DIARIO DE LA HUELGA

Abrimos nueva sección en nuestro blog.

Hace casi 15 meses que Basta Ya Málaga inició su andadura en pos de una Atención Primaria de Salud digna, un sistema sanitario público centrado en ella, con recursos suficientes y unas condiciones laborales adecuadas para sus profesionales. Todo esto supondría una clara apuesta del gobierno andaluz por ella, que se tendría que haber traducido en un aumento significativo del presupuesto, plantillas bien dimensionadas, agendas adecuadas, formación,  reconocimiento de los profesionales y buenas condiciones laborales. En este tiempo hemos recibido migajas y muchas promesas, como cada vez que hemos alzado la voz de forma ostentosa en los últimos 20 años.

Así que, hartos de esperar y de promesas incumplidas, VAMOS A LA HUELGA.

En esta sección vamos a desgranar nuestras reivindicaciones de forma comprensible y desde el corazón. Cada semana una historia, cada historia una necesidad de nosotros como médicos de familia y pediatras,  como personas; y para nuestros pacientes, que seguro que se beneficiarían tanto como nosotros si consiguiéramos lo que pedimos.

Nuestra huelga cuelga de una serie de reivindicaciones (los globos). Si las conseguimos, los globos desapareceran… y la huelga caerá. El desenlace está ahora en manos de nuestros gobernantes.

Empezamos, y ¡cómo no!,  la primera historia habla de nuestros anhelados 10 minutos por paciente ¡qué menos!

DIARIO DE LA HUELGA 14: MEDICINA DE FAMILIA Y LISTAS DE ESPERA: NOSOTROS TAMBIÉN.

Las listas de espera son un problema de primer orden para cualquier sistema sanitario. Sus consecuencias lo son fundamentalmente para los pacientes que las protagonizan, esos Amalia, Manuel o Lucía pendientes de una cita, de una prueba diagnóstica  de cuyos resultados puede depender un diagnóstico; o de una intervención; o de un tratamiento que puede llevar aparejado algo más que un código en un informe: tener mayor o menor calidad de vida, vencer o no la batalla al dolor, cambiar de ocupación o abandonar definitivamente el mundo laboral, ver o no ver,  sus posibilidades de moverse de forma independiente o su capacidad de relacionarse, y un largo etcétera escrito en ese idioma común del sufrimiento humano que en forma de falta de salud nos asalta recordándonos lo frágiles que somos.

Las listas de espera prolongadas no suponen solo eso, esperar, sino que pueden ser enormemente peligrosas para los pacientes. En muchas patologías, un retraso diagnóstico puede marcar la diferencia entre sobrevivir o no a la enfermedad, en el tiempo y en la calidad de esa vida restante que nos conceda un enemigo al que se puede vencer solo hasta un punto temporal cuanto más precoz mejor. Pongamos el ejemplo de muchos tipos de cáncer.

Este peligro en la espera lo compartimos los médicos de familia durante todo el proceso. Ahí andamos, intentando conducir al paciente por los caminos menos largos dentro del sistema (que si pongo “preferente”, que si reclamar la cita, que si esta consulta tienen menos demora que esta, que si ya no puedo sino mandar por urgencias…) y a nosotros mismos en la toma de decisiones, en el tratamiento de los síntomas presentes y en la información que dar a los pacientes acerca de la imagen de sus padecimientos sin tener el rompecabezas completo, en la mayoría de ocasiones porque se nos están vedados los medios para hacerlo (acceso más que limitado a pruebas diagnósticas y veda a determinadas derivaciones e intervenciones). La continuidad y longitunalidad asistencial nos compromete en la atención continuada durante la espera, espera que ningún otro profesional del sistema sanitario comparte.

Además, el tiempo de espera puede suponer un avance de la enfermedad que, sin ser grave, haga más complicada su resolución y se necesite ser más cruento para resolverla y prolongue la recuperación, pongamos el ejemplo de la espera de diferentes métodos de rehabilitación para tratar enfermedades del aparato locomotor o neurológicas. Ahí estamos recomendando medidas paliativas durante tiempos prolongados, tratando el dolor y asistiendo a una escalada farmacológica evitable para tratar los efectos secundarios que nosotros mismos producimos con tratamientos no resolutivos.

Y también las listas de espera pueden producir el empeoramiento definitivo de la enfermedad oculta que puede descompensarla en cualquier momento requiriendo intervenciones urgentes, si da tiempo, como en casos de síndromes coronarios agudos o bloqueos cardiacos en personas “en estudio” y otras muchas enfermedades que acaban en la urgencia del hospital  a veces con un “cómo su médico no le ha mandado antes”.

Las listas de espera tienen además importantes consecuencias emocionales en las personas: miedos y temores, desasosiego, sospechas no confesadas y disimulos, inquietud, irritabilidad, desconfianza en el sistema sanitario, indignación, a veces hostilidad, otras desaliento. No solo espera el paciente, su familia es también presa del temor y la incertidumbre, de la duda continua y de muchos otros sentimientos entre los que se incluye la culpa (“debí decirle que fuera antes”, “no le hice caso”).

Todas estas emociones son vertidas y, dicen los expertos en comunicación “contenidas” por el médico de familia. Pero esta contención emocional supone un desgaste adicional al que a nivel emocional producen las listas de espera en el propio médico: sus propias dudas e incertidumbres, sus propios miedos, sus propias limitaciones y, a veces, su propia culpa en los dos polos de las decisiones: por la sospecha infundada o la falta de sospecha, por el enfoque erróneo o por la falsa alarma.

Una y otra vez, delante de un paciente que espera, un médico de familia espera con él.

Las listas de espera producen desconfianza y frustración de la población en el sistema sanitario público. Es como si les defraudara cuando más lo necesitan, como si no obtuvieran respuesta y se vieran abandonados ante los “no hay cita antes”, “esto va para largo, “ya le llamaremos”, “las agendas están cerradas”. Teléfonos que siempre comunican, reclamaciones amablemente respondidas y olvidadas, silencios y buzones vacíos. Los que tienen medios económicos pueden recurrir a la medicina privada, algunos nos lo cuentan como excusándose, como sintiendo (ellos sí) que defraudan a “su” sistema sanitario o incluso a su médico, así nos lo trasmiten. Las listas de espera favorecen a la sanidad privada. No solo por el paciente individual que hace uso puntual de ella, también por la política de conciertos que lleva dinero público a entidades privadas en un círculo vicioso que detrae recursos donde debieran ser invertidos para aminorar las mismas listas de espera que ocasionan estas fugas de capital. Y ello sin entrar en a quién beneficia ese desvío de dinero, porque es obvio que a la ciudadanía no.

 

Las listas de espera son peligrosas para los pacientes.

Las listas de espera son peligrosas para los profesionales.

Las listas de espera prolongadas ocasionan sufrimiento a los pacientes y sus familias.

Las listas de espera prolongadas ocasionan sufrimiento a los profesionales.

Las listas de espera deterioran el sistema sanitario público.

Las listas de espera tienen consecuencias devastadoras para los pacientes, para los profesionales y para el sistema sanitario público.

Acabemos con ellas.

cartel listas espera 10 diciembre 2018

DIARIO DE LA HUELGA 13: PARARNOS A PENSAR

Parase a pensar es un ejercicio absolutamente imprescindible en nuestro quehacer como médicos, sin embargo, es absolutamente imposible en nuestra jornada cotidiana, ni lo uno, ni lo otro: ni pararse, ni pensar. Así hemos estado mucho tiempo, en un estado de anestesia reflexiva completamente favorecido por los que nos dirigen.

No podemos pararnos porque tenemos cinco minutos para atender a pacientes con varios motivos de consulta, con enfermedades crónicas, con problemas psicosociales, porque tenemos los nuestros y los de los compañeros no sustituidos, porque la demora cero nos obliga a insertar en nuestra lista más y más pacientes, porque en ese exiguo tiempo tenemos que realizar múltiples tareas burocráticas y de registro que no nos correspondería hacer, porque nuestra jornada es una lucha continua contra el reloj. No podemos pararnos.

No podemos pensar porque para hacerlo se necesita un tiempo, aunque sea mínimo para que las neuronas establezcan circuitos y se activen y produzcan ideas y unas condiciones emocionales proclives al razonamiento que no nos son otorgadas. Porque para mantener las cosas como están bastan los automatismos, éstos consumen mucho menos tiempo, son más fáciles y carecen totalmente de capacidad crítica y, por tanto, de modificación de la práctica. No podemos pensar porque conforme avanza la jornada y vemos más y más pacientes, se desgastan las capacidades intelectivas, la intuición y la paciencia, cosas que se conjugan en la práctica de la medicina para poder entender, para poder comparar y para poder decidir. No podemos pensar porque se han ido suprimiendo importantes ayudas al razonamiento como las sesiones clínicas, la reflexión colectiva sobre casos y sobre nuestra práctica y el trabajo en equipo que aportaba visiones y perspectivas distintas y complementarias. No podemos pensar.

En nuestro trabajo, no pararse a pensar es sumamente peligroso, porque el fin de nuestras reflexiones es una intervención, una recomendación, una prescripción sobre seres reales, nuestros pacientes, tantos y tan distintos, que no hay nada más inapropiado que el acto rápido y automático. No pararse a pensar también lleva a la inercia, a la sumisión y a la falta de crítica y eso es sumamente peligroso para las organizaciones que se ven abocadas al estancamiento, el abuso de poder y la inutilidad social.

