gusta oírlo, porque así aprendo. Hoy me ha contado que ha visto a Pedro.

“No sé qué hace en mi consulta, la verdad. Nada más verlo entrar ya impresiona de tener alguna enfermedad. Muy delgado, pálido. Y además lo mandaste sin radiografía”, me ha echado en cara sin acritud (me ha dicho mil veces, que los enfermos deben ir con las radiografías hechas). Es raro, porque siempre lo hago. Ese día tuve que convencer a muchos y Pedro pidió una derivación al traumatólogo por dolor en el hombro, y se la hice. Y Pedro es de los que viene poco. Ha esperado más de dos meses su cita. Eso me hace sentirme mal. Si tuviera más tiempo para cada paciente … Pedro tendría que haber seguido otra ruta de estudio  y más rápido.

Cuando vuelvo a ver a Oscar temo lo que me va a decir. “A Pedro lo mandé a urgencias cuando vi la resonancia a la semana de llegar a mi consulta por primera vez”. La sospecha era un linfoma. Le doy las gracias en mi nombre y en el de Pedro. Sé que él también ve muchos pacientes y además él no los conoce como yo. Ha visto a Pedro sin cita para adelantarle la prueba, y lo ha tratado con mucha profesionalidad.la_plataforma_10_minutos

Me siento mal. Tengo que decidir en cinco minutos sobre cosas a veces muy importantes y manejando un alto grado de incertidumbre, tengo que pensar rápido y con acierto, tengo que desplegar un diagnóstico diferencial tan amplio y con tan pocos recursos que es muy difícil tener todo bajo control. Muchas veces, muchas, mi decisión es la correcta, o al menos la mejor entre varias opciones. Esta vez hemos perdido más de un mes para llegar a un diagnóstico. Espero que no sea tarde para Pedro. Espero que alguna vez tengamos al menos diez minutos para cada paciente citado. Los enfermos lo necesitan. Y Nosotros también.

Centro de  Salud de Málaga, agosto 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 49:

UNA FÁBULA DE VERANO

Érase una vez un centro de salud una mañana de verano.  Estoy en mi consulta atendiendo a mis pacientes y a los de mis compañeros no sustituidos; llevo ya algún retraso y, sobresaltado, se asoma a la puerta de la misma Adolfo, un paciente mayor que siempre hace de presentador de su esposa Marta.

Marta es una paciente cardiópata compleja, sometida a valvuloplastia, portadora de marcapasos, anticoagulada….., que reiteradamente viene siempre igual : ….”muy mala”. Y siempre es verdad, aunque normalmente el componente ansioso de fondo, ése tan difícil de diferenciar de un episodio isquémico agudo, es el que predomina.

Adolfo está ya acostumbrado y siempre pide citas no demorables que, efectivamente, viendo a Marta, nadie se atrevería a decirle que no los son. Impresiona siempre de patología aguda y urgente.

“Vaya a consulta de su médico que tiene aún citas no demorables, pero (buen consejo)….. pregúntele si puede verla antes”, le dice Luis,  el administrativo, que ya les conoce.

Adolfo es educado, obediente y siempre maniobra igual. Espera, aún nervioso, a que salga el paciente que esté en consulta. Entonces se asoma tímidamente a la puerta: “Don Francisco…, Marta viene muy mala”.

Yo también siempre actúo igual, me asomo, la miro y me repito:” ¿Será hoy el día …?”.  Me refiero a la fábula de  Pedro y el lobo. Luego pido permiso al resto de la “audiencia” para “colarla” y los hago pasar mientras pienso: “… será toma de constantes, escuchar, empatizar,  tranquilizarlos y Marta saldrá mejor de la consulta”.

Pero hoy no es esa la situación. Pedro ha gritado que viene el lobo y, tras la exploración inicial, aunque las constantes son normales, puede que el “lobo” haya venido (dolor torácico opresivo hacia cuello, de una hora de duración, palidez, sudoración leve,…). Adolfo tiene miedo a ponerle la solinitrina spray sublingual aunque la lleva siempre encima. Se la pongo en espera de alivio. Mi enfermera Mª Dolores abre entonces la puerta que nos comunica y me reclama para revisar la esternotomía mal evolucionada de la cirugía cardíaca de uno de nuestros pacientes. Tardo un minuto, pero cuando vuelvo . ¡¡ tierra trágame !!: Marta parece estar haciendo un síncope sentada en la silla y recostada sobre la mesa.

Uno de mis compañeros está atendiendo urgencias pero decido no perder tiempo, Marta no responde, pálida, con labios cianóticos, sin respiración aparente. La estimulo y no parece responder. Paso rápido a la consulta contigua. “Mª Dolores , te necesito,… déjalo todo”.

También ella la conoce y, como sospechando lo que pasará, lanza varias gasas con destreza y rapidez sobre la abierta esternotomía de José Manuel como si de un quite torero se tratara.

“Traete ambú y silla de ruedas rápido”.  Y sale corriendo a pesar de sus años mientras dice: “ Ayyy …. Marta”

Intento estimular  a Marta comprimiendo su tórax mientras la reclino elevando sus piernas. Unos segundos que parecen eternos por la cantidad de veces que en ese tiempo, Adolfo ha preguntado: “¿Qué le pasa…..?”

Una leve respuesta de Marta me relaja algo cuando entreveo que puede ser una hipotensión por la solinitrina.

La silla de ruedas pasa entre el silencio de la sala de espera repleta y corre por el pasillo hacia la consulta 2 de RCP. Ya está allí Carolina,  la enfermera de urgencias hábilmente avisada por Mª Dolores con todo preparado para oxigenoterapia, vía , ECG, glucómetro…

Protocolo en ristre, Marta se va recuperando, se estabiliza pero no pierdo de vista las “orejas del lobo”. Toma de datos y registro en hoja de consulta, contacto con el Centro Coordinador de Urgencias. Solicito UVI móvil que enviarán de inmediato. Informo a Adolfo, intento contener su angustia que en cierto modo es también la mía, la nuestra. No sé cuánto tiempo llevo en este trance pero ya creo oportuno informar a Fermín, mi compañero que sigue atendiendo su turno de Urgencias. Toma el relevo de mi paciente hasta que es trasladada.

médico cansado

Vuelvo a la consulta con media hora de aumento del retraso, con mi latido cardiaco muy fuerte, sudando y con cierta desazón por tantas cosas pasadas en tan poco tiempo.

Tantas personas implicadas (M Dolores, Carolina, Fermín, Luis y yo mismo) haciendo tantas cosas al mismo tiempo en tantos sitios (sala de espera, consulta del médico de familia, consulta de enfermería, pasillo, consulta de RCP), en tan poco tiempo, con tan poco tiempo.

Esta es la fábula de Pedro y el lobo, la fábula de la escasez de recursos que mantienen los gestores sanitarios sin importarle las consecuencias, la fábula del Plan Verano que organizan “ajustando” lo que ya no admite ajuste. Pero también es la fábula de la responsabilidad y compromiso del médico sobre sus pacientes, la fábula del trabajo en equipo, y la fábula de una atención sanitaria “perfectamente cubierta y garantizada” no por quienes la organizan sino por aquellos a los que nos importan Marta, Adolfo, José Manuel…

Centro de Salud de Churriana, Málaga, septiembre de 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 48:

BATALLAS

Ayer era Lunes. Los Lunes hago consulta no demorable hasta las 11. Cuando volvía  de desayunar, me llaman de admisión.

–“Aquí hay un hombre que dice que se asfixia”.

Me pillaba cerca y fui al mostrador rápido. Abdul estaba inclinado sobre el mostrador. No tenía mucha disnea, pero sí muy mala pinta.

–“Dile que vaya a mi consulta, que ya voy yo”.

Llegamos casi a la vez. Tenía que empezar mi consulta, ya no era mi turno de no demorable, pero Abdul no podía esperar. Nos entendimos sólo regular, en ese lenguaje intermedio de quien quiere y no puede hablar y de quien quiere y no puede entender del todo. Primera batalla.

–“Mándeme algo para que pueda respirar bien, sólo eso”, es lo que me quedaba claro.

inmigrante en la consulta

Busqué su escasa historia en Diraya. Inmigrante de Sáhara donde vivió en un campo de refugiados los últimos 20 años. Ha estado en urgencias hace unos días, por disnea. Hicieron radiografía de tórax: signos de probable tuberculosis antigua, la informaron.

Lo exploré y comprobé que Abdul impresionaba de enfermedad, esa impresión que no se está en los artículos o libros de medicina y que está constituida por muchos pequeños detalles que incluyen el color de la cara, el gesto, la postura del cuerpo, la forma de hablar…. No tenía mucho trabajo respiratorio, que nos indicaría actuar muy rápido, pero la auscultación era muy patológica. Ya iba a empezar mi consulta 10 minutos tarde, pero el paciente lo necesitaba. Le mandé a ponerse un aerosol, haciéndome entender a duras penas, y le dije que volviera a mi consulta. Hablé con mi compañera en su turno de no demorable, y le dije que prefería verlo yo, que no me gustaba, y como ya empecé, prefería ver si cambiaba tras el aerosol. Continuidad asistencial sobre la marcha. Segunda batalla.

Empecé mi consulta con la cabeza en otro lado. Traté de ganar tiempo para cuando volviera Abdul. Cuando lo revisé, había mejorado mucho con el aerosol.

–“Estoy mucho mejor. Mándeme algo que pueda respirar y me voy rápido”. No me quedé tranquila.

–“¿Has tenido fiebre?, ¿Has perdido peso? ¿Toses?” Todo sí. “Vas a ir a hacerte una radiografía ahora mismo y la traes que yo la vea”.

Cuando estaba acabando mi consulta volvió. Como sospechaba la radiografía era muy patológica. ¿Qué hago ahora?  Tercera batalla.

Si pudiera contactar rápido con un radiólogo…. Pienso mientras mi cabeza trabaja todo lo rápido que puede en la toma de decisiones. Pienso en lo importante que es tener una comunicación fluida con el hospital, una puerta que siempre deberíamos tener abierta nosotros y ellos, por el bien de nuestros pacientes.  Me acuerdo que María, mi compañera, había hecho un reciclaje por rayos hacía poco.

–“Espera que vuelvo enseguida”.

María acababa de terminar su consulta y revisamos la radiografía de tórax.

–“Tengo el número de Paco, uno de los radiólogos, muy apañado, que se ofreció a ayudarnos cuando nos haga falta”.

Paco miró encantado la radiografía, la comparó con la previa de urgencias. No le quedaba claro, aunque al contarle los síntomas y nuestra impresión, no tuvo dudas.

–“Enviadlo a Urgencias porque habrá que descartar tuberculosis activa”.

Me vuelvo a consulta y le convenzo que no puede irse a casa como él insistía. Cuarta batalla.

–“Coges un taxi en la puerta y te vas con este papel, donde he dejado muy claro que deben descartar tuberculosis activa, al hospital”.

Aún tenía que hacer algo. Busqué a la compañera que es su médico y le expliqué todo.

Ayer acabé supertarde. No me importó. Abdul lo necesitaba.

Hoy me ha buscado la médico de Abdul. Ha recibido un mensaje del hospital. Está ingresado por tuberculosis pulmonar. María ha llamado a Paco para agradecerle la ayuda.

¡Qué importante es tener buena comunicación con los compañeros de hospital! ¡Qué fácil es cuando conocemos alguno y qué difícil cuando no!

Muchas batallas que librar para un lunes de verano.

Centro de Salud Tiro Pichón, Málaga

 

DIARIO DE LA CONSULTA 47:

NO ESTÁS SOLA

Son las 7.50, me gusta llegar temprano, a las 8 entrará el primer paciente a la consulta y antes tengo que abrir el ordenador y recorrer el largo camino hasta la historia clínica de los pacientes  del día. Arranca, primera identificación, abro Diraya, segunda identificación, buzón,  aparecen las asistencias urgentes, ingresos o altas de nuestros pacientes en el hospital. Las reviso,  parece que todas son banalidades menos una: alta por un adenocarcinoma. Miro los datos: no conozco a la paciente. Debe ser de esas personas que no presentan enfermedades importantes, y no le gusta venir al médico “para no molestar por tonterías”. La edad me deja inquieto, demasiado joven.

A los pocos pacientes entra una joven a la consulta que viene a contarme “lo que le ha pasado a su madre”, una historia que me es familiar ya que acabo de ver su alta, ventajas de ser madrugador.

El proceso está demasiado extendido para esperar una evolución positiva, y cuando hablamos, las palabras fluyen fácilmente por su parte y por la mía, sin los tapujos de la ocultación o el disimulo. La paciente también “lo sabe”. La capacidad del ser humano no deja de sorprenderme: esta muchacha joven aborda con una entereza admirable la grave situación de su madre. Su actitud contagia la mía, (los pacientes no solo nos “pegan” catarros y conjuntivitis) y me sorprendo yo también: “disfrutad de ella el tiempo que le quede”, le digo. Lo tienen claro, lo han hablado en familia, han decidido “comer perdices” todos los días de ahora en adelante. No puedo añadir más.

A los pocos días me llama la enfermera de enlace, que comparte siempre los pacientes difíciles, porque nuestra paciente está en el centro con una pequeña complicación, previsible por su proceso. La veo sin cita, como hacemos tantas veces que los pacientes lo necesitan, y hablamos del tratamiento de ese problemilla pasajero, que es una minucia al lado del diagnóstico principal. Lo entiende. La acabo de conocer y me parece que la llevo viendo años, es de esas personas con las que es fácil tratar. Nos entendemos con miradas sinceras, no nos vamos a complicar “la vida” y optamos por una solución sencilla, que en condiciones normales no aceptaríamos. Ambos nos saltamos las normas (cita) y la ciencia (pauta de tratamiento estándar) porque el sentido común y la “medicina basada en la vivencia” simplifican y guían nuestras decisiones clínicas de hoy.

Una semana después viene a consulta (esta vez con cita). Está más delgada. Nota un declive físico y habla como si pusiera su corazón sobre la mesa, justo “al otro lado” de la pantalla del ordenador: “odio esta mierda de enfermedad”, me dice. La dejo hablar, llora. No estamos solos en la consulta, otra presencia se aprecia sin hablar ni moverse, pero dejándose sentir como una espesa niebla: la innombrable nos acompaña los veinte minutos de consulta. Ambos optamos por hablar de la vida y no de la muerte: conversamos sobre sus hijos y sus nietos: “son extraordinarios”, dice. Yo, cautivado por su sinceridad y su dolor, retomo mi argumento: “disfruta de ellos cada día”. Es una mujer valiente, con las cosas claras a pesar de esta nube negra que nos rodea: ha hecho el trámite para que no apliquen medidas extraordinarias de soporte. Le hago ver que lo sabemos, que consta en el sistema informático y que respetaremos todas sus decisiones. Me coge la mano y se disculpa: “Doctor, le estoy haciendo perder el tiempo”. Sostengo su mano con cuidado  y le digo: “Cuenta conmigo siempre que lo necesites. No sabemos cuándo será, pero cuando llegue la hora, estarás con tu familia y conmigo: NO ESTÁS SOLA”. cuidados-paliativos-domiciliarios

Cumpliré mi promesa. De momento no tengo módulo para atención domiciliaria, doblo consultas, no hay huecos. Pero el compromiso del médico de familia con sus pacientes va más allá del contractual, del organizativo, del administrativo. Se extiende en el espacio y en el tiempo pasando por encima de 37,5 horas semanales, jornadas ordinarias o complementarias, productividades, agendas o tiempo asignado. Es el vínculo entre un paciente que sufre y un médico que alivia y acompaña. Un vínculo a fomentar y a proteger, aunque quienes no lo vivan, no lo entiendan o no lo quieran entender.

 

Cualquier centro de salud, demasiadas veces.

DIARIO DE LA CONSULTA 46:

SALVAR VIDAS

He vuelto de las vacaciones, periodo durante el que, al no haberse contratado sustitutos,  mis pacientes han estado repartidos en las consultas de mis compañeros, que han tenido que atenderlos entre los suyos además del resto de sus múltiples  tareas.

Hoy ha venido Miguel: “Doctora, vengo a contarle”. Me pongo a la escucha. “Su compañero me ha salvado la vida”. Ya me “cuenta” todo lo sucedido, tuvo fiebre muy alta y sensación de desvanecimiento, no podía venir al centro de salud. Llamó su esposa para un aviso a domicilio y fue mi compañero rápido y después de explorarlo lo envió al hospital. Tenía una meningitis. La evolución ha sido muy buena, sobre todo por la rapidez en el diagnóstico. Me congratulo con el paciente de la profesionalidad del compañero, y le digo que está ahora de vacaciones y que se lo agradezca en persona a la vuelta, que se va a alegrar mucho de haberle salvado la vida.

