Diario de la huelga 9: Mi médico está en huelga

Me levanté más temprano que de costumbre, a mi edad parece que tenemos todo el tiempo del mundo pero no es cierto, porque somos más lentos en todo: cualquier actividad que antes era relativamente rápida, ahora se va demorando y dilatando, marcada por el ritmo lento que imponen los años, las habilidades aminoradas o definitivamente perdidas y la falta de energía por el desgaste de esas pilas consumidas a fuerza de buenos y malos momentos que ya no se reparan con el sueño fragmentado y reducido que tenemos los ancianos.

Hoy tenía cita en la consulta de mi médico, Don Andrés, que yo se lo sigo diciendo, aunque él se empeñe en que le llame Andrés a secas, es bastante más joven que yo, pero aprendí que una carrera, y más una tan larga y meritoria como la suya, le da un “Don” a quien es capaz de estudiarla y de ejercerla. Además se lo merece por méritos propios, por lo que lo respeto y admiro, ahí se va dejando cada día su empeño en atendernos lo mejor que puede, siempre con el tiempo encima, siempre va como quien dice “con la lengua afuera”, porque en cinco minutos, lo que es yo, la verdad, entre que entro y me siento y hablo y luego me levanto siquiera la camisa o la manga para que me reconozca, y me vuelto a vestir y me vuelvo a sentar, y él escribe en el ordenador (si le funciona) lo que tenga que escribir, pues ya nos hemos comido el cuarto de hora casi siempre. Por eso muchas veces, si puedo, aminoro mi lista de motivos, volveré otro día aunque me cueste, selecciono lo más urgente, o lo que más me molesta, porque es imposible contarle tantas cosas que le pasan a mi cuerpo, sin hablar de las otras, las preocupaciones, los problemas de la familia, los miedos, el que más el de tener que depender de otros…, pero él lo sabe, a veces me saca el tema, como si no viniera al caso, pero yo me doy cuenta, es muy buen médico, sabe notar lo que no se dice.

También ha venido a verme a mi casa, dos veces, una hace años por una bronquitis fuerte, qué mal estuve, no podía respirar, desde entonces y con su ayuda, dejé de fumar; la otra ha sido este verano, me caí en el cuarto de baño y, aunque pude levantarme, me quedé con un dolor en el lado que me tumbó unos días en la cama. Recuerdo que vino a la hora de comer, cuando acabó la larga consulta, pero no quiso ni un refresco, con el calor que hacía, yo le hubiera invitado a comer. Seguí su tratamiento y sus consejos y ya estoy recuperado.

Hoy iba a consulta para llevarle los papeles del cardiólogo que él me mandó para hacerme una prueba porque últimamente se me hinchan las piernas y me da un poco de fatiga cuando ando. El me auscultó con sus gomas y me dijo que había que hacerme pruebas que él no me podía solicitar, así que, papeles al mostrador, cada vez me lío más con ellos. Y tras un mes, visita al hospital, y por fin, hecha la prueba parece que sí que hay algo que no va bien, pero que ya me lo explicaría mi médico; y un tratamiento, más pastillas, vaya por Dios, que yo quisiera no tener que tomarlas, pero no queda otra según parece, pero hasta que él no me lo diga, no las empiezo.

Llegué con tiempo a la sala de espera, no me gusta ir tarde a ningún sitio, y me senté, que ya iba cansaillo, sin darme cuenta de los carteles que había en la puerta de la consulta y en las otras puertas, sí me llamó la atención que había poca gente en el centro, esto suele estar lleno un lunes a esta hora. Ya me temí que no estuviera mi médico por algo y que me mandaran a otra consulta, como pasa en los últimos años que ya no hay un sustituto, y andamos repartidos, como ganado, ya me ha ocurrido ir buscando consulta donde estuviera mi nombre en el listado. Miré el número que me habían dado para hoy, no,  pone el de mi consulta.

Fue cuando vino otra paciente que sí que le dio por leer el cartel y se mostró contrariada, ¡Vaya, que hay huelga de médicos!, dijo, y entonces me levanté y vi que era verdad, estaba allí puesto, y al lado un papel con diez peticiones que eran los motivos de la huelga. Aunque veo poco, fui capaz de leerlas, porque tendrían que ser razones poderosas por las que Don Andrés “no dejara plantados”, como decía esa señora. Y fui una por una y las entendí todas y todas me parecieron más que razonables, que ahí estaba yo también, en esos diez puntos colgados de las puertas de “nuestras” consultas. Ahí estaban el tiempo que tardo en explicarme y en preguntar, el tiempo en contar mis temores por el envejecimiento, las pruebas por las que tengo que ir a otros médicos y D. Andrés no puede pedirme, ahí las salas de espera llenas, el tiempo para entrar, y ahí que fuera atendido en casa a una hora que ya no es ni de visita, ahí estaba el andar perdido de consulta en consulta cuando no está D. Andrés, ahí estaba yo, estábamos nosotros todos.

Por eso me levanté y le dije a la señora:

Mire, D. Andrés ha sido capaz de pelear por lo que nosotros no. Buenos días.

Me fui con los papeles del cardiólogo en la carpetilla de médicos, una nueva cita en el bolsillo y la gran satisfacción de ser paciente de un médico en huelga.

 

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