He parado a pensar al terminar la última jornada de huelga acerca de su utilidad para conseguir pararnos a pensar. No es un trabalenguas. La huelga nos ha hecho pararnos, pero no media jornada o  jornada entera, sino parar de seguir haciendo una medicina orientada al registro, a la consecución de objetivos, a la soledad de la consulta, a la carrera contra el tiempo, al ver a todos de cualquier manera. Vamos a hacer y a dejar de hacer. Eso ya lo vamos a parar.

Parar de seguir desunidos, casi enfrentados unos a otros, que “si no colaboras perdemos todos”. Ahora hablamos entre nosotros de las condiciones y del sentido de nuestro trabajo, y lo transformamos en una fuerza colectiva hacia el cambio. No nos creemos el descrédito que intentan sembrar entre nosotros. Eso también lo vamos a parar.

Parar de seguir sumisos y acríticos, creyendo que las mejoras nos son concedidas y estaban decididas de antemano. No vamos a parar de denunciar el deterioro de la sanidad pública  en favor de la privada y el enorme olvido y la falta de recursos de la atención primaria. Nada de que los pequeños cambios realizados (desdoblamientos de cupo homeopáticos, algunas pírricas sustituciones, contratos algo más largos, jubilaciones cubiertas con eventuales, contratos directos a los residentes recién terminados) se habrían conseguido si no nos paramos, si no pensamos. Y no vamos a parar de reclamar las mejoras porque no vamos a dejar de pensar en nuestros pacientes para los que trabajamos, y también en nosotros. Todos somos importantes.

Pensar en pararnos nos ha hecho pararnos a pensar. Y ya no dejaremos de hacerlo.

Ghandi aquellos que saben pensar

DIARIO DE LA HUELGA 12: LA PRIMERA PROTESTA DE MATEO, EN LUCHA POR LA SANIDAD PÚBLICA

Trabajo en mi centro de salud desde hace 15 años. Tengo entre 40 y 50 paciente por día a 4-5 minutos por paciente. Atiendo muchos “bises” para cumplir con la demora cero. Cuando termino hago en domicilio los avisos urgentes pero casi no puedo hacer visitas programadas. Mi jornada es una lucha contra el reloj, contra el sistema informático, contra la demora en las pruebas y citas de mis pacientes que impiden poder conocer sus patologías, contra la imposibilidad de dedicarles el tiempo que necesitan, contra el desabastecimiento y mala calidad de los fármacos, contra la consideración de que soy el administrativo de las consultas hospitalarias, contra el sistema de codificación de los motivos de consulta, y contra mi propio cansancio. Siempre salgo del centro con la tremenda desazón de estar practicando una medicina que no es la mía, como si estuviera desempeñando otro trabajo para el que no estuviera preparado. Ya no hay mucha diferencia entre lo que hago y lo que se hacía en los ambulatorios: solo consulta demanda, en pocos minutos, ver todo lo que llegue y sálvese quien pueda.

Inicialmente hablé de la situación informalmente con mis compañeros ya que las reuniones de equipo se las comió también la demora cero. Eran conversaciones de pasillo o desayuno, comentarios rápidos desde el deterioro compartido. Luego empecé a quejarme ante la dirección del centro, caso omiso. Por eso cuando empezó a moverse en mi ciudad la idea de hacer una huelga por la mejora de atención primaria, sentí el alivio de poder hacer algo útil.

La posibilidad de hacer visible la situación, unirme al mis compañeros y dejar de ser pasivo, han podido más que la preocupación por dejar de ver a mis pacientes, “quedar mal” ante los no partidarios de la huelga, a los que respeto y de los que pido igual consideración hacia mi participación en ella, y a la merma económica que va a suponer y sufrirá mi familia.

Además intento asistir a otras formas de protesta que se convocan, la última fue una concentración en el centro de la ciudad. Llegué pronto, con mi bata limpia y con fuerza, ya que con la huelga no había pasado consulta y así noté cuánta energía se deja uno en ella. Me coloqué tras la pancarta de “10 minutos por paciente”, que es la reivindicación con la que más me identifico, aunque son todas una, porque todas son necesarias para que la atención primaria se dignifique. Y estando así, con ese sentimiento dual de hacer lo correcto pero que uno desearía no tener que hacer porque no fuera necesario, me tocan en el hombro y al volverme veo a Mateo.

Mateo es paciente mío desde que empecé a trabajar en el centro. Es un hombre de mediana edad y más bien “pasota”, como él mismo se define, para justificar su peculiar visión de la salud y la enfermedad que consiste básicamente en creer que al cuerpo hay que darle lo que vaya pidiendo, que si vas al médico “te sacan lo que no tienes” y que “lo que no mata, engorda” y por eso él está tan obeso. Mateo pone a prueba la entrevista motivacional y todos los cursos de  autocontrol emocional que no he tenido el tiempo de hacer, pero ambos nos apreciamos y hemos encontrado la forma de entendernos y respetarnos mutuamente a ambos lados de la mesa.

Me sorprendió mucho verlo en la protesta,pacientes con nosotros no va con su carácter, con su forma de ser, pasivo y enemigo de “meterse en líos”. Debió notar mi asombro porque me sonrió y me dijo: “No esperaba verme ¿verdad?”. Y antes de que pudiera mentirle diciendo que no era eso, siguió contándome que nunca antes había ido a una protesta pero que esta merecía la pena para ser su primera vez. Ambos sonreímos y no pude resistirme a confesarle que también era la primera para mí y que también pensaba como él que merecía la pena: luchamos por la salud, por la suya y por la mía, por la de Mateo y por la de su médico de familia, por la de todos.

 

DIARIO DE LA HUELGA 11: DIRECTORES TÓXICOS EN UNA EMPRESA TÓXICA

Llevo 30 años ejerciendo la medicina de familia y he trabajado con 16 directores distintos de centro de salud. Mi historia con los directores se puede dividir en 2 etapas.

La primera duró unos 12 años, eran los tiempos en que los profesionales podíamos proponer quien iba a dirigir el cetro, nuestra opinión era importante y la cercanía entre la persona elegida y el equipo también. Se seleccionaba a alguien con profesionalidad, que  tenía además dotes organizativas y buenos valores que representaran a los del equipo. Nos sentíamos escuchados y que teníamos un interlocutor ante los gestores, nos reuníamos todas las semanas y reflexionábamos y comentábamos la organización y los proyectos del centro entre todos, se delegaba en aquellos profesionales que según sus gustos y capacidades creíamos buenos para llevar adelante determinadas tareas. Nos ayudábamos, nos quejábamos y nos apoyábamos, y el director estaba con nosotros, era uno de nosotros. Y todo iba bien. Podíamos estar o no de acuerdo con las directrices que nos venían de arriba, pero trabajábamos sintiéndonos valorados. Trabajábamos muchísimo pero con buen ambiente y contentos porque nos sentíamos reconocidos y escuchados en nuestro trabajo.

La segunda etapa dura ya 18 años. Es como una esclavitud. Los directores son elegidos por los gestores, generalmente por su afinidad política o sumisión a las órdenes, algunos por su competencia pero de esos ya quedan pocos porque han huido de unas encomiendas que no están dispuestos a aceptar. Y así con los años ha habido una selección negativa hacia los que toleran ordenar el trabajo a sus compañeros sin disponer de recursos suficientes para ello. Así han proliferado directores que han eliminado literalmente las reuniones de equipo: quien evita la ocasión evita el peligro, el  de escuchar las opiniones disconformes de los compañeros y su malestar crónico, no interesa que haya lugares para reflexionar y discutir en grupo, vaya a ser que nos demos cuenta que todos estamos hartos de las directrices y de las condiciones laborales, y en muchos casos también del director que las ejecuta, y podamos expresar opiniones contrarias a lo que los gestores y gobernantes quieren. Los equipos han desaparecido, nos han dividido, separado y aislado; no hay espacios para que el equipo medicina de familia-enfermería hable de sus pacientes, y no digamos incorporar a la discusión a la trabajadora social, es una entelequia porque normalmente lleva dos centros de salud y apenas coincidimos. El personal de administración ya no trabaja para el centro de salud, pertenecen al distrito, y sus jefes reciben órdenes directamente de éste. Lo mismo ocurre con las auxiliares, las cuales además de escasas, las  mueven de un centro a otro porque no tienen voluntad de contratar sustitutos para sus ausencias, será porque las bolsas de trabajo no están llenas de candidatas. Y así han generado una descomposición progresiva de los equipos de trabajo acentuada por la falta de voluntad y de tiempos y espacios para relacionarnos y coordinarnos. Ahora sólo los directores dictan qué hacer, cómo y quién lo hace. Nadie más opina.

El colmo de la situación son las agendas y los objetivos.

