Diario de la consulta 175: Nobel en humanidad

Entre las profesiones, la de médico es la más apreciada por los ciudadanos españoles (puntuación 8.5), y la de político la que menos (3.9). Sin embargo, ese prestigio y aprecio no es acorde al trato que recibimos en contratos, carga de trabajo, horarios y salario. Por eso emigramos y nuestra sociedad se quedará sin médicos.

DIARIO DE LA CONSULTA: NOBEL EN HUMANIDAD

Pepi acudió hoy a consulta después de mucho tiempo. Hay muchos motivos por los que desaparecen los pacientes y  no siempre se relacionan con la buena salud, como podría pensarse. Se sentó y me miró por encima de unas ojeras prominentes bajo sus ojos vivos de otras épocas, cuando sufrió de dolores de espalda mientras estudiaba las oposiciones de enseñanza que finalmente aprobó, o cuando tuvo a sus hijos, casi seguidos, porque le pareció mejor que se criaran juntos. De eso hace ya tiempo, luego empezó con la tensión alta, que costó controlar hasta encontrar ese fármaco que, no se sabe bien por qué, es el “suyo”, el de cada hipertenso. Ahora llevaba años sin venir.

Ha estado cuidando a su padre enfermo, me explica, que finalmente ha fallecido. Tenía cáncer y ya ha descansado, eso me dice con esa mezcla de tristeza y alivio que converge en el fondo del dolor de los huérfanos cuando los padres sufren de problemas severos.

El proceso ha sido largo pero mucho más llevadero gracias al médico de familia que le atendió. Y a Pepi se le alegra la cara cuando me habla de ese compañero y cómo “ha llevado” el camino recorrido entre la vida y la muerte de su padre. Cuando me dice el nombre veo con alegría que lo conozco y que, aunque nunca hemos trabajado juntos, sé de su profesionalidad y  de su fidelidad a los principios de la medicina de familia, que son los que mejor permiten ayudar a los pacientes y sus familias en los malos momentos y en los peores. Le corroboro que su padre ha estado en las mejores manos, corazón y cerebro que podía estar, y me da detalles que aumentan aún más el buen concepto que tengo de mi compañero: su disponibilidad, su empatía, sus conocimientos sobre el manejo del dolor y otros síntomas, su capacidad de trabajo, lidiando con la sobrecarga asistencial y la falta de tiempo para visitas domiciliarias, y su discreción, su forma de “pasar desapercibido” haciendo tanto y tan buen trabajo.

Al final de todo lo que va contando, Pepi resume su gratitud con una petición altamente razonable: “deberían darle el premio Nobel de Humanidad”.

Y yo me quedé pensando que ningún médico de familia optará nunca al Nobel de Medicina pero también es cierto que para ningún gestor, para ningún cargo directivo, una paciente pediría el inexistente pero necesario premio Nobel de Humanidad.

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