Me quedo pensando en la gran cantidad de “vidas” que “salvamos” los médicos de familia, de forma discreta y anónima pero tan importante como cuando se hace en un quirófano o en una UCI. Salvamos vidas cuando diagnosticamos a tiempo enfermedades importantes, cuando tratamos bien una hipertensión arterial, cuando ajustamos el tratamiento en una insuficiencia cardiaca, cuando detectamos riesgos en el embarazo. Salvamos vidas cuando escuchamos a un suicida, cuando hacemos un parte de una mujer maltratada, cuando tratamos bien una crisis asmática. Salvamos vidas cuando palpamos y estudiamos un nódulo mamario, cuando completamos un calendario vacunal, cuando enseñamos a corregir una hipoglucemia, cuando ayudamos a alguien a dejar de fumar….medicina

Salvamos tantas vidas, cada uno de nosotros en toda nuestra vida profesional, que no podría ni querría llevar la “cuenta contable”, ese es nuestro fantástico y trascendental cometido: preservar y mejorar la vida de las personas para las que trabajamos. Exijamos que las condiciones de nuestro trabajo abandonen la senda economicista y también se enfoquen en el mismo sentido.

Centro de Salud El Palo, 1 de septiembre de 2017, Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 45:

UN PUZZLE

Entra un paciente en mi consulta que es de otro compañero. No lo conozco. Lo saludo.

Se “va” el ordenador, más tiempo del habitual, ¿Qué hago ahora? ¿Cómo voy a atenderle? Me pongo nerviosa, no tengo datos.

No hago sino mirar la pantalla, ahora negra, desvío mi mirada al paciente, y de pronto veo delante de mí a la persona que hemos convertido en un puzzle que nunca encaja del todo, la miro a los ojos y pude observar su indescriptible tristeza, su pelo blanco, sus manos temblorosas. Me doy cuenta de que estos “datos” no tienen código y de que este puzzle nunca podré terminarlo correctamente, que trabajo manipulada por un ordenador y quien lo controla, y que, en gran medida, he dejado de ser médico.

Mientras hacía el MIR y durante mis primeros años de ejercicio profesional fui comprobando que lo mío era la atención clínica. Aplicaba lo que aprendí, el método hipocrático, forma milenaria y nunca superada de practicar la medicina, basada en una sucesión de fases: preguntar- anamnesis (Qué le pasa, Desde cuándo, A qué lo atribuye), explorar, hacer un juicio clínico y tratar cada motivo de consulta concreto, en cada persona concreta y en el momento concreto de su trayectoria vital que se presentaba.  Era eficiente y querida por los pacientes.

Con el paso del tiempo y casi sin darme cuenta ese tipo de medicina fue siendo cada vez más difícil de practicar. Apareció un ordenador en la consulta y junto a él llegaron numerosas instrucciones, códigos, claves, iconos, programas, procesos, objetivos…era realmente apasionante pero incompatible con la práctica basada en la escucha y el enfoque biopsicosocial.

Los problemas, motivos de consulta, prescripciones, alergias, hábitos de vida,  informes de urgencias u otras especialidades, analíticas, pruebas de imagen, anatomía patológicas, datos de incapacidad temporal y un sin fin de datos más han quedado plasmados a golpe de mi tecleo, tratando de convertir el estudio del paciente en un complejo puzzle, compuesto de múltiples piezas sueltas que tenían necesariamente que encajar. Y, buscando ese encaje, cada día me he centrado más en componer el puzzle,  desviando la mirada a la pantalla y perdiendo el contacto visual con el paciente, tratando de conseguir unos índices de riesgo cardiovascular excelentes, registrando los estilos de vida “en su sitio” y orientando los diagnósticos mediante test preestablecidos y seleccionados  por nuestros directivos, recetando según sus sabios indicadores.conocimiento puzzle

El paciente parece apurado al ver mi desconcierto por la falta de ordenador.

“No se preocupe, cuénteme qué le trae por la consulta,” le digo mientras le miro fijamente con profundo respeto y atención.

 

Centro de Salud Ciudad Jardín, Málaga.

DIARIO DE LA CONSULTA 44:

LA LISTA DE LA CONSULTA

 

Suelo mirar la lista de los pacientes que tienen cita en cuanto llego a la consulta. Muchos de ellos ya sé a qué vienen. Me sorprendo al observar los gestos que se dibujan en mi cara. Con algunos nombres sonrío, con otros se alzan mis cejas, con otros se frunce el ceño… Es una forma de prepararme para las horas que me esperan donde  experimentaré una sucesión de sentimientos. Algunos pacientes parece que me absorbieran la energía, aun sin graves enfermedades, y me dejaran agotada,  tardando un rato en cambiar el “chip” interior mientras pasa la pantalla del ordenador que cierra una historia personal para abrir el alma al siguiente. De la mayoría de personas que conforman el listado, recibo tanto que termino con un balance favorable: la consulta me da más de lo que me quita.

Hoy está la mujer de Alfonso, que no él,  en la lista de citas. Se me tuerce la comisura labial. A Alfonso lo conocí hace 14 años. Era un paciente incapacitado. Una enfermedad muscular lo tenía en silla de ruedas desde la adolescencia. Alfonso venía a verme a la consulta en su silla eléctrica que él manejaba con dos dedos de la mano derecha, única parte de sus extremidades que podía mover voluntariamente. Con ellos pintaba unos maravillosos acrílicos, llenos de color y fuerza, la misma que tenía Alfonso para todo en la vida. Hace dos años el cardiólogo que le revisó, pensó que era candidato a recibir un desfribilador interno porque su corazón podría producir arritmias fatales. Y lo mandó al neurólogo y al neumólogo para pedirles opinión sobre este procedimiento. Tuve que repetir esta interconsulta, que nunca llegaba, al cabo de muchos meses. Por fin el neumólogo dio el visto bueno. Sólo faltaba el neurólogo. En su última visita, Alfonso estaba como siempre, feliz, sonriente, sin prisa ninguna por las citas pendientes, con una aceptación plena de su situación y disfrutando de lo que la vida le daba. Alfonso es de los pacientes que siempre me sacaban la sonrisa al verlos en la lista de citas del día.

No dio tiempo al desfibrilador.  Mientras paseaban, Alfonso tuvo un infarto, y falleció en brazos de su esposa, tras dedicarle una mirada de paz infinita.  Algunas personas mueren como viven, pienso. la-piedad

A duras penas puedo controlar mis sentimientos para ayudarle ahora a ella.

Me cuesta un Everest cambiar al siguiente paciente. La consulta debe continuar.

Cuando llego a casa y veo sus cuadros en mi salón, sonrío.

Cuando pienso en la necesaria reducción de los tiempos de espera me entristezco e indigno.

Y es que algunas personas y organizaciones, siempre te hacen sentir lo mismo.

Centro de  Salud Tiro Pichón, Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 43:

LO QUE NOS HAN ROBADO

Tarde de verano agotadora en el centro de salud Cruz de Humilladero. No hemos parado salvo  el mínimo tiempo para un café “bebío”, haciendo turno con mi compañero de “jornada complementaria”. Hemos visto más de cuarenta pacientes cada uno, además de ocho de fuera de Andalucía que no constarán en ningún lado. Menos mal que no ha venido ninguna persona muy enferma ni ha habido que hacer ningún traslado. Pero ha sido un no parar que se prolonga desde las 8 de la mañana, hora en que empecé mi “jornada ordinaria” viendo mis pacientes y los de otros compañeros de vacaciones en mi centro de salud. De 8 a 8, de sol a sol, medicina a destajo, por la inoperancia de quien planifica pensando en el ahorro y no en el paciente, ni mucho menos en el médico. Al final de la vida profesional esta situación da una enorme sensación de frustración y hartazgo.

Esto me hace recordar mi primer día de trabajo. Yo empecé con veintitantos años, una vocación muy clara, y toda la vida por delante. Era  una mañana de invierno, y me acercaba  en coche al pueblo que iba a ser mi destino laboral durante un tiempo.  Abrí las ventanillas delanteras porque, a pesar del frio, quería percibir el frescor de la tierra mojada y el olor de los pinos… Recuerdo ajustarme la bufanda al cuello. Me sentía feliz e ilusionado mientras enfilaba la recta que finalmente me llevaría a aquel rincón del interior de la provincia.coche y pueblo

Las condiciones eran difíciles, había que estar las veinticuatro horas localizado, y tenía  que atender  todo: accidentes , enfermedades hoy  raras como fiebres tifoideas o  “maltas”, … cuidar de enfermos terminales que enviaban a sus casas para morir con dignidad, y un sinfín problemas menores y mayores, en la más completa soledad y sin horario. Además, por necesidades del servicio, me habían acumulado el contrato de enfermero, que entonces eran escasos. Aquello implicaba tener que poner sondas nasogástricas, vesicales, extracciones de sangre, sueros, curas, vacunas infantiles, cientos de inyectables.

Mucho esfuerzo, sí, pero eras el MÉDICO, así, con mayúsculas. Respetado no solo por la gente, sino por el servicio sanitario para el que trabajaba, que me pagaba escrupulosamente un  sueldo digno, dignamente ganado…  y lo más importante, me dejaban una libertad absoluta en mi trabajo. Lo más grandioso era ser el dueño de tu consulta. Las prescripciones y todas tus acciones clínicas, eran tuyas, para lo bueno y para lo malo, sin interferencias maliciosas. Actuabas en conciencia. Decidías en conciencia. Recuerdo una libretita/chuleta donde llevaba anotadas los tratamientos y dosis, y un maletín donde tenía de todo, y que revisaba con sumo cuidado todas las noches para reponer la medicación.

De esto hace más de treinta años… después hicimos entre todos la reforma sanitaria, y pusimos en marcha los centros de salud.  Nos lo pintaron todo muy bonito, pero no nos contaron el precio que íbamos a pagar con el paso del tiempo, cuando llegara la “gestión clínica” y con ella todo lo que nos fueron robando: tiempo, libertad, relación con el paciente, prestigio y salario… y sobre todo la ilusión y la motivación.

Disfrazado de modernidad, nos metieron en la consulta un sistema informático más hecho para el control y  manipulación que para el ejercicio de la medicina; se nos impusieron unos gestores que actúan según la cultura empresarial y para nada como servicio público, gestores que dejan claro su poder y  ningunean y explotan  a los profesionales y a los que les daría lo mismo gestionar un servicio sanitario que  un supermercado, todo se monetariza. Su visión es siempre de arriba abajo y su política de personal consiste en que los médicos estemos al “servicio de la empresa”, o sea sus intereses,  más que al servicio de nuestros pacientes, a los que realmente nos debemos nosotros y ellos.  No cabe mayor cinismo cuando dicen que el ciudadano es el centro del sistema y los hechos demuestran que el paciente no les importa  absolutamente nada: se les deja sin médico largos periodos de tiempo (hasta años), se les reparte por otras consultas, se les suspenden actividades domiciliarias, preventivas,…, se les niegan prestaciones, se les priva de sus centros por las tardes, se les somete a listas de espera insoportables…

Siempre había pensado terminar mis días con la bata puesta. Me equivoqué. Este nivel de indignidad ya no hay quien lo soporte. Hoy, soñamos casi todos, con jubilarnos lo antes posible, con retirarnos de esta “empresa” que se ha convertido en un yugo, con liberarnos de unos gestores  que tienen toda la responsabilidad de haberse cargado el sistema sanitario que con tanta ilusión creíamos que ayudábamos a construir y a mejorar. Nos sentimos defraudados. Nos sabemos engañados.

Mientras vuelvo a casa, después de esta tarde agotadora,  abro las ventanillas del coche, pero en lugar del olor a pino y  tierra mojada de aquel primer día, en vez de erizárseme el vello de ilusión, entra un insoportable hedor: el del estado de descomposición en que se encuentra la atención sanitaria en nuestro entorno. Después de tanto trabajo para lo que creíamos que era mejorar la sanidad pública, después de toda una vida profesional dedicada con esfuerzo y motivación a un modelo integral de atención a los pacientes, resulta que añoramos  a aquel viejo médico rural que murió querido por su pueblo, respetado por su “empresa” y con la bata puesta.

Centro de Salud Cruz de Humilladero, Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 42:

NECESITO QUE USTED ME LO EXPLIQUE

En el medio rural, donde realizo mi trabajo habitualmente, nuestros pacientes tienen plena confianza en nosotros. Somos su punto de referencia, consideran nuestra decisión como la única acertada y es en este medio donde mejor evidenciamos la continuidad y longitudinalidad de la medicina de familia.

Manuel es uno de mis pacientes del pueblo. Tiene 75 años y vive con su mujer, de la misma edad. Tiene como antecedentes hipertensión y una hipertrofia de próstata que continua en seguimiento por urología porque no terminan de decidir  si lo someten o no a una resección.

En la última analítica que aportaba, solicitada por el urólogo, el PSA ha sufrido una variación. Yo estoy algo “mosqueada” por la falta de coordinación con el segundo nivel y la impotencia que sentimos cuando no tienes forma de saber qué sucede: ¿acaso no escriben en la historia del paciente? ¿El sistema informático no existe? ¿Cada uno vuelca los datos clínicos en programas diferentes? Es el “estudio a triple ciego” en que todos andamos a ciegas, sin saber nada.

Manuel acude a la consulta tras su visita de revisión al urólogo; le pregunto: “Manuel ¿qué le ha dicho el urólogo respecto a su enfermedad?. A lo que Manuel me responde: Me ha dicho que lo que tengo no es bueno, y que parece que se ha extendido…. pero yo he venido para que usted me lo explique. Me ha dado esto, y me muestra el informe de consulta donde especifica “Adenocarcinoma de Próstata. Metástasis óseas: pelvis, fémur, costales…”.

En ese instante la congoja se adueña de mí. Me cuestiono: ¿cómo puedo explicarle con palabras que no hieran que lo que tiene es un cáncer metastatizado y para el que solo existe el recurso de paliar su evolución? ¿Cómo explicar que tan solo puedo desplegar “artillería” para proporcionarle el mayor confort posible?

Comprendí que Manuel necesitaba escuchar de mis labios el diagnóstico que ya sabía, necesitaba hacerme partícipe del mismo y saber que yo no le dejaría en la estacada. Necesitaba saber que estaba con él y su familia, que podía contar con mis conocimientos y mi ayuda para vivir el tiempo que le quedaba con los mínimos síntomas posibles.

Durante el tiempo que permaneció en su domicilio hasta su fallecimiento, yo pasaba a diario, para ponerme a su disposición, preguntarle en qué podía ayudarle y realizar las modificaciones de tratamiento paliativo pertinentes. Sabía que el simple hecho de verme, de mantener unos minutos de charla, de hacer algunas bromas, le proporcionaban paz y felicidad, la misma que él me transmitía con su sonrisa y  su cariño.visita domiciliaria

El afecto era mutuo y los dos lo sabíamos. Él había depositado en mis conocimientos la esperanza de obtener el bienestar de sus últimos días. Sabía que con el despliegue de artillería intentaría paliar su sufrimiento físico y psíquico.

El día de su fallecimiento había pasado, como todas las mañanas, para hacerle una visita antes de empezar la consulta.

Al final de la mañana y ya incorporada a la guardia, recibí un aviso del Centro Coordinador para acudir a confirmar un óbito. Era Manuel.

Personados en el domicilio el equipo de guardia, su hija, con la que había mantenido muchos días de charla y alguna que otra broma respecto a lo bien recibidas que eran mis visitas a su padre, sentenció: “para un día que acude usted con el uniforme y el coche oficial, Manuel no está en disposición de agradecérselo”.

¡Cuánto he de agradecer a Manuel y a su familia sus demostraciones de afecto, la confianza depositada en mí! La continuidad de nuestro trabajo necesita sentir el respeto de nuestros pacientes y la utilidad de nuestros actos. Necesitamos evidenciar que se ha conseguido la finalidad propuesta y hemos logrado mejorar su calidad de vida, aliviado dolor, proporcionado paz.

Consultorio de Alfarnate, Málaga, Agosto 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 41:

EL MÉDICO DE LOS SANOS

Julia tiene 53 años. Hoy viene con cara un poco “de circunstancias” para decirme que “se le ha ido la regla” y a preguntarme qué se tiene que tomar. La escucho, la tranquilizo y le doy la enhorabuena por estar sana y haber llegado felizmente al final de su vida reproductiva (se sorprende).

Le explico que la menopausia es una etapa natural de cambio, como el “desarrollo”, y no una enfermedad: no hay nada que tratar; que puede notar sofocos y sequedad vaginal, y que hay muchas “leyendas falsas” sobre la menopausia, que me pregunte antes de creérselas (sonríe).

Miro en la historia, no veo registro de citologías previas. Le pregunto, la última se la hizo “cuando tuvo a su Antonio”. “Su” Antonio tiene quince años. Bueno, pues hay que hacerla. Mamografías sí se ha hecho recientemente, tiene antecedentes familiares (su hermana Luisa) y estamos muy pendientes tanto ella como yo. Quedamos para vernos cuando esté el resultado de la citología. Se va tranquila.

Andrés tiene catorce años. Le doy la bienvenida. Es la primera vez que viene a la consulta de medicina de familia. Parece contento, aunque no lo deja ver, fiel a ese interior inaccesible de los adolescentes. Intuyo que ya no estaba cómodo compartiendo sala de espera con niños pequeños, subiéndose a una camilla que se no corresponde con la talla de sus piernas sin fin. Me consulta por el acné, leve aunque visible, que en la frente tapa con su flequillo en ráfaga lineal de izquierda a derecha perfectamente trazada. Le doy las pautas dirigiéndome a él en todo momento y creando un ambiente distendido, aunque formal, es nuestra primera cita. Revisamos el calendario vacunal, completo. Su pediatra, excelente profesional, ya se ha ocupado. Le propongo venir en tres meses a ver cómo va. Entonces hablaremos del tabaco, no es tema para un primer encuentro.