Las agendas de citas las diseña el director sin importarle si el tiempo adjudicado es suficiente para realizar nuestro trabajo. Lo que importa es que se atienda a todos y cuanto antes, vaya a ser que se disgusten y quede al descubierto la falta de recursos humanos, para lo cual si hay que generar las agendas a un minuto o añadir e insertar más pacientes, pues se hace. Si el profesional no hace otra cosa que ver a los pacientes a destajo, pues qué se le va a hacer, no hay más plantilla. Ofende a la dignidad de las personas, tanto a la del profesional como a la del paciente, que asignen 4-6 minutos a una consulta médica, consulta que suele estar compuesta por varios motivos de salud o enfermedad, algunos muy complejos, otros graves, muchos  psicosociales, otros difíciles de abordar, y todos ellos en el marco de un encuentro entre dos personas que precisan hablar, escuchar, entenderse y además utilizar todos los conocimientos y recursos intelectuales y psicológicos del profesional para poder resolver las necesidades del paciente. Convierten nuestro trabajo en una locura que nos mina la salud, la de los pacientes, y la vocación y que está literalmente destruyendo la atención primaria desde dentro. Es una situación totalmente degradante, un insulto y una temeridad.

Los objetivos son tema aparte. A los directores les evalúan (y pagan un pico) según el cumplimiento de los objetivos, algunos absurdos, otros cuya aplicación llevan irremediablemente a una falta de ética profesional, otros inalcanzables salvo falseando y mintiendo en los registros, y siempre robando tiempo para lo importante que es atender adecuadamente al ciudadano y descuidando aquello que no miden aunque sea inmensamente más rentable e importante para la población que atendemos. No les interesa otras actividades que las que les van a medir, y como no hay recursos para todo, el resto se queda sin hacer, o si hay profesionales que lo quieren hacer, llegan hasta a dificultárselo.

Y el colmo de los colmos son las formas y maneras de algunos de ellos, auténticos déspotas manifiestos o encubiertos, que además de sobrecargarnos sin miramiento alguno, más a los más débiles (eventuales y comisiones de servicio) nos acosan a los que nos atrevemos a levantar la voz. Y a los demás les hacen creer que nuestros derechos son dádivas para que se las agradezcamos y nos sintamos en débito con ellos. Todo pervertido para convencernos de que cumplamos unos objetivos a los que sin todas estas estratagemas nos negaríamos.

El problema de este estilo de dirección está más arriba, en los gobernantes, altos cargos y gestores que asignan presupuestos paupérrimos durante décadas para la Atención Primaria, que han provocado que trabajemos con plantillas totalmente insuficientes, sin sustitutos, con contratos absolutamente precarios y vergonzosos, y sin acceso a recursos. Y para mantener esa escasez necesitan directores que sean meros ejecutores de sus planes. ¿Habéis visto a alguno en huelga para pedir 10 minutos por paciente y más plantilla? Nos nombran mínimos por encima de lo estipulado, nos quitan los carteles, hacen creer que los que vamos a la huelga somos bichos raros, a excluir o silenciar.

La mayoría de nuestros directores han perdido el corazón, el sentido común y también nuestro respeto.

Este es un motivo muy grande para ir a la huelga aunque para muchos es todo lo contrario, porque no se atreven.

 

PD importante: si algún director al leer esto no se siente reflejado en este perfil es porque aún queda alguna excepción. Para esos, nuestro eterno agradecimiento y reconocimiento porque son auténticos héroes supervivientes.

 

DIARIO DE LA HUELGA 10: LOS MÉDICOS TAMBIÉN. POR UNAS RETRIBUCIONES JUSTAS

Tengo cincuenta años y llevo veinticinco ejerciendo como médico de familia, lo que me ha costado 6 años de universidad, 4 de especialidad y esos 25 años sin parar de estudiar en el tiempo que presuntamente es para mi descanso y para mi familia. Estoy casada, mi marido tiene un pequeño negocio que ha ido bastante a menos con la crisis, de forma que los ingresos que aporta son escasos y variables. Trabajo en un centro de salud algo alejado de mi casa, en el mejor de los casos vengo a tardar unos cuarenta minutos en el trayecto, en el peor, ni se sabe, puesto que el acceso a la ciudad que tengo que utilizar sí o sí, es de los de alto riesgo de caravanas por embudo insalvable en horas punta.

Estamos pagando aún la hipoteca del domicilio familiar, un piso en la capital con tres dormitorios, dos cuartos de baño y una plaza de garaje. Tenemos dos coches, así que uno de nosotros ruega cada día a san aparcamiento para evitar el suplicio de las vueltas y más vueltas con el estómago vacío y la cabeza embotada, mitad cansancio, mitad hipoglucemia.  Tengo tres hijos, todos aún en casa; el menor de ellos, está haciendo el grado; la mediana estudia un máster en esta universidad y el mayor, que ha terminado su formación, prepara oposiciones doce horas al día menos domingos. Ninguno es médico. No he debido ser un ejemplo apetecible  para ellos.

Mis padres, octogenarios y enfermos, con limitaciones crecientes los dos, viven de la pensión de mi padre que sostiene a duras penas la mitad de los gastos que necesitan, la otra mitad la aportamos entre mi hermano y yo, y no nos pesa, que no devolveremos ni de lejos todo lo que hemos recibido de ellos, y que va muchísimo más allá de lo material.

Me levanto a las 6,30 de la mañana para llegar puntual a mi consulta. Trabajo con esfuerzo cada día atendiendo mis pacientes lo mejor que sé y puedo, así como los de otros compañeros no sustituidos, por los que no me pagan el complemento correspondiente, y asumiendo la alta responsabilidad que llevan aparejadas todas las decisiones clínicas, más cuando deben asumirse con muy escaso tiempo, pocos recursos y ningún respaldo de los “superiores”. Casi siempre se prolonga mi jornada porque no he terminado a tiempo la consulta o las visitas, a las que voy también con mi coche, con mi carburante y a veces con el dinero que pago de SARE para poder aparcar. Mi último ejercicio fiscal contabilizó mis ingreso de 45.000€/año. Nunca he podido hacer guardias, aunque me lo he planteado, porque necesito ese tiempo para el cuidado de mi familia, primero lo fue de mis hijos, ahora de mis padres. Mis compañeros las hacen por 13.5€ la hora fines de semana y festivos y por 11€ los días de diario tras pagar impuestos, y para colmo les sube la base imponible y pagan más impuestos por el resto de las retribuciones; vamos, que no trae cuenta: un poco más de dinero, muchas horas más de un trabajo agotador, pierdes la salud y la familia en ello y ni siquiera computa para la jubilación. Con veinte años de antigüedad, un profesional cualificado debe esperar un aumento de sus honorarios, los míos han ido en descenso desde 2009. Gran parte de ellos son complementos variables, uno de ellos la “productividad”, que yo “apruebo” por los pelos ya que solo cumplo los objetivos con los que estoy de acuerdo,  y por tanto, percibo el año que más unos 3000€, mi director 4 veces más y de ahí para arriba; ni sé si quiero saberlo por no hacerme más mala sangre.

Muchos piensan que los médicos somos ricos por definición; mis hijos me lo dijeron de pequeños, es lo que hay en la calle. Yo les pregunté si ellos pensaban que vivíamos “como los ricos”, guardaron un significativo silencio y en sus caras infantiles reflejaron la respuesta de esa viva inteligencia de los niños pequeños.

Tengo amigos médicos de familia de otras comunidades autónomas, con mis mismos años trabajados, realizando similares tareas, la mayoría de ellos con mejores condiciones laborales (tiempo por paciente, cupos con menos pacientes, menos citas por día) y sueldos que casi doblan el mío,  representando claramente que su labor es más considerada por quien asigna los presupuestos en sus comunidades que en la nuestra, donde nos pagan con buenas palabras ya que no paran de decir que somos el centro del sistema y poco más.

Por eso cuando un alto dirigente de la política sanitaria andaluza dijo que ganábamos más de 70.000€ al año sentí una mezcla de indignación y tristeza, más lo primero que lo segundo, y me llevó a prestar más atención a las reivindicaciones de la huelga de los médicos de atención primaria, que ya está bien, porque además de apaleados no esperarán que estemos contentos. ¿A quien le extraña que los médicos jóvenes emigren con semejantes sueldos y condiciones laborales? Y eso por no hablar de la precariedad de los contratos…, si te contratan.

Todos trabajamos por un salario digno, acorde con nuestra preparación y responsabilidad, no suceptible de ser manipulado ni tampoco de ser “rogado”, es un derecho, el que tienen todos los ciudadanos a dar seguridad y protección a ellos mismos y sus familias y a contribuir honradamente, con “el sudor de su frente” al desarrollo de la comunidad a la que todos pertenecemos, los médicos de familia también.

DIARIO DE LA HUELGA 9: MI MÉDICO ESTÁ EN HUELGA

Me levanté más temprano que de costumbre, a mi edad parece que tenemos todo el tiempo del mundo pero no es cierto, porque somos más lentos en todo: cualquier actividad que antes era relativamente rápida, ahora se va demorando y dilatando, marcada por el ritmo lento que imponen los años, las habilidades aminoradas o definitivamente perdidas y la falta de energía por el desgaste de esas pilas consumidas a fuerza de buenos y malos momentos que ya no se reparan con el sueño fragmentado y reducido que tenemos los ancianos.