Rosa tiene treinta y dos años. Acaban de hacerle fija en su trabajo, es administrativa en una empresa comercial. Eso, y la buena marcha de su relación de pareja, la han hecho decidirse a ser madre. Acude hoy a consulta a “ver qué tengo que hacer”. “Creí que lo sabías”, bromeo. (Reímos). Me disculpo, no quiero que parezca que no la tomo en serio. Le digo que ha hecho muy bien con venir, que hay cosas que revisar (antecedentes familiares y personales, hábitos de vida, vacunas) y que es conveniente que empiece a tomar unos suplementos recomendados desde que se busca descendencia. En general lleva una vida sana y no hay riesgos importantes que considerar. Sí la rondan algunos miedos: a no poder quedarse embarazada, a que se presenten problemas en el feto, al parto… Brevemente tratamos de desenmascararlos y sale de la consulta un poco más segura, entre la incertidumbre y la esperanza de ese gran proyecto vital que es tener hijos.

Los pacientes de hoy me hacen ver la cantidad de trabajo que los médicos de familia hacemos con personas completamente sanas. La atención a la salud requiere no solo rigor científico y actualización sino también formación en prevención y promoción de salud y habilidades de comunicación y motivación al cambio. Si alguien tuviera el imposible privilegio de no enfermar nunca, aun así necesitaría a su médico de familia, ese profesional cercano con quien contar para mantener la salud, el bienestar y la calidad de vida. Para eso, médico y paciente necesitan una consulta sosegada en la que poder comunicarse y una continuidad en la relación clínica que no se rompa por mala planificación de la asistencia, la falta de personal y recursos, la presión asistencial y la reducción de tiempos. Es difícil y enormemente gratificante, ser el MÉDICO DE LOS SANOS.

CS El Palo.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 40:

EN EL SUELO

Puente de la Inmaculada, centro de salud Cruz de Humilladero, punto de urgencias de atención primaria. Una sola enfermera, un solo celador, una sola médico de familia, la que escribe.

Tiempo desapacible, época de catarros y gripes.

Abro la agenda, las citas están a paciente POR MINUTO y se van llenando con esa terrorífica cadencia y aun así van “insertándose” más y más citas. La sala de espera está a rebosar, tanto, que hasta hay pacientes con fiebre ¡sentados en el suelo!. A mí me duelen. A quien organiza y deja que esto ocurra, no.

Los voy atendiendo lo mejor que puedo. Tengo que interrumpir, entran dos críticos:  un niño de cuatro años con una crisis severa de asma y un paciente con dolor torácico. Yo sola, nosotros solos. La enfermera va haciendo el electro, voy atendiendo al niño, la sala de espera llena, pacientes en el suelo.

Los críticos se estabilizan, uno trasladado. Retomo la consulta lo más rápido que puedo. Noto angustia y sed, mucha sed, entonces me doy cuenta de que he dejado de beber agua para no tener que ir al baño, veo que no es buena idea. Me concentro en atender bien a los pacientes, lo mejor que sé y se merecen y sobre todo pongo toda mi atención en no equivocarme, en cualquier momento puede ocurrir, noto la sobrecarga, casi escucho mi latido cardiaco y el bombeo de mi sangre hacia el cerebro. Aun soy joven, aguantaré.

Finalmente acaba mi turno, aún quedan unos quince pacientes en la sala de espera. Me disculpo ante mi relevo y me marcho rápidamente, sintiéndome machacada, destrozada, hundida y profundamente frustrada.

Nada más llegar a casa, mientras bañaba a los niños, veo en la tele a la presidenta de nuestra comunidad autónoma diciendo que los servicios de urgencias se habían reforzado en función  de la demanda y que la asistencia a los ciudadanos estaba totalmente garantizada…

Entonces me acuerdo de los pacientes sentados en el suelo y pienso que el poder, que parece dejar a quienes lo ejercen ciegos y sordos, debería también dejarlos mudos.

Centro de Salud El Cónsul.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 39:

UNA SESIÓN CLÍNICA PROVECHOSA

Hoy ha venido Luis a la consulta. “Hacía mucho que no le veía”, le digo,  “no ha hecho falta, doctora”, me aclara… “Bastante lata le di cuando estuve tan malo”.

Sí, hace seis o siete años empezó a perder peso y energía, sin causa aparente. Se asustó, me asusté, empezamos a estudiarlo. Se hizo todo el estudio del síndrome constitucional, primero en el centro de salud, luego en consultas hospitalarias. Nada, no encontramos la causa.

Hasta que un día, un compañero del centro expuso una sesión clínica sobre la pérdida de peso como motivo de consulta. Fue una sesión estupenda, basada en el rigor y la sencillez, dos cosas fundamentales en medicina. Llegué tarde pero no importó, en la última diapositiva propuso un algoritmo para guiar las actuaciones. Revisé lo que habíamos estudiado y lo que no en el caso de Luis y completamos el estudio. Por fin aclaramos la causa: era una insuficiencia pancreática. Yo me puse contenta y Luis también, era una causa tratable. Una vez empezado el tratamiento mejoró, y aunque se mantiene delgado, se encuentra bien y hace vida normal.sesion-clinica

Tengo que agradecer a esa sesión todo lo que aprendí y todo el beneficio que produjo a mi paciente. Y pienso todo lo que hemos perdido, médicos y pacientes, con el desmantelamiento de las antiguas sesiones clínicas. Hacíamos una administrativa semanal en la que comentábamos temas relacionados con la organización del centro y  formas de mejorar o cambiar los procedimientos, exponíamos dudas, manifestábamos desacuerdos. Otra sesión semanal era bibliográfica, en ella se presentaban publicaciones de actualidad que previamente se habían seleccionado por el compañero que la preparaba; era una forma fácil de mantenernos todos al día. También había una sesión de residentes en la que uno de ellos nos exponía un tema clínico buscando  la conjunción entre el último conocimiento científico y la experiencia en la consulta. Y el resto de sesiones se llenaban de casos clínicos, revisión de radiografías, presentación de casos de salud mental, revisión de programas de salud. Muchas de estas sesiones se hacían con participación de todos: pediatría, enfermería….cada uno aportaba una visión complementaria del resto.

Ahora hay muy pocas sesiones. Las de todo el equipo se llenan de números sobre el cumplimiento de objetivos. La exigencia de acreditación de la formación nos sumerge en un procedimiento farragoso y complejo que culmina con nuestra firma garabateada y el clickeo (una vez más) de cuestionarios y test cumplimentados en la plataforma del distrito. Son más “estándar”, no adaptados a todas las realidades y con formatos rígidos que ya han sido autorizados por la Agencia de Calidad. Los residentes están excluidos de las actividades acreditadas.

Cuando hablamos de formación continuada estamos hablando de profesionales que aprenden pero también de pacientes que se benefician de ese conocimiento. La pregunta es fácil de hacer y difícil de responder: ¿Qué sesiones clínicas necesitan nuestros pacientes?

Centro de Salud El Palo, Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 38:

LAS PILAS DEL FONENDO

Entra a la consulta un paciente joven, treinta y dos años. “Doctora, no sé por qué vengo, más bien porque mi mujer casi me obliga…me duele mucho el pecho”.

Yo agarro instintivamente el fonendo que llevo al cuello en un gesto mil veces repetido, mientras  divido mentalmente el tiempo y preparo una anamnesis de dos minutos, un minuto de exploración y los dos restantes, de los cinco que tengo para cada paciente atendido, para el ordenador.

“¿Dónde y cuándo le ocurre?”

“Cuando voy llegando al trabajo, pero no, no piense que es por el trabajo, es que no entiendo por qué me pasa, soy fijo, no tengo problemas con los compañeros, ni con el jefe…todo está bien….”

“¿Y por la noche duermes bien?”

“A veces, otras me da el dolor y no sé por qué…Soy feliz con mi familia… no tengo motivos… pero me levanto, voy en el coche y ya empiezo a notar el dolor…”

“Vamos a ver, eres fijo ¿cierto?, o sea que te habrán bajado el sueldo a la vez que han despedido a compañeros cuyo trabajo tienes que asumir. Si sale y tenéis amigos con dificultades para mantener el trabajo, puede que te sientas algo culpable, con lo cual olvídate de compartir tus problemas, no puedes ni por asomo, porque eres de esos privilegiados”.

“Sí doctora, eso es. Si al menos valoraran mi trabajo, pero sabe usted, es que trabajo con el público y exigen más y más y me culpan y me presionan más que antes. Parece como si por tener trabajo tuviera que rendir cuentas diariamente al resto de la humanidad, como si estuviera en deuda con todos…”

(Silencio)

“Ya sé lo que piensa…Entré diciendo que no tenía problemas (silencio)… a ustedes les pasará tres cuartas de lo mismo… (miradas)….me ha dejado hablar… sabía que yo le diría lo que nos pasa a todos (silencio)… y no nos queda más que asumir la realidad que nos toca vivir, sin sentirnos culpables, sin poner nuestra salud a juego… ahora lo entiendo. (Silencio cómplice). Tranquilizaré a mi mujer. Me ha hecho mucho bien hablar con usted, me voy agradecido…”

Se levanta y se vuelve desde la puerta y me mira: “Y usted… ¿bien?”

“¿Yo? (respondo), voy a levantarme un minuto y cambiarle las pilas al fonendo”.fonendo y reloj

Entre el fracaso rotundo en la previsión de dividir el tiempo asignado a la consulta y el desgaste de arriesgarse, como un equilibrista sobre la cuerda floja, a seleccionar las palabras adecuadas, a saber callarse y aguantar los silencios, a dejar que el paciente se responda a sus propias incógnitas. No es un trabajo para hacer a destajo, no se puede hacer medicina de familia con prisas. La implicación con los pacientes, el enfoque biopsicosocial, tiene un desgaste que no conoce quien planifica agendas dobles, pacientes bises, doblar consultas…

El fonendo no anda a pilas ni nuestras neuronas tampoco. El esfuerzo emocional de la consulta solo se recarga con unas condiciones dignas para realizar nuestro importante y necesario trabajo.

Centro de Salud de Huelva, agosto 2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 37:

PAPELES

Todos los días hago muchos papeles. Siempre he pensado que  los papeles son importantes porque detrás de ellos hay personas. Pero no todos ni siempre los tengo que hacer yo. Y algunos, pueden volverse contra ellos mismos.

Entra María en la consulta. Es mayor y casi analfabeta, confía en mí y yo en ella.

“Doctora le traigo estos papeles del banco (Unicaja). Me han dicho que se los de a usted para que los lea y los rellene, si no, no me hacen el seguro”.

Me entrega una carta, dirigida al médico de cabecera, donde se indica que sólo falta el cuestionario de salud que se adjunta, para que se le pueda terminar de gestionar el seguro de vida (que posiblemente le ha endosado el banco por un préstamo). Se trata de un cuestionario extensísimo, de lo más completo, con membrete y logotipo de Unicaja. Me preocupa un poco la información que hayan dado a María y lo que ella haya entendido, a saber lo que le está vendiendo el banco.

No salgo de mi asombro. En múltiples ocasiones me han pedido justificantes de ausencias a colegios o institutos, justificantes médicos para disculpar no asistencias a algún compromiso oficial, juicios o mesas electorales, “fés de vida”, informes de incapacidad para el desplazamiento de pacientes, peticiones de traslado en ambulancias, certificados médicos para ser contratados, informes de aptitud para uso agrícola de productos químicos,  para revisión de minusvalías,  informes para gimnasios o balnearios…inundado-en-un-mar-de-papeles

Parece que el médico de familia es el médico de los papeles, la mayoría sin un motivo clínico, muchos arriesgados, bastantes con motivos espúreos e incluso contrarios a nuestro cometido. Y estamos solos ante el paciente para decidir, para informar y para “dar la cara” y la respuesta a los cientos de tareas burocráticas que se nos piden, algunas tan curiosas y arriesgadas como la de hoy.

De muy buenas maneras, le hago ver a la paciente que no le voy a rellenar dicho cuestionario de salud, cosa que, además,  entiende perfectamente, y le comento que le diga al empleado del banco, que su médico de familia no trabaja para Unicaja. Y que vaya acompañada y se asegure bien de lo que está haciendo.

En el reducido tiempo de consulta, que debe ser ampliado de forma urgente, los procesos administrativos deberían estar tan simplificados que no quitaran ni un segundo de atención al paciente. También debería haber una información y compromiso claro de nuestros gestores para informar, regular y defender de forma contundente ante todas las administraciones que el médico de familia no es el administrativo clínico que todos parecen considerar.

Detrás de los papeles hay personas, el paciente que los solicita y el médico de familia que los puede o debe emitir o no y que está para otras múltiples importantes cosas a hacer en los escasos cinco minutos de consulta.

Centro de salud Tiro Pichón, Málaga, agosto 2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 36:

ANTE TODO, NO HAGAS DAÑO

Hoy, después de mi consulta, llego a control de embarazo: doce mujeres citadas, siete con su cita reglamentaria y cinco insertadas como “bises”. Ante todo no hagas daño. Tendré que aclarar quién entra primero, siempre hay lío en la puerta. Echaré de menos el café que no he podido tomarme.  El programa de embarazo es el único que permanece abierto durante el mes de Agosto, aunque no al completo, también algunas citas de citología. Todos los demás (cirugía menor, planificación familiar, teledermatología, infiltraciones, las consultas de la matrona y la enfermera gestora de casos…) cierran por decreto,  porque cada uno tenemos que hacer el trabajo de dos o más (no hay sustituciones), como si los problemas de salud se interrumpieran misteriosamente durante los meses estivales. Ante todo no hagas daño.citas embarazo insertadas

Comienzo: tres gestantes con el número 1, dos con el número 2… Cuando la paciente 3 “bis” me dice que no acude para control de su embarazo sino para una interrupción voluntaria del embarazo (IVE), lo dice llorando, apesadumbrada por una decisión muy difícil de tomar, muy dolorosa, acrecentada su tristeza por haber compartido la sala de espera con un grupo de mujeres alegres, esperanzadas por su estado, deseosas de conversación entre ellas para compartir dudas y temores ante el embarazo. Ante todo, no hagas daño. El programa de Planificación Familiar está cerrado este mes, no han contratado ni un sustituto,  y alguien, con gran falta de sensibilidad, ha decidido convertir a esta mujer en un “bis” en la consulta de embarazo. Me trago mi rabia (estoy muy entrenada) y resuelvo la situación lo mejor que puedo, intentando que la paciente no se sienta tan mal. La IVE no se puede posponer, hay una ley de plazos que cumplir. Ante todo, no hagas daño.

Continúo con mi trabajo y, al filo de las tres de la tarde, entra la última paciente. Nueva sorpresa, otra solicitud de IVE. Esta vez la mujer me habla nerviosa y abiertamente de su incomodidad con las felices embarazadas de la sala de espera, con las que ha coincidido en espacio y tiempo durante más de una hora. Ante todo no hagas daño. Ya no siento rabia, es impotencia y desespero. No comprendo esta falta de responsabilidad hacia los pacientes, esta indiferencia de nuestros gestores que piensan (¿piensan?) que “todo vale”: cerrar los centros por la tarde, suspender programas, insertar pacientes a la misma hora…..Ante todo no hagas daño.

ANTE TODO NO HAGAS DAÑO, eso me enseñaron, eso aprendí. ¿Lo aprenden también en los cursos de gestión sanitaria? Hay  muchas formas de hacer daño a los pacientes. Todas inintencionadas pero  muchas evitables y previsibles. Basta hacer el ejercicio mental de ponerse en su lugar. Simplemente pensar (¡pensar¡) “¿y si fuera yo?”. Nada más. Basta planificar la atención sanitaria (tiempos de consulta adecuados, con recursos humanos suficientes durante todos los días del año),  pensando en los pacientes.

Ante todo no hagas daño. Si hiciéramos eso, si todos hicieran eso, ésta no habría sido una mañana de múltiples daños a pacientes, con varios responsables “ocultos”, que deciden sin ser vistos, y una médico de familia “visible” que no se iría hoy a su casa tan profundamente indignada.

Centro de  Salud Victoria, Málaga, agosto 2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 35:

EL MÉDICO DE TODOS

Hoy ha venido Rafael a la consulta. Tiene 24 años y es autista. Es alto y guapo y le he visto crecer en la dificultad añadida de la diferencia. Viene con su padre. Siempre piden las primeras citas, porque le cuesta estar en la sala de espera. Entra y dice “Hola” sin mirarme. Le devuelvo el saludo sonriendo. Me gusta atenderle. Me gusta ver la relación de su padre con él, marcada por el afecto y la alegría, este hombre siempre sonriente. Me dice el padre que es el oído izquierdo. “El oído”, repite Rafael. Le hago algunas preguntas más, que si ha supurado, que cuántos días lleva, que si ha tomado algún medicamento…. El padre me responde, Rafael a lo suyo: “el oído”. “Vale Rafael. Vamos a verte”. Le miro, le señalo la camilla de exploración y vamos hacia allá los tres. Me muevo despacio, lleva muy mal notarme con prisa. Ya sé lo que tengo que hacer, no, no me refiero al uso correcto del otoscopio, sino a cómo explorar a Rafael. Sé que tengo que hablarle despacio, mirándolo y con un tono suave y firme, frases cortas y explicarle siempre, antes de tocarlo, lo que voy a hacer. “Rafael, voy a mirarte con esta luz dentro de la oreja”. “Mira… así”. Enciendo el otoscopio, le acerco la luz sin enfocársela a la cara. “Como a tu padre”. Me acerco a su padre y le miro la entrada del conducto auditivo. “Ahora a ti”. Me acerco a él y le miro. “El oído” me dice. Está tranquilo, se queda quieto aunque cuando introduzco el aparato se retira un poco, le duele, parece una otitis externa. Volvemos a la mesa, les explico lo que tiene y pongo el tratamiento. Rafael tiene prisa en marcharse, le doy la mano a los dos. “Hasta la próxima”. Esa próxima sé que tardará, Rafael es joven y sano.diversidad-funcional

Varios pacientes más tarde entra Lola, con esos ojos enormes y esa mirada profunda, como si un sentido quisiera compensar a otro. Lola es sorda, observadora y muy muy inteligente. No me cuesta entenderla en absoluto. Tiene su propio sistema de señales y sonidos guturales en distintos tonos con los que sabe entregar y recibir palabras sin emitirlas ni escucharlas. La miro fijamente esperando que despliegue su peculiar lenguaje. Hace el gesto de toser llevándose la mano al pecho, se toca la cabeza y a continuación baja la mano a la garganta, y aquí emite un sonido como un gritito y mueve la mano de arriba abajo varias veces, o sea, tiene tos, dolor de cabeza y de garganta, siendo aquí bastante mayor la molestia. Ahora me toca a mí: toco mi frente con la palma abierta y me responde negando con la cabeza: no tiene fiebre. La invito con la mano a pasar a la camilla. No tengo que indicarle nada para la exploración: abre bien la boca, y se acerca a la luz del foco, luego se levanta la blusa y respira hondo mientras la ausculto. Las dos sabemos lo que tenemos que hacer. Volvemos a la mesa y ahora viene la otra parte. Le explico, tocando mi garganta que es una faringitis. Dice que sí con la cabeza.  Por primera vez me dirijo al ordenador, prescribo, imprimo mientras ella espera observando con sus grandes ojos todos mis movimientos. “Estas pastillas tres veces al día”, digo poniendo 3 dedos frente a su cara y luego señalo con mi dedo índice tres puntos imaginarios del espacio que describen en una línea horizontal las tres comidas del día. Asiente con la cabeza, con los ojos, con la expresión, como con todo su cuerpo. Yo la he entendido, y ella a mí, me sonríe y yo a ella,  en silencio las dos.

Me quedo pensando cuánto aprendemos de estos “pacientes especiales”, personas con síndrome de Down, parálisis cerebrales, sordera, ceguera, espina bífida, déficit intelectuales… Nos demuestran que hay muchas formas de vivir la vida. Nos enseñan a hablar otros lenguajes. Nos ayudan a comprender la riqueza que encierra la diversidad del ser humano y, sobre todo, nos recuerdan que el médico de familia es el médico de todos.

Centro de Salud El Palo, agosto 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 34:

MEDICINA “DE FAMILIA”

Es verano. Empiezo ya con prisa. Tengo que acabar a tiempo de empezar la consulta de control de embarazo. Hay muchas pacientes citadas porque se han reducido el número de consultas: no hay sustituiciones. Además, en la mía tengo insertados pacientes de otros compañeros que están de vacaciones, espero que no sean complicados.

Empiezo 10 minutos antes y pasa mi primera paciente, viene acompañada de su hijo de 8 años y su tía materna, que está de vacaciones en Málaga…”Estoy  muy mal doctora, no tengo ganas de nada…” y se echa a llorar de forma desconsolada. Le presto toda la atención que puedo y le dejo hablar …hace dos meses ha muerto su madre, a la  que cuidaba,…y tiene problemas en el trabajo…” no soy capaz de hacer lo que me piden”…..trabaja en un hipermercado, y antes de abrir tiene que reponer en tiempo récord…”no me da tiempo, por más que lo intento”. “¡Como te entiendo!”, pienso para mí, estamos en la era del “todo corriendo”, se pueda o no. Me cuenta, la escucho, le recuerdo lo buena cuidadora, lo activa y responsable que es y la cito en dos días. Se va mucho más  tranquila… hablaremos del duelo por la muerte de su madre.

medicina de familia 2

Me llaman al teléfono, es la esposa de un paciente con Alzheimer: “Hola doctora, voy a ser breve, que sé que tiene usted mucha gente. Ayer  me caí, me llevó mi hijo a la urgencia y tengo un  esguince, me han puesto una escayola y me tengo que poner heparina…¿es muy necesaria esa inyección? Aquí nadie se atreve y a mí me da miedo, menudo plan tengo”. La escucho llorar al otro lado de la línea…Me imagino su cara cansada y su cuerpo menudo tirando de todos tantas veces. La hija le coge el teléfono y se disculpa……Le digo que hablaré con la enfermera.

Bueno no voy mal, han faltado dos personas y parece que voy a poder tomarme un café, corriendo, eso sí, como siempre. Ya voy a salir cuando tropiezo con un cochecito que va entrando en la consulta. Casi me atropella.

“Hola doctora, vengo a enseñarle a mi niña”. Me asomo al cochecito con esa mezcla de curiosidad y asombro que nos invade cuando nos enfrentamos a ese ser cuyo latir hemos escuchado y cuyo movimiento hemos notado bajo las manos tantas veces. Dentro, la cara de una niña recién nacida,  que vino sin esperarla, “en un descuido”. Recuerdo  aquellos primeros días, el test de gestación positivo, las lágrimas, la desesperanza, “ahora que me habían contratado después de tanto tiempo…mi marido está en paro….me van a echar”, la decisión de  tenerla, las consultas de embarazo, la ilusión…. Me consultaron varias cosas relacionadas con planificación familiar (”no podemos tener otro”), baja por maternidad y pediatra…..Y yo no podía dejar de mirar la cara de  felicidad de la pareja y de decirles.. “QUE BIEN….ME ALEGRO MUCHÍSIMO…”

memes-café

¡Que difícil, pero qué bonito es mi trabajo! No tengo palabras para describir el cuadro tan entrañable que tenía delante de mí: dos jóvenes alegres, sonriendo  de oreja a oreja, con esa niña en brazos de su padre y sus otros dos hijos alborotando alrededor nuestro: una familia al completo de las muchas que hoy han estado, directa o indirectamente, presentes en mi consulta.

Salí corriendo, dije un adiós definitivo a mi café, cerré y sonreí a la puerta en la que pone “Consulta de medicina DE FAMILIA”.

Centro de salud Alameda Perchel, julio 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 33:

X,Y,Z

a Dra X atiende esta semana a segunda hora, después de su consulta, a los pacientes de la doctora Y que está de vacaciones.

Entra una paciente: “Vengo a que me pida la radiografía para revisar la neumonía que me dijo que tenía su compañera Z que me vio la semana pasada”.

X la escucha,  la explora,  detecta que tiene crepitantes en base derecha, revisa que había una imagen de condensación en la radiografía y que había tenido fiebre, ya no. Le explica que debe continuar el tratamiento y le recomienda que espere unas semanas a la radiografía de revisión, que antes no se detectan cambios. Como la enferma insiste en que le duele, vuelve a la mesa de exploración y comprueba de nuevo los signos de la exploración. A veces, a pesar del poco tiempo, hay que explorar dos veces, sobre todo a pacientes que conocemos menos. Idéntica evidencia: neumonía en resolución.

A los 2 días llega un señor muy nervioso a la consulta de la doctora X. Le pregunta si es la doctora que sustituyó esta semana a la doctora Y.  X no se acuerda muy bien, porque ahora sustituye a V y  ha sustituido a varias letras del abecedario este verano, pero sí la semana pasada fue X e Y. Se lo confirma al señor que ha entrado y que empieza a decirle que “mande a los enfermos a hacerse radiografía urgente porque puede ser un tromboembolismo pulmonar, como el que tenía su esposa, y que como le pase algo a su mujer……”, aquí ya se acerca, grita y le pega unos tiros imaginarios a la doctora X, dirigiendo el dedo índice a su cabeza. Se da la vuelta y se va rápidamente. X se queda con una mezcla de emociones pero sobre todo preocupada. Para la consulta. Mira la historia del hospital y comprueba el diagnóstico. Parece que la mujer toma anticoncepción hormonal, que lo compraba por su cuenta, no consta en su tratamiento.

La doctora X no conoce a los pacientes medico ausente y presente

de Y, no sabe cómo son, sus historiales clínicos y personales. Cuando ve enfermos de un compañero, siempre se esmera, quizá más, porque no los conoce, porque tiene que atenderlos con el mismo escaso tiempo que a todos, sin poder revisar profundamente su historia y características.

A la doctora X, como a todos, pueden pasársele cosas por alto, puede haber detalles importantes no tenidos en cuenta, pero la probabilidad de que esto ocurra es mucho mayor cuando una persona tiene que hacer el trabajo de dos o más y las letras del abecedario se suplantan unas a otras sin ton ni son, escribiendo palabras ininteligibles que siempre significan riesgo para médicos y pacientes.

Centro de Salud Alameda-Perchel, Málaga, agosto 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 32:

12 HORAS

Soy médico de familia. Trabajo en urgencias extrahospitalarias. Son la 8:00 de la mañana. Entro en la consulta, me siento, enciendo el ordenador, meto mis claves y me propongo atender a mi primer paciente, fresca como una lechuga.
Los pacientes se suceden uno tras otro, desde bebés a ancianos, todos con un problema diferente. Los escucho atentamente, intentando un trato cordial, tan importante para ellos como para mí, los exploro, relleno la historia clínica, les pongo el tratamiento con arreglo a la patología que sospecho y les doy el alta con el papel impreso que me devuelve el sistema informático cuando no está “cabreado”. La impresora tiene vida propia, ya nos conocemos. Uno tras otro, tengo que saber de todas las disciplinas, uno tras otro, lo banal y lo importante se suceden, uno tras otro, tengo que pensar, uno tras otro sin parar, sin descanso, cada vez me va costando más.
Desde que entra el paciente hasta que sale, he tenido que apretar el ratón al menos quince veces. No sé quién ha diseñado el sistema informático, desde luego nadie que realice práctica asistencial: tanto clic entorpece el trabajo y dificulta la relación médico-paciente.
Tengo un montón de gente en la puerta, lo sé por el listado, lo sé por el ruido. Siento la presión, noto el latido del corazón y el bombeo de la sangre al cerebro, y ambas cosas aumentan cuanto más rápido intento ir. No puedo equivocarme. No puedo pararme a pensar estas cosas…entra otro paciente, y después otro, y otro más.
Son las cuatro de la tarde, he visto cuarenta y ocho personas y llevo un millón de clics. No culpo a los pacientes, ellos tienen problemas de salud, desconocen su origen y gravedad, acuden y esperan, esperan. Algunos llevan tan mal esperar como yo ir deprisa. Todos somos víctimas de las carencias de un sistema sanitario que no responde a las necesidades reales.
Mis tripas llevan un rato avisándome. medico cansado 2Como en diez minutos, ni me molesto en calentar las croquetas, las engullo frías, tal cual están. Del arroz tres delicias paso, está incomestible, pero el brownie me lo trago en dos bocados. Me lavo los dientes, orino y salgo escopetada de nuevo a la consulta. Los pacientes protestan porque me he ido.
El resto de la tarde me parece una tortura, es una tortura.

Entra mi último paciente, son las 20:00 y ya no soy la misma persona que vino esta mañana. Me duele todo el cuerpo, estoy saturada, angustiada y con una mezcla de enfado e impotencia por trabajar en estas condiciones.reloj 12 horas

Todavía hay seis pacientes en la puerta y pienso en la compañera que empieza ahora el turno con otras doce horas por delante.

Me voy a casa pensando que la medicina no puede practicarse de sol a sol y a destajo. ¿A quién se lo digo?

Dispositivo de Cuidados Críticos y Urgencias, Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 31:

LOS PACIENTES COMPLEJOS

Decía Saramago que la representación más fidedigna del alma humana es el laberinto. Puede que algo de razón tuviera, ya que, en el crisol de pacientes que acuden a la consulta, una tropieza de cuando en cuando con personas “sin salida”, como los laberintos.
Son esos absolutamente imposibles de complacer, que te dicen lo que tienes que hacerles (mandarles tal tratamiento, enviarlos a tal especialidad,…) y cuando lo haces, más por agotamiento que por convicción, no les va bien fijo: “se les pasa” la cita del hospital, les sienta fatal el tratamiento… Suelen quejarse de lo que les ha costado conseguir cita para nosotros y del tiempo que tienen que esperar en la sala “de espera”, pero llegan frecuentemente tarde, hacen lo imposible por colarse y les encanta aparecer sin cita. Un grupo especial de éstos, son además agresivos en el fondo y en la forma. Exigen todo de todos pero no entienden de normas ni practican el respeto y la más mínima educación en la convivencia con otros.
Ayer acudió, sorprendentemente con cita, una paciente de este perfil. Como no quería esperar su turno, “la lió” en la sala de espera, increpando, insultando y amenazando al resto de personas que estaban allí, en ese espacio reducido donde se refleja el mundo exterior, tan grande y tan retorcido.Agresiones
Tan agresiva se puso que tuvimos que llamar a la policía y aún así, mientras venía, siguió molestando a los demás. Yo, con una gran carga de tensión, indignada por la desprotección que sufrimos nosotros y nuestros pacientes y con la consulta veinte minutos parada, me preguntaba por qué estudié medicina y no encontraba respuesta.
Muchas personas se marcharon asustadas, otras, a pesar del miedo, permanecieron allí y, una vez reanudada la consulta, cosa que me costó bastante, me decían que estaban preocupadas por mi y por eso se quedaron, por si necesitaba ayuda…. Se lo agradecí de todo corazón…y pensé que, a fin de cuentas, un paciente te cura de otro y que quizá en esa sucesión de malas y buenas personas, estaba la respuesta a mi pregunta.
Esta mujer y muchos más, son mis verdaderos pacientes complejos, pero no se incluyen en guías y protocolos. Puede que no tengan código de ninguna enfermedad conocida. Batallamos con ellos como buenamente podemos, sin apoyo ni garantía de nuestra integridad o la del resto de pacientes, temiendo que acudan a nuestra consulta, que convierten en cuestión de minutos, en un lugar hostil y un laberinto con la única salida del respeto y afecto de pacientes poco complejos.

Centro de Salud Capuchinos, Málaga, julio 2017.

DIARIO DE LA CONSULTA 30:

NUESTRO SEGUNDO APELLIDO.

Soy residente de medicina familiar y comunitaria y elegí esta especialidad hace ya 4 años. Creía conocer bien el nombre:salud comunitaria “medicina”, un poco el primer apellido: “familiar”, pero muy poco sabía de en qué consistía nuestro segundo apellido: “comunitaria”. En la universidad nos enseñan la teoría de la prevención, pero nada de intervención en la comunidad, y cómo llevar las medidas preventivas a la población. En nuestra formación como residentes, las actividades de promoción de salud se reducen a mínimas anotaciones.

Poco a poco me fui implicando en las diferentes actividades de mi centro de salud, descubriendo que este aspecto ocupa un segundo o, más aún, tercer o cuarto plano. Las intervenciones comunitarias tienen que realizarse fuera del horario laboral, por la voluntariedad de los miembros del equipo que siguen empeñados en que “más vale prevenir”.

Como residente, he tenido la oportunidad de acercarme a la comunidad de distintas formas y en todas las edades: sesiones en los centros educativos sobre alimentación, tabaquismo; mesas informativas y yincanas en las “Semanas sin humo”; participación en la Escuela de Envejecimiento Activo, prevención de caídas, grupo de Tai Chi; fomento de alimentación saludable, taller de cocina de dieta mediterránea…. He aprendido a adaptarme a cada grupo según su edad, su nivel cultural y social, y según el contexto en el que se realiza la actividad. He descubierto que este es un juego de dar y recibir, practicando el intercambio intergeneracional y sintiéndome más frente a frente como personas que coinciden en un objetivo común, la salud, que como “experto” que inculca sabiduría a quienes no la tienen. También he conocido lo difícil que es fijar objetivos, pensar cómo, quedar, preparar, que no surjan imprevistos, que todo funcione, que llegue el mensaje. He experimentado cómo las actividades comunitarias refuerzan el trabajo en equipo, ya que en ellas son necesarias todas las disciplinas: la medicina de familia, la enfermería, la pediatría, la matrona, los residentes, los estudiantes, todos coordinados por la trabajadora social, hilo conductor entre el centro de salud y la comunidad.comunitaria en la escuela

He descubierto que hay muchos lugares para ejercer la medicina de familia, que trascienden las cuatro paredes de la consulta y saltan a sitios como bibliotecas, aulas, patios escolares, centros de mayores y polideportivos. Espero y deseo que esta atención comunitaria se pueda desarrollar, formando parte del día a día del centro de salud, ocupando un “huequito” en las apretadas agendas del médico de familia para permitir su realización y que podamos ejercer con dignidad nuestro segundo apellido.