Hoy tenía cita en la consulta de mi médico, Don Andrés, que yo se lo sigo diciendo, aunque él se empeñe en que le llame Andrés a secas, es bastante más joven que yo, pero aprendí que una carrera, y más una tan larga y meritoria como la suya, le da un “Don” a quien es capaz de estudiarla y de ejercerla. Además se lo merece por méritos propios, por lo que lo respeto y admiro, ahí se va dejando cada día su empeño en atendernos lo mejor que puede, siempre con el tiempo encima, siempre va como quien dice “con la lengua afuera”, porque en cinco minutos, lo que es yo, la verdad, entre que entro y me siento y hablo y luego me levanto siquiera la camisa o la manga para que me reconozca, y me vuelto a vestir y me vuelvo a sentar, y él escribe en el ordenador (si le funciona) lo que tenga que escribir, pues ya nos hemos comido el cuarto de hora casi siempre. Por eso muchas veces, si puedo, aminoro mi lista de motivos, volveré otro día aunque me cueste, selecciono lo más urgente, o lo que más me molesta, porque es imposible contarle tantas cosas que le pasan a mi cuerpo, sin hablar de las otras, las preocupaciones, los problemas de la familia, los miedos, el que más el de tener que depender de otros…, pero él lo sabe, a veces me saca el tema, como si no viniera al caso, pero yo me doy cuenta, es muy buen médico, sabe notar lo que no se dice.

También ha venido a verme a mi casa, dos veces, una hace años por una bronquitis fuerte, qué mal estuve, no podía respirar, desde entonces y con su ayuda, dejé de fumar; la otra ha sido este verano, me caí en el cuarto de baño y, aunque pude levantarme, me quedé con un dolor en el lado que me tumbó unos días en la cama. Recuerdo que vino a la hora de comer, cuando acabó la larga consulta, pero no quiso ni un refresco, con el calor que hacía, yo le hubiera invitado a comer. Seguí su tratamiento y sus consejos y ya estoy recuperado.

Hoy iba a consulta para llevarle los papeles del cardiólogo que él me mandó para hacerme una prueba porque últimamente se me hinchan las piernas y me da un poco de fatiga cuando ando. El me auscultó con sus gomas y me dijo que había que hacerme pruebas que él no me podía solicitar, así que, papeles al mostrador, cada vez me lío más con ellos. Y tras un mes, visita al hospital, y por fin, hecha la prueba parece que sí que hay algo que no va bien, pero que ya me lo explicaría mi médico; y un tratamiento, más pastillas, vaya por Dios, que yo quisiera no tener que tomarlas, pero no queda otra según parece, pero hasta que él no me lo diga, no las empiezo.

Llegué con tiempo a la sala de espera, no me gusta ir tarde a ningún sitio, y me senté, que ya iba cansaillo, sin darme cuenta de los carteles que había en la puerta de la consulta y en las otras puertas, sí me llamó la atención que había poca gente en el centro, esto suele estar lleno un lunes a esta hora. Ya me temí que no estuviera mi médico por algo y que me mandaran a otra consulta, como pasa en los últimos años que ya no hay un sustituto, y andamos repartidos, como ganado, ya me ha ocurrido ir buscando consulta donde estuviera mi nombre en el listado. Miré el número que me habían dado para hoy, no,  pone el de mi consulta.

Fue cuando vino otra paciente que sí que le dio por leer el cartel y se mostró contrariada, ¡Vaya, que hay huelga de médicos!, dijo, y entonces me levanté y vi que era verdad, estaba allí puesto, y al lado un papel con diez peticiones que eran los motivos de la huelga. Aunque veo poco, fui capaz de leerlas, porque tendrían que ser razones poderosas por las que Don Andrés “no dejara plantados”, como decía esa señora. Y fui una por una y las entendí todas y todas me parecieron más que razonables, que ahí estaba yo también, en esos diez puntos colgados de las puertas de “nuestras” consultas. Ahí estaban el tiempo que tardo en explicarme y en preguntar, el tiempo en contar mis temores por el envejecimiento, las pruebas por las que tengo que ir a otros médicos y D. Andrés no puede pedirme, ahí las salas de espera llenas, el tiempo para entrar, y ahí que fuera atendido en casa a una hora que ya no es ni de visita, ahí estaba el andar perdido de consulta en consulta cuando no está D. Andrés, ahí estaba yo, estábamos nosotros todos.

Por eso me levanté y le dije a la señora:

Mire, D. Andrés ha sido capaz de pelear por lo que nosotros no. Buenos días.

Me fui con los papeles del cardiólogo en la carpetilla de médicos, una nueva cita en el bolsillo y la gran satisfacción de ser paciente de un médico en huelga.

 

DIARIO DE LA HUELGA 8: REALIDAD Y FICCIÓN DE LA ATENCIÓN PRIMARIA ANDALUZA

Hace varias semanas ha finalizado una huelga indefinida de Médicos de Atención Primaria que ha durado casi dos meses,  aglutinando en  sus últimos días  a 5 de las 8 provincias andaluzas.

Tras conseguir pequeñas mejoras como una escasa ampliación de plantilla y por tanto de tiempo por paciente, algún avance en la capacidad de resolución, mínimos aumentos salariales y casi nada o nada en términos de democratización y transparencia, el colectivo de médicos de Atención Primaria Andaluza  ha cesado la huelga y ha vuelto a la normalidad de su trabajo diario.

Esa normalidad se ha visto enriquecida en sus recursos con un nuevo protocolo de Gestión Compartida de la Demanda, basado en la participación de la enfermería de Atención Primaria en algunos procesos de diagnostico clínico y de tratamiento .

Trabajando hoy codo con codo con mi enfermera María,  estamos poniendo en práctica dicho nuevo protocolo de actuación para agilizar las consultas urgentes de los pacientes que María y yo cuidamos en nuestro cupo,  aun sobredimensionado a pesar de la huelga.

Hoy llegó a Admisión del Centro de Salud  Paquita,  aquejando un fuerte dolor de barriga con vómitos. Son las 12 de la mañana. No es una paciente compleja. Yo sigo avanzando lentamente mi consulta de hoy, llena con 45 pacientes, con retraso de 40 minutos, a pesar de que he pasado a disponer de 7 minutos por paciente en lugar de los 6 que antes tenía. Porque aunque hemos sido agraciados con un nuevo cupo en el centro, la falta de dos compañeros por baja laboral y días de permiso, colocan al resto de los facultativos en la habitual situación de falta de personal. No se les ha sustituido.

Paquita pide ser vista por su médico, José, el que lo está contando, pero mis citas no demorables de hoy ya están agotadas a esa hora.  Por el nuevo protocolo, María no es remitida al médico que atiende las urgencias, sino a la consulta de su enfermera María, que tiene disponibilidad horaria para esta nueva tarea a realizar. En Admisión le explican a Paquita, con gran claridad, que María es la encargada de valorar su consulta en primera instancia. María no ha estado muy conforme con la implantación de la flamante  Gestión Compartida de la Demanda, pero ha de cumplir con su trabajo.

Paquita.               Buenos días María ¿puedo pasar?

María                    Adelante Paquita. ¿Qué te pasa?

Paquita                Llevo dos días con un dolor de barriga….., aquí (se señala), y desde esta                                                   madrugada he vomitado 5 o 6 veces….

María comienza una anamnesis recogiendo los datos que piensa que pueden serle útiles para el diagnostico. Luego  realiza una exploración, usando todo lo que ha podido aprender en su ya larga carrera profesional, aunque habitualmente no practica exploraciones abdominales y su capacidad de hacer un diagnóstico diferencial sobre el dolor abdominal, reconoce que está un tanto limitada. Así que tiene ciertas dudas.

María                    Paquita, creo que no es nada importante pero voy a comentarle tu problema a                                             José, tu médico que está pasando la consulta aun.

Paquita                Gracias María, confío en ti mucho, pero yo venía a que me viera él o el                                               medico  que esté de urgencias. Te agradezco tu interés pero en Admisión no                                     me han dado otra opción.

María pasa a mi consulta a través de la puerta que ahora más que nunca compartimos, es otro cambio que se nos permite tras la huelga, una cierta flexibilidad en la gestión de las agendas haciendo coincidir horarios y espacio físico.

María me comenta el problema de Paquita y cómo ha procedido con ella, mientras atiendo a otro de nuestros pacientes, y el resto aguarda con paciencia su turno en mi sala de espera. Eso me desconcentra de lo que estoy haciendo y rompe la comunicación con el paciente que está en ese momento.

José                      Muy bien María,…pues dile a Paquita que tenemos dos opciones. Puede                                           esperarse al final de mi consulta y en cuanto pueda la atenderé, aunque                                           termine tarde,  o bien puede ir de nuevo al mostrador , pedir cita para                                                               mi consulta otro día si no puede esperar hoy,  o que le den ahora cita para el                                       médico que está  viendo las urgencias, si tú lo crees  necesario.

María sale de la consulta por donde entró, creo que con las mismas dudas de antes. María y yo nos conocemos desde hace muchos años, nos respetamos mutuamente y compartimos trabajo, obligaciones y responsabilidades comunes. Además, ahora compartimos también nuestra desaprobación  de este nuevo modelo de actuación que vuelve a poner a Paquita en el mismo punto de inicio en el que estábamos hace más de media hora. Paquita sigue con su dolor de barriga, María ha empleado voluntariosamente un tiempo en una tarea que supera su responsabilidad y yo seguiré pendiente de verla si está en mi sala de espera a las dos, o de si ha pedido cita para dentro de tres días en mi consulta, o de si acaba en la consulta de urgencias de mi compañero médico del centro.  También puede que, angustiada, haya decidido irse a las Urgencias del Hospital.