Centro de Salud El Palo. Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 29:

LOS CUIDADORES

Hoy acude a consulta Antonio, cuidador de dos pacientes encamados, angustiado por una contractura lumbar que le dificulta su trabajo, que es nada más y nada menos que el “cuidado” de sus padres que están incapacitados. HOMBRE-CUIDANDO-ANCIANA

– ¡Tranquilo!, intentaré solucionar su problema y el de sus padres.
Soy el médico de su familia, y por tanto, su problema para mí son tres y no uno.

Antonio se puso a llorar desconsolado.

He dejado que llorara y cuando se desahogó: tratamiento, medidas posturales, nociones básicas de movilización, y nos vamos viendo si no mejorase….
No todo lo hace una prueba complementaria, Radiografías, Resonancias etc…, una vez más nos damos cuenta del poder de las palabras y del tiempo, que tanto escasea. Hemos sustituido la conversación  por la entrega de papeles, que según creen algunos, va arreglar nuestra “enferma Atención Familiar “.

Centro de Salud Tiro de Pichón

 

DIARIO DE LA CONSULTA 28:

MI ÁNGEL PROTECTOR

  En la consulta habitual de aquella  mañana, tenía citado a un matrimonio octogenario, Francisco  y su mujer, que acudían para una revisión habitual. Tras salir ellos, entró un paciente que llevaba tiempo en la sala de espera, paciente que en ocasiones es “problemático”: se queja por la demora, por las medicinas… por todo… Aquel día transcurría la consulta sin contratiempos.

 Cuando este paciente salió,  vi que  Francisco seguía sentado en la sala de espera, me dirigí a él, pensando que algo se le había olvidado, y entonces me dijo que se había quedado esperando por si tenía algún problema con el paciente que había entrado después,  en la sala de espera había estado  quejándose, insultando…. y  Francisco, estaba allí para ayudarme si lo necesitaba. No pude contenerme y les di dos besos a él y a su mujer. Por supuesto, Francisco sabía que no tenemos servicio de seguridad en el centro de salud, de lo que en muchas ocasiones nos hemos quejado.

angel protector

  Ahora acude a la consulta su esposa, sola, porque Francisco  falleció a los pocos meses de ese día.

 Fue mi ángel protector.

 

Centro de Salud Cruz Humilladero 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 27:

HOY COMO AYER, LA RELACIÓN MEDICO-PACIENTE ES UN PATRIMONIO HUMANO

En la cotidianidad de nuestra labor en Atención Primaria, parece que no haya pasado el tiempo para los que ya llevamos una larga trayectoria en ella.

¿O sí…?

En el relato de lo que nos sucede hoy, día a día en nuestro quehacer médico, varían los pacientes, cambian los médicos, son distintas las situaciones. Pero se repiten una y otra vez las claves.

El paciente nos necesita, el médico se afana en él, los recursos no dan para más (y no entro en el porqué porque es discusión de otros foros), y las situaciones pasan tan rápido como minutos tiene el día. Y aún así podríamos aburrirnos si sólo hacemos el relato de lo de hoy.

Es por ello que os cuento hoy algo anecdótico y sin contenido clínico-asistencial de mi pasado como médico. Pero no podría separarlo de mi atalaje profesional.

Los más antiguos aún recordareis el desafortunado incidente del Dr. Barceló Sierra, urólogo de Barbarela, que en 1981 fue asaltado en su centro y muerto con un hacha por un paciente al que “hizo daño durante un sondaje urinario”. Un desafortunado incidente en la relación médico-paciente que, en aquella época, aún por lo infrecuente no dejaba de ser preocupante.

Eran mis primeros años de estudiante de medicina y, sin ni siquiera haber contactado todavía con un solo paciente, empecé a percibir lo difícil que podía llegar a ser esta profesión.

Aquello impactó a toda la Facultad.

Años después en 1989, y ya en mis inicios profesionales, ejercía mi labor en la Serranía de Ronda, como interino del Centro de Salud de Algatocín. Mi cupo era el de Jubrique y Genalguacil. Siempre me gustó la medicina rural, el campo, los castaños, la montaña, la nieve, el frio y la lluvia en invierno.

Y descubrí a la gente del lugar. Amable, forjada en la dureza de la geografía y el clima, entregada y esplendida con los demás. Es fácil integrarse así a pesar de los pesares. Y en el trabajo al compás del lugar, duro, intenso, imprevisible, pero hecho a golpe de hombro con hombro porque si no es imposible. Así empezaba a desperezarse la Atención Primaria.

Y si además tienes la suerte de tener a tu lado a tu pareja (con su excedencia porque no quiere perderse la experiencia) y a tu pequeña hija de 3 años (con sus ojos abiertos de par en par, empapándose de ese entorno), os puedo asegurar que aquellos fueron algunos de los mejores momentos de mi vida profesional.

Sólo puedo recordar un momento oscuro, angustioso, que llegó a ser incluso de auténtico miedo, de terror.

En las tardes era un placer y un lujo pasear por los caminos, entre castaños con mi familia.

Una de esas tardes mientras paseábamos,leñador en dirección contraria se aproximaba un campesino del lugar, con su hacha cargada al hombro como cualquier otra herramienta de trabajo. A cierta distancia el hombre se para, baja el gran hacha de su hombro apoyando la hoja en el suelo y, levantando su mano izquierda, me señala con su índice y vocifera en la distancia:

– Usted …, usted es … ¿usted es el médico de Jubrique, no?

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y, casi imperceptiblemente, desplacé mi brazo hacia atrás dando distancia a mi esposa y mi hija adelantándome un paso más para afirmar:

– … Sí….

Y sin dejar de señalarme pero sin levantar el hacha del suelo, sonríe y me tranquiliza:

– ¿No recuerda el otro día lloviendo, cuando me recogió en su coche yendo de Jubrique a Algatocín….?, quería volver a agradecérselo

No recordaba su cara pero sí el hecho, e instantáneamente desapareció el miedo, apareció mi sonrisa y extendí mi mano buscando la suya, porque en un segundo cambió mi miedo por satisfacción.

El tiempo no ha pasado en su esencia. Mi miedo de hoy con mi experiencia no está, como aquel día, basado en un desafortunado encuentro con cualquier paciente como el que sufrió nuestro malogrado compañero Pedro Barceló. Porque en su esencia, nuestra relación con el paciente no debe cambiar, es algo INMATERIAL. (Materia: Parte material o física de la realidad, en contraposición al espíritu).

Mi miedo hoy está en que algunas malas conciencias, vacías de estas experiencias vitales, quieran hacer del miedo un argumento contra el médico, y crean con su insensibilidad hacia los ciudadanos un arma arrojadiza que puedan éstos esgrimir, y no contra aquel insensible, sino contra la mano amiga y desinteresada que les quiere servir y ayudar.

Si veis a un paciente levantar el hacha sabed que no es hacia vosotros, es hacia las malas conciencias, porque la relación médico paciente es una relación de ayuda + servicio – necesidad + agradecimiento. HOY COMO AYER.

Centro de Salud Churriana. Málaga

 

DIARIO DE LA CONSULTA 26:

EL DIRE BUENO.

A lo largo de mi, ya larga, vida profesional, me he encontrado con muchos tipos de directores (o cargos intermedios) de Centro de Salud. Cuando yo era residente, al Coordinador (que se llamaba entonces) lo elegíamos entre todos los miembros del Equipo, y era un cargo renovable por el mismo sistema. Recuerdo que estábamos orgullosísimos de él.  Y lo seguíamos porque transmitía confianza. Sabíamos que siempre nos iba a defender, personal y profesionalmente, ante los de arriba. Era un buen médico y una buena persona.

Posteriormente he conocido directores que siempre iban con prisa, los que se plegaban sin chistar a las órdenes de la Gerencia, los que te decían una cosa a ti y luego, ante el gerente te vendían por un plato de lentejas. A los que ibas con un problema y volvías con ganas de llorar. Directores a los que el cargo les quedaba grande, a los que no les gustaba ver enfermos. Los que te transmitían toda clase de frases bonitas (…lo que necesites) que luego resultaban ser solo eso, frases. A los que no les temblaba la mano a la hora de presionar a sus compañeros, que iban por delante con los recortes (de personal, de material, de consultas) con tal de obtener el beneplácito de un gerente que, en el fondo, los considera material fungible.

También he conocido directores que eran, ante todo, buenos profesionales y buenos compañeros. Que te oían cuando ibas con un problema y te lo intentaban solucionar aunque fuera sobre sus costillas. Que consultaban con su equipo qué hacer cuando venían órdenes amargas desde arriba. Directores a los que el cargo se les quedaba pequeño (y por ello han ido ascendiendo en el escalafón). Directores que se presentaban al cargo como compromiso adquirido con sus compañeros que se lo pedían y que pelearon ante un tribunal que tenía candidata predeterminada para el cargo. Y directores que, estando en estos tribunales, no permitieron injusticias.

Me han propuesto muchas veces el cargo intermedio, pero siempre lo he rechazado por miedo a no estar a la altura. A la altura de mi primer Coordinador. A la altura de mi actual Director.

En estos tiempos que corren, hay que proteger al Dire bueno….

 

DIARIO DE LA CONSULTA 25:

EL OJO CLÍNICO

Mi casa es de esas, construidas alrededor de una chimenea… Al principio, fue minimalista por intención,  y con el transcurso de  la vida nos ha quedado barroca de emociones, o  como diría Gala, barroca de destino. Cada rincón es un recuerdo y cada recuerdo, una historia. Hoy quiero contar la crónica de un cuadro. Pero empecemos por el principio…

Aquel  fue un día atroz de consulta. Como casi siempre,  escaso de tiempo, sobrado de pacientes y repleto de estrés.  Era media mañana de una jornada espesa, y llevaba ya horas de faringitis, recetas, y burocracia. Hubo una pequeña interrupción entre pacientes, de esas que nos incomodan porque nos impacienta que no acaben de pasar, restando un tiempo que no tenemos y  nos hace esperar mientras se están  saludando entre vecinos…. Esta vez el retraso era el propio de un hombre cansado,  de unos setenta y tantos años.  Levanté la vista y no sé qué vi en él, pero apenas atravesado el umbral de la puerta, me levanté porque algo  me llamaba poderosamente la atención. Era el brillo de su cara, su color de piel de un matiz insano,  no lo sé. Probablemente fuera  esa sensación imprecisa de enfermedad grave que los médicos hemos sentido y visto tantas veces. No encontramos definiciones, códigos  ni protocolos y suelen asaltarnos en esos días malos en que tan fácil es bajar la guardia.

Lo pasé directamente a la camilla. Me explicó que se encontraba mal desde las cinco o seis de la mañana. Que su hija se había levantado y se había ido a la playa, y  que no le dijo lo mal que se sentía para no estropearle el día, tal era su bondad. Vivía solo con ella.  

Se quejaba de apenas una molestia imprecisa en  la flexura del  codo…pero su cara de  color cetrino, no me gustaba en absoluto. Interrumpí  la consulta y me dediqué a él. Resultó un infarto de miocardio.  Avisé a la ambulancia. Zafarrancho.  

Pasaron unos meses y me olvidé de José (este era su nombre). Y un buen día, llaman a la puerta de  casa: era alguien que traía un paquete para mí, pero no quería molestar. Salí y cual fue mi sorpresa al verle. Se notaba algo nervioso y se disculpó una y mil veces por irrumpir en mi vida privada. Sentía cierto pudor y no le había parecido bien llevar aquel regalo a la consulta.

Le hice pasar, aunque apenas se adentró unos pasos en el jardín; entonces comencé a desembalar  aquel paquete. Me explicó mientras yo rasgaba el envoltorio,  que comenzó a  estudiar arte en su juventud, pero que la guerra civil acabó con sus sueños. No se rindió, y aunque sin una formación reglada,  siguió pintando toda su vida…

Terminé de desembalar.  

Se trataba de un óleo donde destacaban  tres objetos delicadamente pintados: un libro, un fonendoscopio, y un maletín de médico (así lo llamó). Y siguió contándome:

-Después de que me trasladaran en  ambulancia estuve más de un mes en la UCI, con edema de pulmón y no sé cuántas complicaciones más. Creían que no lo contaba.  He querido agradecerle con  lo  mejor que sé hacer, pintar, que usted “me salvara la vida”.  

Esas cuatro palabras me  emocionaron, por lo que solo alcancé a decirle: “ hombre, yo solo hacía mi trabajo”. Y prosiguió:

cuadro.png

-He  querido representar los valores que usted- y subrayaba mucho el usted, lo que me hacía sentir que en este momento me tenía un  inmenso respeto- ha conseguido en esta vida para salvarme. El libro  representa el conocimiento, las largas horas de estudio. El fonendo… la técnica. Y lo que fue más importante para mi vida, el maletín… el oficio, el ojo clínico.

Han pasado muchos años desde que  esto ocurrió. Con toda seguridad José ya no exista, pero sigue vivo en mi recuerdo.  

Cuando miro  ese cuadro que ocupa un lugar relevante del salón de casa, me recuerdo a mí mismo que por nuestra puerta entran personas con toda clase de “saludes” y “enfermedades”, algunas tan graves como la de José. Y me indigna que se desconsidere y se menosprecie nuestro trabajo por parte de los que lo dirigen y organizan: cinco minutos o menos, a destajo, dobles consultas…Y pienso que mis pacientes a lo largo de tantos años ya me han aportado todo el reconocimiento que necesito.  Creo que, como tantos otros compañeros médicos, hemos acumulado conocimientos, habilidades y actitudes, eso que hace tantos años  José, con su sentido común y sin saberlo, representó con un libro,  un fonendo y un maletín de médico.   

Al regreso de cada jornada, cuando caigo rendido, cansado, no tanto de la medicina, sino de tantas ingratitudes, y me siento frente al cuadro de José, intento convencerme  de que no necesito más  reconocimiento y no debo esperar más satisfacciones que las que mis pacientes me procuren.

Y ya al final de la noche, cuando, en los límites del sueño,  las emociones se apoderan de la razón, se amontonan en mí  una mezcla de sentimientos: por un lado la enorme  gratitud hacia mis pacientes, y por otra,  la inmensa pena después de treinta años trabajando, por todo lo demás.

Centro de  Salud Carlinda, Málaga. Julio  2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 24:

EL FONENDO EN EL CAJÓN

El cajón de la consulta del médico de familia es un espacio entre curioso y sorprendente. Encontramos material variado: clips, post-it, algún boli que escribe mal, caramelillos para la carraspera, gomas para el pelo, calzador, compresas, un metro, pañuelos de papel, folletos de laboratorios,  algunas recetas de mano, algún bloc de p10 de repuesto. Siempre en la parte anterior, dejamos un hueco para el fonendo, donde lo depositamos cuando no lo tenemos que utilizar, en esas consultas que hacen polvo la demora, no son codificables ni registrables, no se cuantifican en ningún índice y que son tan frecuentes.

Entra María por la puerta con una media sonrisa y, aún de pie, me dice: “Hacía mucho tiempo que no venía a verla”. Yo la miro extrañada porque tengo la impresión de haberla visto recientemente, uno o dos meses atrás, como mucho. Mecánicamente miro a mi pantalla del ordenador y me sorprendo cuando veo la fecha de la última visita: agosto de 2016. Ha pasado casi un año. Está claro que la percepción del tiempo es distinta para los que andamos siempre batallando con él, o contra él, según se mire. Releo entonces aquella visita y me sorprendo aún más, porque lo que hablamos entonces, lo recuerdo cercano, como si hubiéramos tenido aquella conversación la semana anterior.  

María tiene 60 años y es algo tímida. Habla despacio, con la lentitud de quien mide muchos las palabras y de quién las usa poco. Vino  porque había aumentado la tristeza que la acompañaba desde la muerte de su madre, hacía ya muchos años, pero presente aún para ella. Expresaba sentirse mal por sentirse sola, aún viviendo acompañada, por un “no echarle cuentas” su marido e hijos con los que convivía. Además le preocupaba estar irritable con sus nietas a las que también cuidaba. La oí y la escuché sin escribir nada, estando atenta, y cuando desvié mi mirada hacia el teclado, pensaría que iba a mandarle un medicamento y entonces me dejó claro que ella no quería pastillas, que lo que necesitaba era el afecto de los demás. Entonces le hablé de los grupos que lleva la estupenda trabajadora social que tenemos en el centro de salud, donde se reúnen personas con sus mismos problemas, la mayoría amas de casa muy volcadas con sus tareas y con escasas oportunidades de relacionarse. Hoy  viene a la consulta solo a darme las gracias por haberla mandado a ese grupo:  “Doctora me encuentro mucho mejor, he hecho amigas con las que hablo y, aún hoy, después de un año, seguimos  yéndonos a andar juntas todos los viernes y ya vuelvo a casa de otra manera. Hubiera querido venir antes para agradecérselo pero no he tenido tiempo”  

Me siento contenta, muy contenta fonendo y relojde haber contribuido a mejorar la vida de María….. No han hecho falta pastillas, ni pruebas complementarias, ni fonendo,  ni siquiera levantarnos de la silla. Sólo se necesitó TIEMPO para escuchar y pensar y TRABAJO EN EQUIPO para tratar todos los aspectos de la salud de forma integrada.  

Cuando María salió de la consulta, pelé un caramelo y saqué el fonendo del cajón por si lo necesitara para atender al siguiente paciente.  

Centro de Salud Ciudad Jardín, julio 2017.

DIARIO DE LA CONSULTA 23:

GRIPE O ALGO ASÍ

Tiene 72 años y los ojos muy azules y hoy muy tristes, con un halo de luz hiriente que atraviesa la dudosa transparencia de sus gafas y se te acaba clavando en un lugar especialmente sensible, porque al mirarlos te duele sin saber bien por qué.

Mientras me cuenta que hace más de un mes que tiene “gripe o algo así”, porque la tos “no la deja vivir”, se ahoga, se asfixia, le falta el aire. No encuentra explicación. Nunca ha fumado y es verano. No sabe por qué se está asfixiando así, de repente. Ha ido a la farmacia. La sigo mirando a los ojos, como hipnotizada por esa tristeza dolorosa que ahora empiezo a entender. Le han dado un jarabe que se ha tomado entero y ya va por el “segundo tarro” porque al principio parece que notó alguna mejoría. Me fijo en esos hombros caídos, desplomados, como un edificio parcialmente derribado, esa cabeza agachada, como si pesara mucho, y esa comisura de la boca rendida por ambos lados. “Hacía mucho tiempo que no me asfixiaba, pero me ahogo doctora, me ahogo”. “¿Cuál es la pena que te ahoga?”, le dije sin que lo esperara, yo tampoco lo esperaba y las dos nos sorprendimos de la pregunta.

anciana triste

– “¿Cómo dice doctora?”

– ”Es que te veo como triste y creo que la pena te ahoga”.

– “¿Alguien le ha dicho algo?”

– “Pues no, solo te he estado observando desde que entraste y hoy estás distinta, decaída, sin tu ánimo normal”.

-“Es verdad, doctora. Mi hijo va a declarar en mi contra para quitarme la pensión que me pasa el padre, alegando que “me he echado novio”. Se ha puesto de parte del padre, del que llevo divorciada muchos años por manipulador y sádico psicológico… No me hablo con mi hijo y eso me está matando de pena”.

Yo sé que el hijo trabaja con el padre y depende laboralmente de él. Reconduzco por ahí la entrevista: el reconocimiento de que su hijo puede estar manipulado por su padre, experto en hacerlo, apelando además a los lazos de sangre y la fidelidad paterna y al hecho de que el hijo es sensible y parecido a ella y probablemente también lo esté pasando mal.

Se levanta y me dice: “¡Tengo que hablar con mi hijo¡. ¡Me necesita tanto en estos momentos¡”.

Salió de la consulta sin jarabe pero con una explicación de la pena que la ahogaba. Tres días después, en ese hueco mágico que deja la puerta entre el paciente que sale y el que entra, se asomó a la consulta clavando en mí sus ojos muy azules y, esta vez, muy vivos.

-“Solo decirle que almorcé con mi hijo, nos abrazamos y lloramos juntos

. Las cosas importantes de la vida son pocas y usted me las recordó el otro día. Gracias doctora”.

-“Y de la tos ¿cómo estás?”

-“¡Ah¡ pues bien. Ya no me acordaba”.

Mientras conducía de regreso a casa, le di yo también las gracias en el silencio ensordecedor de las calles de Málaga, por haberme recordado también ella a mí,  las “pocas cosas importantes de la vida”: las relaciones con los demás, el tiempo invertido en otras personas y el mirar directamente a los ojos para vivir por unos segundos la vida ajena, dejando que te alegre o te duela, entendiéndola y acompañándola.

La consulta es el mayor observatorio astronómico desde el que ver desfilar el universo del ser humano y sus experiencias, en el que descubrimos siempre nuevos planetas y asteroides que nos recuerdan que, pase lo que pase en esas horas terribles o apasionantes que pasamos en ella, nunca estaremos solos.

Pero mirar lleva su tiempo.

Centro de Salud Puerto de la Torre, Málaga. Verano 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 22:

CÁNCER

En 2016, Juan, de 47 años acudió a consulta porque llevaba varias semanas con dificultad para tragar. Después de explorarlo, decidí derivarlo al nivel hospitalario, donde fue diagnosticado y tratado por un adenocarcinoma de esófago.

muerte

 

Acudía periódicamente a la consulta para aportarme los informes, además de contarme sus vivencias y sentimientos. Finalmente me confesó que había decidido morir.

 

Nuestras citas se prolongaban dilatadamente en el tiempo, hablábamos del día a día, del tabaco, de los hijos, del dolor, de la vida, de la muerte. Reíamos y se marchaba satisfecho de haber podido expresar lo que realmente pensaba y a nadie podía decir. En marzo de 2017, después de nuestra charla, le dije que me marchaba, me trasladaban de centro de salud. Nos abrazamos y lloramos juntos. Nos despedimos y supimos en ese momento que no nos volveríamos a ver.

Centro de salud Churriana. Marzo 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 21:

DOCTORA, ME VUELVO A VALLADOLID

A Enrique lo conocí hace un tiempo, lo atendía como desplazado. Vivía en Valladolid pero es oriundo de Málaga y tiene aquí parte de su familia. Este año ha vuelto para quedarse definitivamente tras jubilarse, y me eligió como su médico de familia.

Llevo una hora y cuarto de retraso en la consulta pero decido completar bien la historia, es hipertenso y con antecedentes de enfermedad cardiovascular grave; no me queda otra si quiero enterarme de todo y atenderlo bien. Y ello después de resolverle el problema de salud por el que venía hoy.

Y llegamos a la medicación que toma. Una vez que me entero de todo lo que ha tomado antes y le produce alergia o ha tenido que dejar, lo que toma y por qué, llegamos al problema. Enrique, amable pero firme, me pregunta si le voy a hacer las recetas por principio activo. Me explica que en su comunidad de origen no tenía problemas con la medicación, su médico le hacía la marca o el genérico que él usaba. No le importa que sea genérico pero que sea siempre el mismo y uno que a él le vaya bien.

Y yo entro a explicarle la normativa sobre prescripción de fármacos, la prescripción por principio activo y las subastas en Andalucía…y él me escucha paciente.

Y cuando acabo, Enrique, sin perder la amabilidad, me da un baño de realidad: que lo de las subastas ya lo sabe, que cada vez que viene a Andalucía en la farmacia le cambian constantemente de marca porque hay desabastecimiento o porque ha cambiado el laboratorio que ha ganado la subasta…Y empieza a contar que las pastillas de algunas marcas se rompen y deshacen, que con otras le sube la tensión sistemáticamente, que se lía con tanto cambio, que él ya es mayor…y que muchas veces  las termina comprando de su bolsillo, pero su pensión no da para lujos…Que para él su salud es muy importante, y está pensando que lo mismo se vuelve para Valladolid.

20 minutos de consulta. 5 minutos negociando la medicación. Una hora y media de retraso.

Al final la realidad se impone y mi prescripción por principio activo va bajando.

Centro de Salud Alameda Perchel, Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 20:

EL SABOR DE LA PEDIATRÍA

Me encanta ser pediatra. Si los oficios tuvieran sabor, el de la pediatría sería el de los caramelos de anís, un sabor dulce y fresco y con un residuo persistente que prolonga la memoria de las cosas agradables.  TETRRF-00014189-001

Toda mi vida profesional he atendido con entusiasmo y dedicación, a cientos, quizá miles de niños. Por ellos he madrugado y trasnochado, he estudiado, he reído y llorado, he jugado, he asistido a cursos y reuniones, he preguntado, les he cantado el cumpleaños feliz en la consulta, he visto sus notas del cole, les he consolado, he escuchado y aconsejado a sus padres y a sus abuelos… he trabajado mucho.  

En mi centro de salud somos 4 pediatras, cuando estamos todos. Comparto con mis compañeros esa visión de la pediatría integral, con toda su importancia y su enorme valor social: el de hacer que los niños crezcan con salud en todos los sentidos.  

Pero cada vez me pesan más los cinco minutos que, en el mejor de los casos, tengo para atender a mis pequeños pacientes. En cinco minutos, hacer historia clínica, explorar (desde neonatos a adolescentes), diagnosticar, tratar, explicar, comprobar que han entendido, cambiar la camilla y lavarla (nuestros pacientes se hacen pipí y vomitan), atender las llamadas de admisión por alguna aclaración del paciente anterior, las llamadas de vacunas por algún problema con algún niño que se esté vacunando, reiniciar el ordenador bloqueado (proceso que tarda cinco o más minutos)…. Si para cada niño que se mea o vomita en la consulta tuviera que ir a buscar a la limpiadora, la consulta duraría 15 o 20 minutos. Es más rápido quitarlo yo. Lo tengo comprobado. Frecuentemente además, tengo que salir de la consulta a por conos, depresores, papel de camilla…. ya que a la única o, con suerte, dos auxiliares del centro, no les da tiempo a reponer el material. En fin, chica para todo. Muchas veces pienso que en lo que menos tardo es en lo que realmente es la medicina: escuchar, explorar, diagnosticar, tratar…  

Y esto es “lo normal”. Si no está algún pediatra del centro, la política de no sustituciones, hace que tengamos que hacer su trabajo en varias combinaciones numéricas que nunca cuadran: dos por uno, tres por cuatro, uno por cuatro. Todos tenemos muchos más niños asignados de lo recomendable para poder atenderlos con el esmero que merecen y con la dignidad que merecemos. Si es en época de gripe, bronquiolitis, neumonías… la consulta no demorable está a tope, citas cada 2 o 3 minutos: en espacios de 13,30 a 15 h, después de toda la mañana de consulta, he llegado a atender a 35 niños. Morir por Dios.  

Esta situación precipitó la jubilación de mi compañera, una gran profesional, de las que tienen vocación y voluntad de servicio, dos años antes de lo previsto. Los 15 días en Navidad que estuvimos las dos solas (dos por cuatro), fueron los peores de mi vida laboral y de la suya. Veíamos 75 u 80 niños al día. Yo, cuando empezaba la no demorable, tenía 3 cosas en mente que no se me podían pasar, pensaba: “no meningitis”, “no proceso quirúrgico abdominal”, “no neumonía”, en ese orden, lo demás no importaba. Nunca olvidaré lo mal que lo pasamos, hasta nos quisieron agredir. Me iba a casa a las 16-16,30; no, más que “irme”, “huía” y eso me causaba una muy mala sensación. Cuando un pediatra se satura (mejor dicho, lo saturan) de ver niños, cuando un médico ya no quiere ver pacientes, ahí sabe que lo han vencido. Esa situación de desbordamiento produce angustia y un estrés horrible. Tuve picos de tensión

arterial pero no me podía dar de baja y dejar sola a la compañera. Otro pediatra estuvo dos días solo (uno por cuatro) y el pobre tuvo una crisis de ansiedad. Eso se llama maltrato.  

La pediatría ya no sabe a caramelos de anís sino a almendras amargas, con un horrible residuo persistente que dura más de las horas que te separan del siguiente día de trabajo.

caramelos

Mi compañera tuvo que terminar

 injusta y precipitadamente su vida profesional con un inmerecido mal sabor de boca, con la amargura de la explotación laboral y la insatisfacción que dan las malas y feas condiciones en las que hacer un buen y bonito trabajo.

 

 

Aún así, el día de su jubilación dijo que si volviera a nacer, volvería a ser pediatra. Y yo también.  

Centro de Salud El Palo. Málaga

 

 

DIARIO DE LA CONSULTA 19:

SOPA DE AJO

Mi infancia son recuerdos de un internado, que no era gris. Recuerdo a catorce chavales viviendo en un chalet sobre una montaña frente al mar, y tres sensaciones se vienen a mi mente:  el mar inmenso, las interminables horas de estudio, y la sopa de ajo.  Si… la sopa de ajo… que  es el plato que mas aborrezco desde que me obligaban a comerlo incluso cuando los demás ya se habían ido del comedor.

Han pasado más de cuarenta años y ahora, frente a mí, tengo a una chica que me solicita su cuarta interrupción voluntaria de embarazo. Habitualmente cuando esto ocurre acudo pidiendo auxilio de algún compañero que sabe lo poco que me gusta intervenir en estos casos. Siempre he encontrado apoyo y comprensión por parte de ellos. Ni siquiera me dejan intercambiarla  por otro paciente de ellos para no sobrecargarlos, que ya vamos sobrados.  No soy demasiado religioso, pero no  puedo remediar que situaciones como las de hoy me pongan de un mal humor increíble.

Hoy es un día de esos en que un compañero se ha puesto enfermo,  y, sin la mínima posibilidad de ser sustituido,  estoy solo por la tarde en el centro de salud. El único médico de familia. Para toda la población de la zona.  Esto no es raro en un centro pequeño donde solo somos cinco médicos. No hay nadie de quien echar mano. Así que me toca hacerlo yo , hablar con la paciente, rellenar el impreso, escribirlo en la historia y decirle a donde tiene que dirigirse y el seguimiento posterior  para que no vuelva a pasar….. No parece mucho, pero me genera un gran malestar, sobre todo como cuando  en este caso se trata de su cuarta IVE.

Mientras escribo en la historia clínica, sopa de ajoen la soledad de la tarde, se me hace un nudo en la garganta como me pasaba en el internado hace tantos años, y por enésima vez, se me viene el olor de aquella infancia y de aquel internado,  que no era gris, y acude a mi boca el sabor de aquellas sobremesas interminables donde un cura me obligaba a tragarme, solo en el comedor,  un buen plato de sopa de ajo.

Centro de Salud Carlinda, julio 2017

DIARIO DE LA CONSULTA 18:

¡MENOS MAL QUE ESTÁS TÚ!

¡Menos mal que estás tú¡ Mis pacientes me hablan de tú. Y a mí me parece normal y me gusta. Soy Médico de Familia rural desde hace casi veinte años. Utilizan mi nombre con el artículo delante porque me sienten cercana. Jamás he sentido que me faltaran al respeto. Soy la médica de su familia: atendí, junto con mi enfermera de siempre, a los mayores en su domicilio hasta su muerte. Les seguimos sus patologías crónicas. Atendemos a sus niños cuando no está el pediatra, a sus adolescentes con todos sus problemas. Mujeres jóvenes y no tan jóvenes vienen a la consulta del programa. Les atendemos el embarazo. Les quitamos “cancanillos” y verrugas. Les ayudamos a dejar de fumar, de beber, de consumir drogas…Hasta hacemos entrevistas de pareja y de familia.

Cuando hay una urgencia (los médicos rurales atendemos todas las urgencias de nuestro pueblo durante la mañana y del resto de pueblos circundantes en la guardia por la tarde o festivos), al verme suelen decir ¡menos mal….¡ Y si, en verano, me tengo que ir a otros pueblos a doblar, o estoy de vacaciones y mi consulta la pasa un compañero, y otro y otro. cuando volvemos a la normalidad también lo dicen.

Todo esto es muy gratificante para mí, aunque no se refleje en ninguna estadística ni cuadren los números (no pueden cuadrar). Mis residentes participan de esa magia de la verdadera medicina de familia. Los pacientes les ven junto a mí en la consulta (o a mí junto a ellos) y luego, conforme pasa el tiempo, les ven solos o solas, (yo, por allí revoloteando) y aprenden a confiar en ellos porque yo también lo hago. Son “el muchacho o la muchacha que has puesto tu aquí: qué apañao es, verdad? Y ya no está, a dónde se ha ido?”.

Es por todo esto, y muchísimas cosas más,  por lo que no debemos renunciar a “Ningún Paciente sin su Médico, ni ningún Niño sin su Pediatra ”

“Prestación de una atención integral de la salud, procurando altos niveles de calidad, debidamente evaluados y controlados.” (Constitución española 1978, Derechos fundamentales.)

Distrito Sanitario Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 17:

LA CONSULTA CARACOL  

Estamos de avisos. Salimos del centro, está nublado, se agradece el aire de la calle. A ver si podemos hacerlo todo. Portamos el maletín, esa especie de consulta caracol con la que extendemos la atención a las casas de nuestros pacientes. Después de pasar la consulta, Marta, mi R4, y yo vamos a ver a dos incapacitados de nuestro cupo, caminando rápido, mientras hablamos de cómo le va en su rotación, haciendo entre aceras y semáforos esas entrevistas obligatorias con los residentes que siempre tienen que ser a salto de mata: no hay tiempo,  sino momentos robados al desayuno o a los desplazamientos.  

Cerca del primer domicilio nos encontramos con Carmen, que a sus 70 años y con su insuficiencia cardiaca, vuelve a su casa con bolsas de la compra.  Va cargada. Se sorprende y alegra de ver a su médico por su barrio. Me cuenta que ha comprado para hacer unas lentejitas, y boquerones y jurelitos para freírlos, y me aconseja la pescadería de su calle, que es baratita y tiene el pescado muy fresco. Curiosea un poco a ver si se entera de quién es el enfermo que vamos a visitar… creo que no lo adivina. Bueno,  Carmen está bien. Seguimos.  

La primera visita es a Antonio, tiene demencia y ya no se mueve de la cama. Avisaron porque tenía fiebre. En casa están sus hijos y nietos y su mujer, y la cuidadora de la dependencia. Todos se alegran de vernos. consulta en el domicilioHay que mandarlo al hospital, puede que tenga una neumonía… el vómito parece que se fue para donde no debía… Llamamos nosotros a la ambulancia porque su mujer no sabe muy bien qué decir. Vendrán pronto, les tranquilizamos.  