Nos quedará la duda de lo que fue, porque esta historia de ficción está por resolver en su desenlace.

Me gustaría haber podido desarrollar  esta  historia,  como una trayectoria de apoyos mutuos y encadenados  del colectivo de médicos de familia andaluces  en bloque, de la enfermería al completo , de los trabajadores de la Atención Primaria en conjunto y de  una población necesitada de una asistencia sanitaria digna, que sumándose a las reivindicaciones que un grupo de médicos hastiados de engaños , falsedades y falta de consideración por la Administración,   pusieron en marcha hace más de un año y medio y consiguieron finalmente llevar a buen término y en beneficio  de todos, porque de haber sido así, el final de la historia del dolor de barriga de Paquita no estaría aún por escribir.

DIARIO DE LA HUELGA 7: ¿Y SI PROBAMOS A REBELARNOS?

Hace tiempo leí estas palabras escritas por JL Tizón en Carta al Director de la revista Atención Primaria[i] a propósito de un debate sobre la dificultad para aplicar el modelo biopsicosocial. Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua estos son los significados de la palabra “relevar”: 1) Sublevar, levantar a alguien haciendo que falte a la obediencia debida. 2) Oponer resistencia.

Muchas veces en consulta, cuando he ido viviendo la impotencia diaria de no poder hacer bien mi trabajo, las tremendas consecuencias que la falta de asignación de recursos a atención primaria han producido sobre los pacientes y sobre nosotros, la precariedad de los contratos, el envejecimiento de los equipos sin recambio generacional, el ascenso de la sanidad privada debido al mal funcionamiento de la pública y un largo etcétera de despropósitos, he recordado esas palabras “¿Y si probáramos a rebelarnos?”.

El deterioro de la situación me pareció aún más claro con la constatación de cómo se han ido atando todos los hilos de una red que rodea y protege cualquier ilusión de cambio, cegando los posibles agujeros por los que los peces pudiéramos escapar de una red de obediencia fuertemente cosida: directores seleccionados para ser transmisores de directrices, muchos con situaciones laborales dependientes de la propia asunción del puesto, contratos en precario con cambios continuos de destinos; invento de los “dispositivos de apoyo” o médicos de libre disposición; evitación de oposiciones periódicas y “racaeno” de plazas convocadas para mantener libres puestos en los que poder poner profesionales vulnerables (comisiones de servicio, contratos mensuales); establecimiento del sistema de objetivos con los que complementar bajos salarios que, de camino así no reivindicamos, y aseguran ”motivación” extra de directores y gerentes para la obediencia acrítica; desmantelamiento del sentido de equipo (hace poco mi directora decía que no tenemos que ser “equipo” sino “grupo” de trabajo); falta de espacios para la reflexión y la crítica; dependencia de la formación en medicina familiar de los distritos;  falta de interlocutores que defiendan los intereses de la atención primaria (¿sindicatos? ¿Sociedades científicas?¿Unidades docentes?) cada cual amparado en sus competencias, y dejándose llevar por inercias que no les dejan ver ni decir lo desnudo que está el emperador. Y así, entre todos, hemos dejado que la red crezca y crezca hasta la asfixia que vive la atención primaria.

¿Y yo, y nosotros? Todo este tiempo me he ido dando excusas a mí mismo para seguir obedeciendo: no se puede hacer nada, es lo que hay, la gestión clínica es “lo moderno”, si no cumplo perjudico al equipo, ya no me queda tanto, lo de la atención primaria es muy bonito pero no hay recursos, intento trabajar lo mejor que pueda, ya no tengo edad, si otros no lo hacen por qué me voy a señalar yo…

Me he dado cuenta de que estas también son formas de obediencia. También estoy en la red. Han conseguido meter en nuestros cerebros que no queda otra que adaptarse y seguir. Además, ir contra el poder establecido siempre da reparo, vaya a ser que…

Nuestros pacientes, nuestra sociedad sufre doblemente: por las malas políticas sanitarias y por nuestra obediencia que las mantiene.

En el mismo escrito dice Tizón: “la práctica de la teoría del modelo biopsicosocial es imposible sin una política para la práctica”.

¿Y si probáramos a rebelarnos? Juntos seguro que lo conseguimos, ya somos muchos.

[i] Aten Primaria. 2007;39(8):451-453.

 

DIARIO DE LA HUELGA 6: PLANTILLA PRECARIAS O EL LABERINTO DE LAS OPOSICIONES EN LA SANIDAD ANDALUZA

Quizá me equivoqué a la hora de elegir profesión. Quizá me equivoqué a la hora de elegir especialidad. Tiene que ser eso, una equivocación, no encuentro explicación para verme en la situación actual, más de 40, dos hijos,  y con una carga de tantos años enlazando contratos en malas o peores condiciones repartidos en un radio de unos cien kilómetros a la redonda alrededor de mi domicilio. En este tiempo, mis amigos, que eligieron bien, ya tienen un puesto de trabajo estable, seguridad económica, vivienda propia, y, lo más importante, pueden organizar su vida y las de sus familias sin vivir la incertidumbre permanente de un futuro profesional incierto y de un día a día imprevisible para cosas tan sencillas como tener un horario para actividades deportivas, culturales o intelectuales.

Muchos familiares y conocidos creían que mis largos años de malos contratos eran culpa mía. No les cabía en la cabeza que después de tanto tiempo, no tuviera una plaza fija. No podían creer que no se habían convocado oposiciones, claro, tenía que ser que, o no me había presentado, o las había suspendido. Lo uno o lo otro era mi responsabilidad, por dejadez o por torpeza,  o quizá por ambas, eso explicaba seguir de acá para allá, ahora guardias, ahora en paro, ahora sí, ahora no. Merecido. Quizá me equivoqué por mi decisión de no contarles que hasta 2013 no se convocaron oposiciones y que, menos creíble, en 2018 me he tenido que volver a examinar porque aún no sé si cogeré plaza en la primera.

Me las preparé lo mejor que pude, sin dejar de trabajar, porque no me podía permitir prescindir de ninguno de los malos contratos que me llegaban, así que, renunciando a gran parte de la infancia del segundo de mis hijos, me examiné con la ilusión de dejar llegar a una meta que empezó cuando decidí estudiar medicina, hace ya tantos años. Quizá me equivoqué.

La ineptitud de una administración pública para convocar, realizar y resolver una oferta pública de empleo tampoco es fácil de creer desde fuera. Son ellos los convocantes, lo que tienen los medios (aparato administrativo, gabinetes jurídicos, tecnologías de la información y comunicación, recursos económicos…) para “hacer bien las cosas” y, se supone, son los principales interesados en prepararlas bien, con agilidad y transparencia y hacer que accedan los profesionales más aptos según baremos claros y adecuados. Por eso mis familiares y conocidos no pueden creerse que aún yo no sepa si estoy aprobado dos años y más después de examinarme. Seguro que estoy suspenso y por eso no digo ni “mu”, es más verosímil.

Quizá me equivoqué no dándome cuenta de que en esta demora entre OPEs, entre convocatoria y exámenes y la terribles dilaciones en baremaciones, resoluciones y todo tipo de trámites, yo y una legión de compañeros repartidos por toda Andalucía, trabajamos en precario con contratos que pueden ser catalogados casi de esclavitud (baja remuneración, miedo a no renovación, disponibilidad total y silencio) “garantizando la asistencia” de los pacientes, eso sí, sin ninguna continuidad asistencial (los contratos de mes a mes han sido los más frecuentes) a “low cost”, negocio redondo ¿Para qué darse prisa?.

Yo no sé bien cómo hice el primer examen, ¡es tan difícil tener una idea clara sobre una prueba tan importante! Y cada vez me acuerdo menos. Como no se sabía cuándo se iba a saber el resultado (no es un trabalenguas) y fiándome poco de mí mismo y nada de la administración sanitaria, decidí seguir estudiando para la siguiente, que, ingenuo, pensé se tendría que convocar pronto, porque gran parte de la plantilla está ocupada por contratos y esas plazas tendrán que cubrirse; doblemente ingenuo. La siguiente OPE, de 2016, no se ha materializado hasta este año, 2018. Quizá me he equivocado malgastando un esfuerzo que puede ser innecesario, suponiendo que puedo estar aprobado de la anterior; quizá me he equivocado viendo crecer a mis hijos a veces desde lejos y acumulando a la par indignación y cansancio. El examen, por fin, fue en junio de este año. Y como el SAS no deja de sorprendernos, justo una semana antes salió el listado provisional de aprobados de la de 2013 (5 años después de la convocatoria). Temblaba y sudaba antes y después de consultar la lista, y más aún cuando comprobé el resultado: aprobado, el examen,  pero sin saber si tengo plaza hasta que esté el listado definitivo. Ya no me preguntan familiares y conocidos, menos mal. Quizá me he equivocado por no llamarles yo pero no quería tener que contarles que, aun aprobado, he tenido que presentarme al examen de este año, correspondiente a la convocatoria de 2016 porque las de 2013 aún no tienen resultado definitivo. No se lo creerían ¿no?