Al salir, vemos de lejos a Miguel que esconde su cigarrillo antes de saludarnos y nosotras nos hacemos como que no le hemos visto fumar y también lo saludamos, siguiéndole un poco el juego. Ya habrá ocasión de hablar con él del tabaco.  

Muy cerca vive María. Vamos a revisar su flebitis. Está en la cama cuando llegamos porque de pronto le dio mucho frío. Su hija ha bajado a la compra y  está con su nieta, que está embarazada y nos enseña con orgullo las fotos de la ecografía de su niña. La de la eco es la cuarta generación de mujeres de esta familia. Hay dos perros que vigilan  que no hagamos daño a la abuela. Temperatura normal. Le medimos el azúcar… demasiado frío para Julio: 234… pero ¿qué has desayunado María? Llega la hija de la compra: le dí dos dulces!Ufff¡. Su flebitis está casi curada. Las tres mujeres y los dos perros se alegran mucho de que hayamos ido a verla, y nosotras también: el ictus la dejó paralizada pero no dejó de ser querida.  

De vuelta al centro de salud hace ya mucho calor, cae un sol de justicia y no hay sombra. Nos tropezamos con Francisco que nos reconoce y nos saluda. Nos cuenta alguno de sus chistes que siempre hacen gracia, aunque siempre son los mismos. Tiene arte contándolos y lo sabe. Porta una bolsa pequeña de compra. Ha caminado un buen rato: ha ido hasta otro barrio. Aprovechamos para aconsejarle que camine a primera hora, que con su cardiopatía no le conviene tanto calor.  

 Pasadas las dos y media llaman para un nuevo aviso. La compañera que está en el mismo turno conmigo es la médico de familia de la paciente. Hoy ella tiene urgencias que empiezan a las tres, pero decide que va a ir porque el hijo de la enferma necesita apoyo y ella tiene que estar allí.    

Volvemos al centro. Marta suda y sonríe. Creo que aprendió hoy mucho lo que es la medicina de familia: flebitis, curiosidad, neumonía, tabaco, ambulancia, chiste, consejo, apoyo, sudor…   

Centro de Salud Tiro Pichón, julio 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 16:

EL CONSUELO QUE TE DA EL PACIENTE

Desde que un compañero me dio, hace años, la peor noticia de mi vida, me resulta más difícil dar malas noticias a mis pacientes.  Por entonces trabajaba de médico rural en el interior de la provincia y tenía a Juana en mi cupo.  Juana era una buena mujer de pueblo,  de esas mujeres sencillas que saben mirar y ver al mismo tiempo y que han tenido una vida marcada por el sacrificio, el sufrimiento y la sabiduría de salir adelante contra viento y marea. Nunca oí de su boca un solo reproche hacia nadie ni hacia nada. Los últimos meses de su vida, acudía a visitarla a casa con frecuencia porque su cardiopatía avanzada le impedía andar con esos pasos silenciosos de las suelas de goma y las almas vencidas. En cada visita, me contaba historias de su vida que eran para mí lecciones de humanidad. He aprendido de las gentes del interior más que de todas las facultades juntas. Ella, sin saberlo, me daba consuelo y fuerzas para afrontar el drama que sufría mi familia en aquellos momentos. VirgendelosRemediosEn nuestra última visita, me dijo que pronto dejaríamos de vernos, intuyendo, con la lucidez de quien no se llama a engaño, que el final de su vida estaba próximo. En lugar de aplicar lo que aprendí en el curso de entrevista clínica o sobre cómo afrontar las malas noticias, sólo pude llorar. Entonces me dijo que mirara debajo de las almohadas y cogiera una estampa de la Virgen de los Remedios: “Quédesela, D. Enrique y así podremos seguir hablando cuando me vaya”.  

Me considero muy afortunado. Esto no le pasa a un general del ejército, ni a un importante banquero ni a un ministro de sanidad. Le pasa a un médico de familia agnóstico que guarda una estampita de la virgen en el cajón de su consulta y, a veces, habla con ella.  

Nota: El Foro de la Profesión Médica ha solicitado  a la UNESCO que la relación Médico-Paciente  sea Patrimonio de la Humanidad. No puedo estar más de acuerdo.  

Centro de Salud Puerta Blanca, julio 2017.

DIARIO DE LA CONSULTA 15:

EN TODAS CASAS CUECEN HABAS Y EN LA MÍA A CALDERADAS

(El Quijote)

Esta mañana me tocaba pasar la consulta de miel quijote compañera que está de vacaciones, por lo que no conozco a los pacientes y siempre me lleva un poco, a veces mucho de tiempo extra. La paciente me cuenta que su hijo está ingresado en el hospital para extirparle un tumor de hígado por una enfermedad rara, viene a recoger el parte de baja. Tras ello, la observo y la  noto intranquila,y me dice : “Doctora estoy muy preocupada, soy enfermera y me estoy quedando con mi hijo todas las noches; con él, en la planta, solo hay dos enfermeras (contratadas al parecer sin mucha experiencia) y dos auxiliares de iguales características, y el otro día casi le ponen la alimentación enteral por la vía periférica, ¿menos mal que me di cuenta!” Y sigue contando: “Cuando yo empecé a trabajar  también era novata, pero me ponían a trabajar con alguien que llevaba más tiempo, ahora no es así,  los dejan solos para todo…” .

Me quedo sin palabras para contestarle y pienso,”en todos sitios cuecen habas …….”

Centro de Salud Miraflores. Málaga. Julio 2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 14:

MI PLAN PERSONALIZADO DE CRÓNICOS

Hoy es mi último día de trabajo antes de las vacaciones. Estoy feliz, aunque no del todo, como cuando uno tiene algo pendiente, y ese algo es importante. En parte, será por el esfuerzo acumulado, las dobles consultas, la prisa y esa enorme desazón que produce la duda de haber pasado cosas por alto. No hay nada que me guste más de mi trabajo que pasar consulta pero se necesita hacerlo con unas condiciones.

Todo llega, las vacaciones relajarán mis músculos tensos y mis neuronas bloqueadas. Pero además del cansancio, otra parte del sabor agridulce de mi último día es dejar a mis pacientes con la inseguridad de estar bien atendidos: nadie sustituirá mi puesto. No es culpa mía, no es culpa de mis compañeros, que no pueden hacer imposibles, es culpa de los que no ven en el sustituto más que un “gasto” que hay que escatimar. Pero el sustituto es algo más, es mucho más. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua es una “persona que hace las veces de otra”. Pues eso, el sustituto que no tendré es el que hace las veces del médico de familia, de un médico de familia (no de dos-tres…) porque esas “veces”, incluyen prestar atención integral a los pacientes que tiene asignados, con las mismas responsabilidades (muchas) y con los mismos medios (pocos) que aquel al que sustituye.

No hay sustitutos para estas vacaciones. Así que mis pacientes no tienen a nadie que “haga mis veces”. Los van a repartir. Eso significa que les citarán en los “huecos” de otros compañeros, en otras consultas. Sé, con nombre y apellidos, quiénes se perderán en el centro de salud y aporrearán la puerta de mi y su consulta “¿cómo van a verme en otra?, esta es la mía”. Significa que si necesitan una valoración clínica, cambio de tratamiento, prueba complementaria, la tendrán, pero por distintos médicos cada vez, que harán lo imposible por hacer bien “su parte”. A tomar viento la continuidad asistencial. ¿A quién le importa además de a nosotros? Y lo sufrirán especialmente los pacientes que ahora llaman “complejos” o “pluripatológicos” (¿por qué le gustarán tanto las etiquetas a los gerentes?) que ahora están de moda pero que son los nuestros, los de toda la vida. Ellos necesitan un seguimiento más continuado y cercano y no tendrán un referente a quién consultar ¿a quién se dirigen? Y si hablamos de los incapacitados en domicilio, o pacientes en situación terminal, ni un minuto para poder dedicarles en verano. Contaba un compañero que le trajeron, literalmente, en brazos a consulta a una anciana consumidita y muy frágil, para que la pudiera atender en el centro donde él trabajaba sin parar “atrapado” en la consulta.

Así que he decidido hacer mi propio “Plan Personalizado de Crónicos”, dejándole mi número de teléfono a media docena de pacientes más inestables, para que contacten conmigo en vacaciones si lo necesitan. Este plan no constará como atención continuada, no es registrable ni computable en los objetivos y solo servirá de alivio a algunos pacientes y sus familiares, y a una médico de familia de vacaciones sin sustituto.

Centro de Salud El Cónsul. Julio 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 13:

MUCHAS VIDAS

Luis acaba de fallecer. Cuando se va alguien del cupo decimos: se «me» ha muerto un paciente. Ese «me» encierra muchas cosas: pesadumbre, dudas, impotencia, frustración… ¡cómo sacar el tiempo para la atención a los últimos días! IMPOSIBLE, más en verano. Son días de «sinvivir» continuo para todos: el paciente, su familia y también nosotros; días de salir corriendo de la consulta, de llamadas, de decisiones rápidas.

– Doctora vengo a traerle un detalle. – Pero… . – Sí, doctora, mi familia y yo estamos muy agradecidos por el trato que ha tenido con mi padre en sus últimos días de vida.”S“ i no es por usted que se ha preocupado por él… Gracias por hablarnos claro, por dejarnos en casa la medicación y las instrucciones necesarias, por estar ahí cada vez que la hemos necesitado, por darnos los consejos que nos dio y por ser tan humana.

Con los ojos vidriosos, la abrazo y rememoro los momentos que viví en la fase terminal de mi padre. Muchas vivencias con nuestros pacientes, nos remueven las nuestras propias. Todas las muertes nos recuerdan la nuestra y la de los nuestros. Pero por esta misma regla, el contacto con los pacientes (tantos, tan distintos, tanto tiempo) nos permite vivir muchas vidas, un pedacito de muchas vidas (monótonas, problemáticas, interesantes, divertidas… ) que, en cierto modo, ensanchan y engrandecen la nuestra. La muerte no es opuesta a la vida, sino su final, y los médicos de familia no luchamos contra ella sino con ella. Lo contrario de la vida no es la muerte sino lo que la hace indeseable, como el dolor y el sufrimiento, y frente a eso siempre encontraremos médicos de familia practicando imposibles.

Centro de Salud Tiro Pichón. Julio 2017.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 12:

LOS CAPRICHOS DE DIRAYA

Son las 13’50 y llevo toda la mañana sin aire acondicionado (hace días que no funciona). DIRAYA ha estado caprichosillo, se ha bloqueado cada dos por tres,  siendo dos sus momentos favoritos:  cuando acabas de cumplimentar una derivación con muchos datos y cuando casi terminas de renovar una larga lista de medicamentos. Además de “irse” a la pantalla azul, está la variedad “cámara lenta” o síndrome del cursor desaparecido”. Esa es más frecuente y sus momentos preferidos son: cuando quieres entrar en el resultado de una analítica y cuando necesitas solicitar una prueba complementaria. Los pacientes me miraban sudar y mirar la pantalla y ponían cara de compadecerme, no de sorpresa, que ya saben de qué va la cosa.

Suena el teléfono y de admisión me dicen que a las 14’00 cortan DIRAYA, no saben cuanto tiempo. Como siempre, llevo retraso en consulta (me tomo 10 minutos o más por paciente si es preciso y, casi siempre, es preciso). Sospecho lo que aún tengo en la sala de espera y sudo más. Armado de valor, paciencia e hipoglucemia, salgo e informo a los pacientes lo que sucederá en breve y que no podré resolver todo aquello que requiera el uso del programa.

tecleando en diraya

“Yo puedo venir otro día doctor” . “ Yo sólo necesito que me renueve el tratamiento de estos dos fármacos “ (Los recojo y le aseguro que puede irse tranquila, en cuanto tenga funcionando el programa se lo soluciono.) Los demás se quedan.

Entra la siguiente paciente y consigo atenderla antes de que corten DIRAYA, una pequeña victoria que no me consuela . Plácido ha decidido quedarse después de 1 hora de espera y pasa a consulta . Se va la luz y se va DIRAYA mientras se sienta. Plácido es un paciente de sesenta años del que soy su médico de familia desde 2001 en que me incorporé a Churriana. Al poco tiempo de empezar a tratarle , y tras sufrir un accidente isquémico transitorio, Plácido fue destinado por su empresa a Melilla. Decidió que yo seguiría siendo su médico, y aprovechaba sus puentes largos, vacaciones y permisos de una u otra índole para pasar por la consulta. Desde aquel susto Plácido se cuidaba: dieta , ejercicio , control y tratamiento de su tensión arterial. También ha necesitado algún ansiolítico, que la distancia tiene tentáculos punzantes y deja un regusto amargo que inquieta y quita el sueño.  Finalmente Plácido ha conseguido volver definitivamente a Churriana, y quiere retomar sus revisiones de salud con más regularidad.

“A propósito Dr., si recuerda la última vez que vine y me derivó a trauma por aquel dolor cervical y de hombro que no remitía, quedé pendiente de que me citaran para Rehabilitación.  Por su parte me dio el alta y me dijo que con el informe del rehabilitador el médico de familia haría una nueva valoración. Hace de aquello unos 8 meses”.  Hace calor, no hay luz (solo la de emergencia), DIRAYA ausente y no tengo otra solución que decirle : “ Plácido, ¿ahora nos vamos a ver con más frecuencia , no?. Ya ve que hoy no puedo mirar lo que necesita. Puede ir directamente a la gestoría de usuarios del centro de Especialidades e indagar que sucede con su cita. Si no le aclaran o solucionan nada vuelva aquí nuevamente y vemos lo que resolvemos”.

Nos despedimos. Siempre fue amable y cordial. Ha esperado 1 hora para ser visto sin ordenador: el viene a ser visitado por el médico, no por la máquina o a pesar de la máquina. Entran los siguientes pacientes y resolvemos lo que se puede.  Son las 15’05, ha salido el

último paciente y  vuelve la luz y DIRAYA, y no sé si llorar o reír cuando se asoma el enfermero: “Ernesto, ¿ nos vamos ya?  .“ Sí , cierro la consulta y cerramos el centro. Es verano”.  Tal como prometí, le pongo en la tarjeta a la paciente los dos medicamentos que necesitaba. Ha habido suerte hoy, no tengo avisos a domicilio.

Centro de Salud Churriana, julio 2017.

DIARIO DE CONSULTA  11:  

CONFIANZA

Isabel tiene 76 años, vino hace un tiempo a mi consulta. Una mujer inteligente, vivaracha y perceptiva.

Le expliqué que para confirmar mi diagnósticoecografo tenía que hacerse una ecografía, que yo no se la podía pedir, y que, por tanto, tendría que derivarla a otro especialista que sí tenía acceso a ella (todos tienen acceso menos los médicos de familia).

Isabel se negaba reiteradamente, pero ante mi insistencia de que confirmar el diagnóstico en su caso era importante, me dijo lo siguiente: “doctora, usted me hace todo lo que esté en su mano, pero no me envíe por ahí. No sabe el suplicio que es cuando me envía a otro médico: meses para la cita, me atiende alguien a quien no conozco; si me pide pruebas un montón de meses más; y luego cuando consiga tenerlo todo hecho, va y me ve otro, y a saber si me explica lo que tengo porque siempre van con prisas. Fuera de esa puerta (la de mi consulta) todo es tremendamente difícil, no puede hacerse una idea”.

Al final Isabel no fue a otro especialista. Le propuse un tratamiento en base a mi presunción diagnóstica que ella aceptó de buen grado. Afortunadamente todo fue bien. Isabel sigue viniendo con cierta frecuencia por la consulta, tiene enfermedades crónicas. Un día me trajo un regalo: una pulsera que había hecho ella, según me dijo, se había ido fijando en los adornos que suelo llevar para hacerme algo que me gustara. Acertó de pleno, claro. Su pulsera llenó mi corazón, pero ese dulzor convive con la amargura diaria que produce ser considerada un médico de segunda por nuestros políticos y gestores, y por los problemas que ello acarrea a mis pacientes.

Centro de Salud Alameda Perchel. Málaga.

DIARIO DE LA CONSULTA 10:

PICOR POR FUERA Y DENTRO

María entra hoy en mi consulta con una sonrisa de oreja a oreja. Ha tenido una erupción en todo su cuerpo que le ha hecho sufrir mucho por  un picor que “no la dejaba vivir ni de día ni de noche”.

No ha sido fácil tratarlo porque María tiene 79 años y muchas enfermedades y toma muchos medicamentos. Así que su urticaria ha costado varias visitas. Hoy el picor ha desaparecido y  viene a darme la buena noticia.

Solucionado, como otros tantos pequeños-grandes problemas de salud que diariamente se atienden en las consultas de atención primaria (infecciones, urticarias, dolores varios, esguinces, contusiones, ansiedad, disfonías, artritis, cólicos, tapones de cera..), situaciones MUY IMPORTANTES  porque se presentan frecuentemente, la mayoría de las personas las tiene alguna , varias o muchas veces  y su correcto enfoque y tratamiento mejora su vida cotidiana . Atenderlas bien es fundamental para que sigan siendo “menores”

anciana sola

.Ya cuando iba a irse observo que María se pone a llorar de forma callada y le pregunto si hay algo que no me ha contado. Ella me responde: no es eso doctora, es que cuando veo lo bien que usted me trata, echo en falta que mi familia no lo haga de la misma manera.

Urticaria y soledad en el juicio clínico de María. ¿Problemas menores?

Yo guardo silencio. Por una vez no sé qué responderle.

Centro de  Salud Victoria. Málaga. 3 de julio 2017

 

DIARIO DE LA CONSULTA 9:

SOLA Y ASUSTADA

Matilde es una señora de 79 años , una de mis pacientes de los lunes por la tarde, siempre viene a primera hora, acompañada por su hijo, el pequeño de cinco, el único que vive en casa, un segundo piso sin ascensor.

Ella es independiente para las actividades cotidianas, pero sufre de mucha artrosis y le cuesta caminar, además de tener dificultades en la visión por unas cataratas. Está siendo revisada periódicamente en el servicio de oftalmologia  hasta que tenga indicación de cirugía.

Esta mañana la veo entrar y le pregunto “¿Qué le trae por aquí Matilde?. A lo que me responde:

“Vengo sola y asustada  porque como usted sabe  mi hijo trabaja y no me ha podido acompañar, y como el centro de salud ya no tiene consulta de tarde…pues he de venir sola, ya que me tiene que dar el pase para el medico de la vista que me dijo que tenía que revisarme al año…”

Hemos quedado en que si el oftalmologo sigue sin facilitarle las citas de revision, el año que viene la envío en primavera, fecha en la que el centro de salud aún no cierra por las tardes.

“Adiós Matilde, que tengas un buen día ”

“Igualmente doctora, ayyyyy   si no fuera por lo buena que es usted, que sería de mi”.

Y yo me quedo pensando…¿no sería más fácil que a Matilde la citaran  cada año desde el servicio de oftalmología para sus revisiones?

¿Qué hacen personas como Matilde, cuando su centro de salud no abre en todo el verano?…

Uffff,   dejo de pensar rápidamente  en eso porque ya está entrando mi siguiente paciente con otra nueva historia.

¡¡Cualquier centro de salud de Málaga!!

DIARIO DE LA CONSULTA 8:

JULIO Y LAS UÑAS

8 julio de 20017

Maite no es una paciente más… Con ella compartí sus problemas conyugales, sus bajones anímicos y finalmente su divorcio. Sobrepasé muchas veces lo cinco minutos de que disponemos en consulta. Hoy acude acompañada de sus hijos, un muchacho de 16 años que apenas he visto un par de veces. Raúl, que así se llama, tiene desde hace meses las uñas encarnadas en los dedos gordos de ambos pies. Me consultan por ello: están muy mal, hay que quitarlas.

Es julio. El programa de cirugía menor está cerrado hasta final de septiembre, cerrado porque no hay sustitutos para las vacaciones y tenemos que hacer más consultas. Intento solucionarlo buscando un hueco en consulta ordinaria, contando con la colaboración, que la tengo, de mis compañeros: necesito al menos media hora por uña en días distintos, ya que el efecto de la anestesia no es inmediato, tarda unos veinte minutos.

Maite me interrumpe mientras intento concretar por teléfono un día en que pueda ayudarme la auxiliar. “No importa doctor, me dice, ya me las apaño. No se preocupe”. Se despide mientras me quedo con una amarga sensación, algo que produce el “quiero y no puedo”, el “sé y no puedo”, el “no me dejan”.

A los 10 días supe que fue a un médico privado. Eso fue hace un año. Hoy Maite espera de nuevo en la puerta con su hijo. El corazón me ha dado un vuelco: Raul, mes de julio, uñas encarnadas. Afortunadamente lo ha traído a consulta el otro extremo de su cuerpo (rinofaringitis) y yo me he salvado por los pelos de volver a realizar el mismo intento de buscar soluciones y alternativas varias, trabajo común del médico de familia. No obstante, sigo sintiendo la misma sensación de impotencia y tristeza. Todo sigue igual y yo también: “quiero y no puedo”, “sé y no puedo”, “no me dejan”.

C Salud Carlinda Julio 2017

En Málaga, en el verano, se suspenden en diferentes centros: citologías, espirometrías, visitas domiciliarias, infiltraciones, parte del programa de embarazo, cirugía menor, programa de tabaco, niño sano e inserción de DIU.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 7:

UN PLÁTANO NO DEMORABLE

6 de julio de 2017
Venía recién duchado, peinado, afeitado, fresquito por la mañana, dispuesto a hacer lo mejor que sé: pasar consulta. ¿Por qué se llamará “pasar”?….
Empecé a las 8,10 CON LA MEJOR DE MIS CARAS, primero los pacientes de mi compañero que está de vacaciones, uno, otro, otro, escucha, mira, explora, escribe, explica…, respira, traga. Luego los míos, sin parar, sin interrupción. Ya me “comí” otra vez, sin comer, el tiempo del desayuno. Uno, otro, otro, escucha, mira, explora, escribe, explica… respira, traga.
A las 13 h, aprovechando la salida de una paciente, entra la administrativa que se me acerca a la mesa con una bolsita de plástico y me dice:  ”lo ha traído una paciente para ti”, “nos ha dicho que te lo diésemos urgente, que tienes MUY MALA CARA”. Dije al siguiente paciente que esperase un momento, cerré la puerta y abrí la bolsa con curiosidad y urgencia,…. dentro había un plátano de muy buen ver para la hora y el calor del día, que pelé apresuradamente y me comí de un asalto. Me supo tan bien como el mejor de los manjares. Verdaderamente lo necesitaba.Platano

Terminé a las 14,15 de “pasar” las dos consultas, agradeciendo a mi paciente que reconociera en mi cara las huellas de la dedicación y el esfuerzo prolongado, y que me cuidara mucho más que los responsables de esta larga jornada, que un plátano no demorable ha conseguido suavizar.

Centro de Salud Nueva Málaga. Málaga.

DIARIO DE LA CONSULTA 6:

EDUARDO Y LA PRIVADA

5 de julio de 2017

Eduardo tiene 69 años y un dolor en el hombro derecho desde hace meses. Ha sido fontanero.
Vino a la consulta en abril y, tras explorarlo, me pareció que podría tener una tendinopatía con posible rotura tendinosa. Le expliqué las normas de movilidad y uso del brazo, le puse tratamiento analgésico y lo derivé al servicio de medicina física y rehabilitación para que le realicen la ecografía que YO NO PUEDO SOLICITAR. Hoy ha venido a consulta, tras los dos meses de espera de la cita de rehabilitación. Le ha visto una doctora que, dice Eduardo: “me ha hecho los mismos movimientos que usted” y “me ha dicho lo mismo, que hay que hacer una ecografía”. sanidad publico-privada

Mismo paciente, igual exploración, igual sospecha diagnóstica, igual indicación de prueba complementaria ¿distinto médico?, doble tiempo de espera y de dolor de Eduardo.

Me mira como disculpándose y me dice que ha pensado que no va a esperar varios meses más y que, aunque le viene mal, se va a hacer la ecografía de forma privada.
La minusvaloración del médico de familia por parte de los gestores de la sanidad PÚBLICA, perjudica a los pacientes y favorece a la privada. Ni Eduardo ni yo entendemos nada.

Centro de Salud El Palo. Málaga.

 

DIARIO DE LA CONSULTA 5:

AQUÍ SE RESPIRA PAZ

4 de julio de 2017

Empecé tarde después de los avisos, uno algo más lejos, aparcar, visitar, volver. Desayuno”galopado” y pipí exprés. Ya vamos acelerados.
Enciendo el ordenador, paso pantallas y claves. Ya registraré los avisos, quizá al final. ¡Uf! Dos bloqueos de DIRAYA y aún ni la mitad de la consulta. No funciona el otoscopio. Ruido en la puerta.
Cinco minutos, sálvese quién pueda. 
Hoy se me hace cuesta arriba. Vaya día.
– Buenos días Gabriel, ¿Qué le trae por aquí?
– Mi rodilla doctora, me duele mucho. ..
Le exploro, signos de artrosis.
– ¿Alguna cosilla más..? (No me atrevo a parpadear…)
– Sí, como usted sabe mi mujer es muy nerviosa, somos muy distintos….si yo digo “A”, ella dice “B”….y así es muy difícil la convivencia….
– Entiendo…, pero después de 50 años juntos algo tendrán en común, digo yo..
– Sí, mis hijas y mis nietos… aunque me den mucha guerra. Y bueno, ella, siempre hemos salido adelante.
– Y ella ¿que dice de usted?
– Que soy demasiado tranquilo..
(Nos reímos juntos..).
– Pero también dice que no puede vivir sin mí.
– Bueno, entre los dos parece que hacen un buen equipo
(Nos volvemos a reír).
Le doy un tratamiento para su rodilla y nos despedimos con un apretón de manos, y antes de salir, me comenta:
– Doctora, aquí se respira una gran PAZ.
El paciente se va mucho mejor que entró. Yo me quedo mucho mejor que cuando empecé.
Las batallas del médico de familia, invisibles para el paciente, ocultas tras el humor y un instante de risas compartidas, invisibles también para quienes organizan la asistencia de forma que solo podamos atender una rodilla y no a la persona a la que pertenece.

Centro de Salud Churriana. Málaga

DIARIO DE LA CONSULTA 4:

DESPROTEGIDOS

3 de julio de 2017.

Es un día corriente . Empiezo consulta de no demorable. La primera en pasar es una mujer joven, a la que no conozco, de unos 30 años, acompañada de una niña de 9 ó 10 años.
-Vengo a que mande un antibiótico-dice-para las muelas y que me pinche algo para el dolor!
-Cuéntame qué te pasa y vemos……entonces suena su móvil, lo coge dice: “que estoy aquí que hay un médico que no me quiere recetar un antibiótico ni pincharme. Este me lo va a recetar porque me sale a mi del coño!!!”
Interrumpo y le digo que apague el móvil o se salga de la consulta… Lo apaga.
-Tú me tiene que recetar a mí porque me duelen la muelas (chillando ya).
-Va ser mejor -contesto- que te vea otro compañero….
Me levanto para acompañarla a la puerta…y en ese momento se tira de espaldas contra la pared dando un gran golpe.
-¿Qué me quieres pegar? Grita. Abre la puerta y vocifera: ¡este médico me quiere pegar¡.
Los pacientes que esperan fuera están paralizados.…al ver que no reaccionan, coge a la niña de los hombros y, zarandeándola le grita: dilo tú, dilo tú!! ¿ A quemáqueriopegá? La niña empieza a llorar desconsoladamente.
Salgo de la consulta y voy directo al mostrador de información para decir que llamen a la policía. Cuando vuelvo a la consulta, está en la puerta chillándole a la gente que ella de allí no se va hasta que yo no le recete….
La ignoro mientras escribo en la historia, empieza a proferirme insultos que no devuelvo.
-Racista , que eres un racista!!
La policía tarda unos 20 minutos. La consulta parada. Y ella en la puerta sin dejar pasar a nadie.
Por fin llegan dos agentes. Cuando los ve de lejos se escapa apresurada por la otra puerta diciendo que va a denunciarme.
Les explico a los policías los hechos . Me preguntan si quiero denunciar, pero me advierten de que como no hay lesiones va a ser más bien “un mareo” para mí.
miedoIntento recuperar la calma. Decido olvidarlo ¿puedo?. Me quedo con la angustia por la situación vivida, por el miedo a que la paciente vuelva “acompañada”, por la impotencia e indefensión padecida, por el trabajo no realizado, el mío: atender a los problemas de salud de los pacientes.
Al parecer mis gestores consideran que no hace falta un guarda de seguridad en el centro.
No. No tenemos garantizada nuestra integridad física, no se reconoce el riesgo que corremos, no se nos defiende ni se nos protege en el desempeño de nuestro trabajo. Respiro hondo y sigo. El siguiente paciente quizá me cure de la anterior.

Centro de salud Carlinda. Málaga.

 

DIARIO DE CONSULTA 3:

TRES MACETAS

Jueves, 29 de junio de 2017.

Fernando entra a la consulta con el carro de la compra. No se ve raro: las de atención primaria son las únicas consultas visitadas por estos artilugios que prolongan las casas de la gente hasta el sistema sanitario. Va adaptándose a su reciente viudez con la capacidad que da la edad y el inmenso amor que se tenían. Le atiendo por su insuficiencia cardiaca, parece que respira algo peor, le dejo desabotonarse con lentitud, que como sienta la prisa de los cuarenta minutos de retraso y la presión de la puerta llena, se aturrulla y vamos a tardar más. Le exploro, no hay cambios, todo bien, buena auscultación, buena tensión, no hay edemas. “Será el calor” me dice. Se pone la camisa, la abotona, ahora el ritual contrario, camisa dentro del pantalón, cinturón abrochado. Lo hace ya con más rapidez. Escribo en su historia mientras se viste. 

Vuelve a la mesa pero no se sienta, se dirige a su carro de la compra, lo abre, como quien saca un tesoro o una sorpresa mágica de la chistera, levanta la solapa y con esfuerzo…. “Doctora, esto es para usted, la he cultivado yo”. Es una maceta. Dejo el teclado y me pongo de pie para ayudarle a sostenerla, ¡pesa mucho!. Le doy las gracias efusivamente y la mano y me pongo muy contenta y él lo nota, mientras se va arrastrando su carro vacío que ahora llenará de vuelta a casa. Cato

 

rce minutos de consulta. Cincuenta minutos de retraso. Llevo el tiesto a la ventana. Ya tengo tres macetas.

Vuelvo al ordenador donde no hay sitiopara escribir estas cosas y sonrío pensando que, ni ahora, ni nunca, el número de macetas estará en el contrato programa.

macetas

 

 

 

 

Centro de Salud Carranque. Málaga

 

 

DIARIO DE CONSULTA 2:

SÉ LO QUE NECESITAS, PERO…

Viernes 30 de junio de 2017.

Rafael tiene 86 años y se ha caído varias veces en los últimos meses, nada grave, pero le ha tomado miedo a moverse y no quiere salir de casa. Vive solo. No tiene aquí familia.
Lo exploro, su artrosis de rodilla va avanzando y le deforma la pierna. Fue desestimado de cirugía hace mucho tiempo. Dolor controlado. Ya usa bastón pero la inestabilidad para la marcha y la falta de confianza le hace necesitar dos apoyos: un andador. Para conseguirlo tengo que derivarlo a “Medicina Física y Rehabilitación”, en el CARE u Hospital Civil. Le hago el informe y a pedir cita en el mostrador. Rafael no quiere que le mande “a Málaga”.” No hay más remedio, Rafael, yo no puedo darle la receta directamente”. Tiene que esperar dos meses, acordarse bien el día de la cita, que marcará en el calendario que tienen en la cocina, dejar los papeles preparados la noche anterior, levantarse muy temprano, coger un taxi, ya no monta en el autobús, uno a la ida y otro a la vuelta, encontrar allí la consulta de ese médico que no sabe nada de él y no le ha visto nunca, para que haga el acto administrativo de prescribirle el andador que, nada más verle entrar por la puerta va a considerar necesario. andador

Solo espero que de aquí a entonces no se caiga más veces. No sé si esperar también, después de 25 años ejerciendo como médico de familia, poder algún día prescribir un andador a mis pacientes.

Centro de Salud El Palo. Málaga.

DIARIO DE LA CONSULTA 1:

NO HE VISTO A MIS PACIENTES.

Viernes 30 de junio de 2017.
Acaba la consulta y termino con sentimientos contrapuestos, una mezcla entre satisfacción por el trabajo realizado y preocupación por las circunstancias de algunas consultas. Más de la mitad de los pacientes que he visto eran del cupo del compañero que se ha jubilado y que reparten entre las consultas de los demás. No los conocía, he tenido que concentrarme más: he mirado sus alergias, lista de problemas de salud y medicamentos que toman. Algunos muy mayores y muy complicados. Vienen para continuar intervenciones clínicas que otros compañeros han iniciado en consultas anteriores. Dos se han confundido de consulta, se fueron a la “suya de siempre”. Otro llega tarde: a su mujer la han citado en la consulta X y a él aquí y “la tenía que acompañar porque no oye bien” y él “tenía que entrar con ella”. En la puerta no lo querían dejar entrar. Se disculpa.
Muchos me preguntan cosas que no sé responder, la principal: que cuándo vendrá otro médico “que se quede para siempre”. Quién lo sabe.


Centro de salud Huelin. Málaga

 

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3 comentarios sobre “DIARIO DE LA CONSULTA

  1. Sólo me entran ganas de llorar. Una carrera de Medicina 6 años, 1 más mínimo de preparación para el exámen de Médico Interno Residente y con suerte hacer la especialidad que quieres y que te llevará otros 2 ó 3 años más. Suma otro exámen para opositar a plaza en la Servicio de Salud de tu comunidad. Total….. más de 10 años de estudio implacable porque te gusta la medicina y ayudar a mejorar la salud de tus pacientes. A todo esto los políticos (algunos casi sin estudios) jugando a que eĺlos saben más que los propios médicos. Demencial.

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  2. Historia conmovedora que refleja la realidad y el sentir de los médicos de familia. Sólo a nosotros nos importa de verdad lo q les pase a nuestros pacientes, porque son nuestros y nosotros su médico.

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