Examinado, de segundas, estoy. No me preguntéis cómo lo he hecho. He seguido sin parar de mal trabajar, aunque ahora ¡alabado sea el destino¡ tengo contrato hasta el 31 de diciembre. Pero entenderéis que cuando conocí una nueva convocatoria de OPE extraordinaria que parece se hará efectiva (examen) en 2019, no me alegré, no pude sino sentir hastío y un desconsuelo incluso físico, que raya con el asco.

Entonces supe con certeza que me he equivocado, pero no de profesión, ni de especialidad,  sino de estrategia. Se acabó callar y aguantar, se acabó mal trabajar y resignarme, se acabó estar a merced de los que disponen de las vidas de sus “empleados” a caprichos de decisiones economicistas o en su beneficio político.

Voy a sumarme al movimiento por la mejora de la atención primaria con el que coincido en todas sus reivindicaciones, pero sin duda, la que más me identifica es la que se refiere a reclamar la realización de OPE cada dos años, con un periodo máximo de resolución de 6 meses y donde se oferten todas las plazas vacantes. No es una utopía, en Educación  las resuelven en 2 meses.

Creo que esta vez no me equivoco.

DIARIO DE LA HUELGA 5: PACIENTES HUÉRFANOS DE MÉDICO

Quiero que me sustituyan para no tener que trabajar más duro que de costumbre antes de irme de vacaciones, haciendo un acopio del tiempo que no tengo, para dejar, como todos los veranos, el cupo lo más preparado posible para la carencia asistencial que ya es costumbre: tratamientos renovados, analíticas programadas para después de la vuelta, visitas domiciliarias a los pacientes más complejos y un largo etcétera porque todo eso hay que hacerlo mientras doblo consulta de los compañeros que ya se han ido tan agotados y preocupados como yo.

Quiero que me sustituyan para no empezar las vacaciones, en lugar de con la alegría y buen “rollo” que la ocasión y mis hijos se merecen, con la amarga sensación de no poder controlar lo incontrolable, y mintiéndome a mí misma mil veces acerca del precio que pagaré por ellas, antes y después de irme, luchando por quitarme de la cabeza la idea de que en realidad las trabajo doble, perdiendo o regalando un derecho robado por imposición de quienes las disfrutan tranquilos.

Quiero que me sustituyan para no sufrir el día antes de incorporarme  la angustia de tener que enfrentarme no solo a mi trabajo de cada día, sino también a los problemas generados por haber estado el cupo durante un mes de consulta en consulta, sin que les importe nada a los que “garantizan la asistencia” en los medios de comunicación pero no en los centros de salud ni en los domicilios de los pacientes.

Quiero que me sustituyan para que los primeros días tras la incorporación, la consulta trascurra con extraña normalidad, y no me espere una avalancha de pacientes sin cita con mil problemas que resolver.

Quiero que me sustituyan para que los pacientes me cuenten a mi vuelta: “Su sustituta me reguló el tratamiento de la hipertensión y me pidió una analítica” ” La doctora que estaba en su lugar me encontró una neumonía, y me la trató hasta que se curó” ” El médico que la ha sustituido vino a ver a mi padre varias veces a casa, hasta que consiguió controlar su agitación y nos transmitió calma a la familia… ”

Quiero que me sustituyan para que en el baile de una consulta a otra no se pase por alto la metástasis que solo se considera si es la misma persona la que valora ese dolor difícil que no responde.

Quiero que me sustituyan para oír de mis pacientes  la frase final de todos : “Doctora, que suerte que la hayan sustituido, en vez de ver a un médico diferente cada vez que venimos, como pasa siempre…”

Quiero que me sustituyan a mí y a mis compañeros, este y todos los años, cuando nos ausentamos por vacaciones, bajas y el resto de motivos justificados.

Quiero que me sustituyan porque la continuidad asistencial es resolutiva por sí sola, ayuda a detectar y prevenir problemas y complicaciones, por lo que garantizarla supone un ahorro, no solo económico, que también, sino sobre todo en salud para las personas, las familias y la población, que es para quienes trabajamos.

Voy a la huelga porque quiero que me sustituyan y que mis pacientes no queden huérfanos.

 

DIARIO DE LA HUELGA 4: LAS PRUEBAS DIAGNÓSTICAS…DONDE SE NECESITAN

Estudié los seis cursos de medicina del tirón y tuve buen expediente académico, fruto de mi esfuerzo por no perder la beca, del de mis padres que me apoyaron en todo momento, y de una buena dosis de suerte, para qué nos vamos a engañar. Me preparé el MIR y aprobé a la segunda con un número “bueno” que me permitió elegir la especialidad que quise (medicina de familia) entre muchas otras a las que podía optar y que fueron finalmente seleccionadas por otros compañeros que me miraban con cara rara, como mis padres y amigos y hasta yo mismo, a veces. Después, una formación continuada a base de arañar minutos al tiempo libre, a mi familia, y al sueño, basada en la lectura científica, la asistencia a cursos, talleres, jornadas, y a ratos de reflexión sobre los casos vistos y no aclarados, buscando información en fuentes de internet lo más solventes posible. Así llevo mis veinte años de práctica profesional, la cual me ha aportado ya por sí misma un inmenso caudal de conocimiento, aunque la medicina es inabarcable y uno tiene la impresión de que cuanto más sabe menos sabe, aunque parezca un trabalenguas mis compañeros seguro lo entienden, cada vez que aprendes algo nuevo, es como si descorrieras una cortina que te llevara a una habitación inmensa a reconocer y transitar, al final de la cual te esperan más y más cortinas a descubrir.

Digo esto para situar a aquellos que no caen en la cuenta, tiene que ser eso, de que los médicos de familia “sabemos lo que hacemos”, es decir, que cuando realizamos el acto médico (anamnesis-exploración-juicio clínico-plan de intervención) sobre cualquier motivo de consulta y en los pocos minutos que nos dejan para hacerlo, no lo hacemos “a la ligera” aunque nos obliguen a hacerlo lo más ligero posible. Tenemos una hipótesis sobre cada proceso que intentamos confirmar, a veces basta la exploración, a veces no. Por eso si indicamos una prueba complementaria, ésta forma parte del razonamiento clínico, de ese rompecabezas en que tiene que encajar lo que nos cuenta el paciente, lo que observamos y algunos datos objetivos que necesitamos investigar.

Pero, hete aquí, que de siempre los médicos de familia hemos sido considerados más torpes, peor preparados, o más díscolos, y nunca se han puesto a nuestra disposición las exploraciones complementarias necesarias para el ejercicio de nuestra actividad por parte de los que toman estas decisiones. Nosotros no sabemos. No, aunque tú hayas visto al paciente desde hace mucho, hayas orientado el caso, pensado el diagnóstico diferencial y acordado con él o ella un itinerario clínico, tienes obligatoriamente que “derivarlo” a otro compañero, el “especialista”, para que, según qué caso, continúe por donde tú ibas, o bien desbarate la hipótesis de inicio y “tire por otro camino” o, te devuelva al paciente sin hacer nada, que son las tres posibilidades que pueden darse y que se suceden, sin una lógica predecible, mostrando que hay variabilidad en la primaria pero también, y mucha, en la hospitalaria.. Y en medio está el paciente, dando vueltas en el sistema, mayores, con problemas de desplazamiento y de entendimiento, de soledad, económicos, de comunicación y, sobre todo, de salud, con esperas de citas cuyo tiempo hay que añadir al de las pruebas, alargando de forma indecente la llegada de un diagnóstico que en algunas ocasiones encierra la gravedad e importancia suficiente para estar, sin duda, ante un caso de mala praxis institucional. Por eso hay enfermedades, como el cáncer, en las que si iniciamos el estudio en primaria, siempre llegamos tarde. Nosotros no sabemos.

Pero claro, no nos pueden dejar a los primarios pedir todas las pruebas, perdona ¿por?. Argumento: se supone que desbordaremos los servicios hospitalarios, que es tanto como decir que vamos a actuar mal y vamos a pedir de todo a todos. Esto no se le presupone a los especialistas hospitalarios, ellos sí saben seleccionar. Si una prueba está indicada en un proceso diagnóstico razonado ¿no es mejor para el paciente y para todo el sistema que la solicite el médico que inicia el estudio?. Lo peor es que en este prejuicio contra el criterio del médico de familia intervienen incluso los directivos de primaria, que establecen sistemas de “filtro” sobre nuestras solicitudes y “vuelven atrás” las que no se ajustan a criterio. ¿Existen esos filtros desde el propio servicio en otras decisiones clínicas de otros niveles asistenciales? Nosotros no sabemos.

Y no hablamos siempre de pruebas supercomplicadas o costosísimas, parece increíble que un médico de familia en el tercer milenio, año 2018, no pueda solicitar una triste audiometría, una flujometría, multitud de pruebas analíticas, un tránsito esofágico, una ergometría, una ecocardio… da igual que sigamos o no con un listado interminable . Nosotros no sabemos.

Otra cuestión es cómo el tema de las pruebas complementarias favorece a la privada. Los pacientes, hartos de esperar y comidos por la incertidumbre y la preocupación, optan, a veces sin poder, por pagar para hacerse las pruebas. A cualquier sistema decente se le caería la cara de vergüenza y  haría lo posible por evitarlo. A mí me inunda una gran sensación de fracaso cuando vienen mis pacientes con ese sobre de tal o cual clínica casi excusándose, tímidamente, como si me hubieran traicionado, y mucho peor me siento si ese informe esconde un resultado anómalo, grave o sin retorno posible. La otra forma en que se promueve el sistema privado es en base a la política de conciertos: no hay dinero para invertir en personal y recursos para la sanidad pública pero sí para establecer acuerdos con la privada para que quiten las listas de espera cuando son insostenibles o cerca a periodos electorales.

También es escandalosa la diferencia entre zonas en cuanto a la disponibilidad de la pruebas desde primaria, lo que supone que según donde vivas, así tardarás en ser diagnosticado. Eso es porque es el hospital el que marca la pauta, esta aquí sí, allí no, esta no, en ningún sitio, esta sí en todos. Que alguien me explique qué criterio científico sigue esas normas. Los gestores de primaria ¿no tienen nada que decir?. Nosotros no sabemos.

Ahora, con la tan anunciada a bombo y platillo “renovación de la atención primaria” dicen que “nos van a dejar” pedir más pruebas complementarias, como una concesión, no como un derecho, como una herramienta imprescindible de trabajo. Por supuesto poco a poco, no sea que nos vayamos a creer con capacidades que no tenemos, y con “protocolos” consensuados con el hospital, lo que suena a la misma concepción de fondo: nosotros no sabemos.

Pero ya nos hemos cansado, me he cansado de no saber y he decidido explicar lo que veo día a días, año a año, por veinte ya, desde mi consulta. Porque veo también como manipulan las solicitudes de las pruebas complementarias para camuflar las listas de espera: si yo solicito hoy una prueba y pongo “citar desde hoy”, alguien modifica esa fecha y la sitúa en un punto muy cercano al de la cita real, de forma que los cinco meses de espera pueden ser un día nada más. Me parece gravísimo porque además deja al profesional al descubierto, como responsable de una demora que él mismo hubiera programado en la solicitud. De juzgado de guardia. Nosotros no sabemos.

Los médicos de familia tenemos claro para quien trabajamos. Las pruebas no son del médico, de ninguno, de los primarios que no sabemos, de los hospitalarios a los que no se les discute lo que saben, ni de los profesionales que las hacen, ni de los gestores que las organizan, ni de los políticos que las presupuestan,  las pruebas complementarias SON DEL PACIENTE que las NECESITA. No se trata de “negociar”, en un regateo humillante, qué puede o no pedir el médico de familia, se trata de poner a disposición de todos los PACIENTES las complementarias  que sean indicadas por el médico que le esté atendiendo en ese momento del proceso asistencial.

Porque hay vida inteligente….voy a ir a la huelga. Nosotros SÍ sabemos.

lista espera amallada 1

Fotos: 69 días para una Ecografía abdominal preferente, y más de 8 meses para una solicitada con prioridad normal. Se ha modificado la fecha indicada por el profesional para que coincida con el mismo día de la cita informática en la agenda Conciertos Delegación. La fecha real de realización es la que consta en el día anotado con bolígrafo (fecha del informe del hospital concertado donde se han realizado)

DIARIO DE LA HUELGA 3: ESPERANZA, PACIENCIA Y VALENTÍA. LAS 3 FORTALEZAS DE LOS CONTRATADOS POR EL SAS

Hace siete años que acabé la residencia con toda la ilusión que fue capaz de sobrevivir a un largo periodo formativo con más luces que sombras, si bien algunas de ellas tan enormes y tan oscuras que casi dan al traste con la esperanza que me viene en el nombre, por parte de madre, y la paciencia, que heredé de mi abuela paterna, maestra de educación especial que fue capaz de enseñar a leer y escribir y muchas otras cosas, a mentes desahuciadas y dadas por imposible, por otros, que nunca por ella. Casi igual de difícil, querer seguir siendo médico de familia mientras era residente y cubría las consultas de uno y otro y otro cupo, haciendo de sustituta a bajo precio y sumisión completa, sintiéndome fatal, como quitando trabajo a los compañeros en paro, que aunque digan que no, “haberlos ailos”, y a mí misma en un futuro muy próximo que ya duraba más de un quinquenio.

Al principio pensé que no importaba tener malos contratos, que ya vendrían tiempos mejores, pero no solo acabé la residencia en el peor de los momentos sino que, sin saberlo yo, la situación se prolongaría más y más allá del tiempo atribuible a los recortes económicos, aplicándose unos más profundos recortes en la forma de practicar la medicina de familia, dejándola literalmente “en los huesos”. Se acabaron los días sueltos, ya eso no lo sustituían, ni los salientes de guardia, ni las reducciones de jornada, todo a las espaldas de los profesionales y al sufrimiento de los pacientes repartidos y a duras penas atendidos nunca por la misma persona. Se dejaron de sustituir bajas maternales, jubilaciones y bajas largas, y por supuesto las vacaciones, con lo que no había ni un contrato que echarse a la boca, y nunca mejor dicho, que los médicos y nuestras familias también tenemos la mala costumbre de comer varias veces en el día.

Los contratos eran uno cada dos bajas que llevaran ya tiempo a las espaldas del resto de médicos del centro, y no siempre; claro, con tareas para dar y regalar, porque bien es sabido que una persona no puede hacer el trabajo de dos o más, y que llevar un cupo es mucho más que pasar consulta, por mucho que se empeñen en lo contrario los que toman las decisiones no solo de organizar la asistencia sino, como si de dioses se tratara, de decir qué es importante y qué no. Esos contratos incluían guardias donde y cuando mejor convenga, sin que tengas más opción que hacerlas y sin poner pegas ni rechistar, que si tienes el atrevimiento de mostrar disconformidad o ser crítica, te creas la fama de antisistema y olvídate de tener un buen contrato en tu puñetera vida.

De la bolsa mejor no hablo, que me entra la llorera y me aflora a la boca la mala educación que no tengo. Nos hacen enfrentarnos a una aplicación informática, invento del maligno, para aportar trabajosamente los méritos también trabajosamente arañados al escaso tiempo libre, a la familia y a la segunda parte de una juventud que ya doy por perdida, para luego llamarte, o no, a contratar según leyes no derivadas del azar, que ya sería grave, sino de otras decisiones sumergidas en sistemas de contratación en gran medida inconfesables. El móvil preparado para no sonar y la incertidumbre fuertemente arraigada en la boca del estómago, en ese punto encrucijada de la anatomía humana donde se unen el latido cardiaco, el esfínter esofágico inferior y la base de los pulmones, para hacer sitio a las emociones desagradables que no nos caben cuando crecen y tienen que salir afuera en forma de taquicardia, de nudo, o de asfixia, buenas amigas de los médicos de familia en precario.

Recientemente parecía que iba a haber más trabajo, contratos mejores, de más duración y estabilidad, y en esa ilusión por trabajar medianamente como se debiera, esto es, pudiendo seguir a los pacientes sus procesos, haciendo aunque sea mínimamente trabajo en equipo, pudiendo practicar una atención integral y personalizada, se ha vuelto a las andadas de la precariedad y consigo, como mucho, contratos de un mes, alabado sea el señor; eso sí, cambiando de centro continuamente, siempre avisada de un día para otro, no fuera a pensar que yo era alguien que a alguien le importaba, sin más explicación que la de dejar claro quien manda y quien obedece y desplazando a otros compañeros, a su vez echados cada el mismo periodo, en un baile de médicos esclavos, tú aquí, tú para allá, que despoja continuamente a los pacientes de sus médicos y a los médicos de su dignidad.

En la tourné por tantos centros he conocido todo tipo de directores. La mayoría me han asignado las tareas sin preguntar capacidades o habilidades, porque casi siempre éstas han consistido en doblar consulta, o consulta y urgencias, o consulta y avisos y pare usted de contar. Dispuesta a hacer pediatría, citologías, embarazo, cirugía menor y hasta retinografía, casi nunca se me ha requerido para estas actividades. Muchas veces he hecho extras y he “apagado muchos fuegos” pero solo una vez me dieron las gracias.

Ahora  estoy asignada al cupo de un compañero jubilado, y tengo contrato hasta el 31 de diciembre. También aquí me encontré el “¿Pero usted se va a quedar?” que acompaña en forma de interrogante con rostro resignado a cada nuevo contrato, en una escena cansinamente repetida.  Estos pacientes han tenido SEIS médicos distintos en el último año. Sin comentarios.

Aunque ocupo una plaza vacante, no sé si voy a permanecer en ella, no sea que se cumpla la legislación laboral; toda relación médico-paciente con una fecha de caducidad, no sea que se refuercen la comunicación y la personalización de la asistencia; no, no, ni hablar, mejor médicos y pacientes vulnerables que se puedan más fácilmente “gestionar”.

Y cuento todo esto porque ya no voy solo a hacer buenos mis nombres heredados (esperanza) o ejercitados (paciencia), sino que voy a jugarme pasar a la lista negra de las contrataciones, gracias a que ha nacido una cualidad que no tenía y que el trato que me han dado los gestores del SAS ha hecho emerger en mí a fuerza de una dolorosa resistencia para mantener el ejercicio de una medicina digna: la valentía.

Sí, yo voy a ir a la huelga. No me preguntéis por qué.

valentía

DIARIO DE LA HUELGA 2: LA DEMORA CERO, ESE MONSTRUO PERVERSO QUE SE COME TODO

Acabo de terminar la consulta. Estoy exhausto y mareado. Espero un poco antes de levantarme de la silla, creo que no podría mantener el equilibrio. Mi cabeza da vueltas o al menos es lo que siento,  como en la película esa de terror donde una niña era poseída por un demonio,  parezco la niña del “El Exorcista”. Algo así nos debe estar pasando, andamos atrapando en nuestro ser e interiorizando un monstruo que nos obliga a hacer cosas que no queremos. Como ver 70 pacientes en una jornada a cuatro minutos para cada uno. Uno, otro, otro más, rápido, renueva medicación sin poder revisarla, explora abdoménes, ausculta corazones y pulmones, ve gargantas y oídos, imprime y analiza analíticas, pon tratamientos y explícalos, busca informes de consultas hospitalarias a ver si están porque el paciente no recuerda lo que le dijeron, haz vales de ambulancia, escribe derivaciones haciendo constar todo lo importante, mantén la calma ante el cuelgue del ordenador, ante el paciente exigente, sé empático con el que sufre, escucha al angustiado, registra cada cosa en su sitio. De cuando en cuando un paciente que no conoces, el del compañero no sustituido, mirar alergias y lista de problemas. Vas acumulando retraso. Llamadas del mostrador. Un incapacitado con fiebre. Un visado “mal hecho”. Seguimos. Así hasta 70 en toda la mañana. Ya no estamos en Plan Verano. Y la atención primaria se está reforzando, dicen. Lo que no dicen es que la “Demora Cero” es ese espíritu maligno que nos invade revestido de bondades para el paciente: cita para su médico de familia en 24h. Fantástico. Si los cupos tuvieran un número de pacientes adecuado para poder cumplirlo sería magnífico. Pero si se lleven muchos años reduciendo el número de profesionales mientras la población aumenta, que alguien diga cómo podemos cumplir con ese estupendo objetivo. Además crea la falsa expectativa de que realmente puede hacerse y si no se hace es por una especie de flojera de los profesionales.

Mi peluquero, mi mecánico, mi dentista no tienen demora cero. Pero como yo quiero que ellos me atiendan, no me importa esperar un poco.  Y por supuesto no dejaría mi cabeza, mi coche ni mis piezas dentarias en sus manos si me ofrecieran cuatro minutos para atenderlas.

La demora cero supone una cultura de la inmediatez que no siempre, más bien casi nunca, va de la mano de la calidad de la asistencia. Ese monstruo que ha ido devorando a su paso las consultas programadas, los programas de salud, las actividades comunitarias, la formación y la docencia, la atención programada a domicilio, la formación continuada, la salud de los médicos y la de los pacientes…. Trabajo a destajo para cumplir con la demora cero. Es lo correcto. Se hace en todos los centros.

Así que este desgaste mental y físico, el aislamiento en la consulta, el mareo, el giro de cabeza, deben de ser cosa mía, y pensándolo bien sí, es también “cosa mía” seguir dejando que esto ocurra. Por eso voy a intentar hacer un exorcismo y sacarme este mal espíritu de mi interior: VOY A IR A LA HUELGA.

Porque quiero velar por la salud de mis pacientes, teniendo a mi cargo los que realmente puedo atender dignamente.

Porque quiero que se contraten más profesionales que doten a los equipos de atención primaria de los recursos humanos necesarios para cumplir con todos sus variados e importantes cometidos, incluyendo la atención urgente, la que no puede esperar,  en el centro y domicilios de forma adecuada y con todas las garantías asistenciales.

Porque no quiero practicar una medicina a destajo y al minuto que en absoluto permite la seguridad para el paciente, la comunicación efectiva y el acto clínico con garantías.

Porque quiero fomentar la promoción de salud y la prevención que, aunque no den resultados inmediatos y por tanto sean menos “vendibles” como buena imagen del sistema, son sin duda mucho más rentables para la salud de la población que ser mal atendidos en 24h.

Porque no quiero terminar la jornada con esta sensación de colaborar con una práctica de la medicina dictada desde los despachos de los que, como nunca lo han hecho, piensan que pasar la consulta del médico de familia es algo tan fácil y banal que puede hacerse de cualquier manera, setenta citas a cuatro minutos. Las personas no somos números.

Porque no quiero esperar a que nuestros gobernantes cumplan sus promesas cuando les venga en gana, que al final es nunca.

DIARIO DE LA HUELGA 1: “¡Diez minutos por paciente¡”

Parece que va a haber una huelga de médicos de atención primaria. Yo nunca he estado mucho en esas luchas. Mi consulta, mis pacientes, erre que erre, año tras año, intentando practicar la medicina de familia. Cuando me paro a pensar, de tarde en tarde, me entra algo de angustia, como una especie de claustrofobia dentro de mí mismo que intento bloquear con las cosas que más me gustan: estar con mi familia y mi afición a la pintura. Ya son más de treinta años de ejercicio y eso se nota, sobre todo porque en vez de cuesta abajo, cada vez es más cuesta arriba. No solo por el envejecimiento de las capacidades, que alguna aumentará con la práctica, digo yo, es por el cansancio acumulado, por el desgaste de esas condiciones de trabajo que, lejos de mejorar, como esperaba hasta hace nada, han ido empeorando. Ya no  espero nada. En treinta años no he sido capaz de arañar ni un minuto más para mis pacientes, sigo con los cinco minutos con los que empecé, más aún, he perdido, hemos perdido tiempo de consulta, porque desde lo de la “demora cero” me insertan pacientes o me ponen módulos extra de consulta, haciendo aún más escuálido el tiempo disponible para atender a cada persona. Como si eso no importara, como si diese igual tres que cinco que diez, como si lo que pasa en consulta no fuera importante. Y así vuelve la angustia del menosprecio a mi trabajo, no sé cuánto tiempo  darán a un cirujano para una intervención quirúrgica, pero seguro que no le “meten” “bises” para quitar lista de espera sobre la marcha del quirófano, ni citarán dos intervenciones al mismo tiempo. Pues nosotros también “operamos” sobre cosas delicadas, muy delicadas, quizá sobre esa patología que acabará en manos de la cirugía y que nosotros podremos diagnosticar “a tiempo” “con tiempo” suficiente para poder hacer la anamnesis, la exploración en condiciones y para poder “pensar” y decidir con acierto. Es cansino esto de llevar treinta años sin ver reconocida la importancia de nuestro trabajo.

También ha cambiado el perfil de los pacientes y la complejidad de la consulta. Mucho. No se puede prestar atención a la población hoy como hace tres décadas: distintos y muy amplios motivos de consulta, tecnificación de la medicina, población envejecida con pluripatología, tratamientos múltiples y muy muy complejos, necesidad hoy más que nunca de un profesional que globalice, que unifique, que priorice intervenciones, que revise tratamientos, que informe, que ayude a la toma de decisiones, que entienda… ¿en cinco minutos?. Otra vez la angustia.

En un tiempo llegué a creerme eso de que la culpa de no resolver la consulta en 5 minutos, tener demoras de hasta una hora y de hasta 7 días para la cita, era culpa mía: “me organizo mal en la consulta”. Hice los cursos esos de “gestión de la demanda”, nada, no fui capaz de “mejorar” nada. Me quedé con el sambenito de tardón que me colgó la dirección del centro pero que  jamás me ha reprochado ningún paciente, al contrario, lo agradecen porque saben que dedicaré  a cada uno casi el tiempo que necesita y esperar es en cierto modo la garantía de lo que encontrarán al otro lado de la puerta: escucha, reconocimiento e interés por su salud. Ellos sí me entienden.

Ahora ya me cansé de pasar por todo y  he decidido saltarme mi propia norma de no “meterme” en líos: voy a secundar la huelga principalmente por la reivindicación que me parece fundamental: “10 minutos por paciente”, y son pocos. Y estas son mis razones:

  • El tiempo es la “alta tecnología” del médico de familia: con él puedo abordar adecuadamente la mejora de la salud de las personas a las que atiendo.
  • La atención clínica abarca la promoción de salud, la prevención  y la curación y la rehabilitación cuando es posible. Todas necesitan tiempo, no quiero solo “curar” y a medias.
  • La mayoría de mis pacientes no acude por un solo problema de salud, cinco minutos para cada uno ya sería poco pero cinco para varios problemas es imposible.
  • Los problemas de salud psicosociales son muy  frecuentes e igual de importantes  que los clínicos, si no más, y tienen el “defecto” de que requieren más tiempo
  • El envejecimiento de la población y la presentación de pluripatología compleja hacen necesario  un distinto enfoque de consultas demanda breves, pensadas para problemas de salud agudos y puntuales, desconectados del resto. Para estos pacientes necesitamos consultas programadas más largas, que permitan el abordaje conjunto de la persona y todas sus circunstancias.
  • La carga burocrática de la consulta no se ha reducido, más bien ha aumentado, requiriéndose un tiempo adicional para realizarla, y con un deficiente funcionamiento y disponibilidad de medios técnicos. Las exigencias de registro en el sistema informático de cuestiones irrelevantes para la atención a los pacientes y solo importantes para contabilizar “objetivos” nos abruma y nos resta tiempo para lo realmente importante: la atención a las personas.
  • La escucha activa y la empatía, bases de la comunicación en consulta de atención primaria requieren condiciones de tiempo y sosiego para cumplir su fin comunicador y terapéutico.

 

“¡Diez minutos por paciente¡”