Diario de la consulta 174: organizaciones de la prisa

Tenemos dos opciones: enfermamos de prisa y sobrecarga de trabajo, o pasamos de los pacientes. Las dos son pésimas opciones. ¿Por qué no adecuar las plantillas y tiempos? Lucharemos con la fuerza inagotable de la justa cólera y de la desesperación.

DIARIO DE LA CONSULTA 174: ORGANIZACIONES DE LA PRISA

Hoy ha venido Susana a consulta con su habitual prisa, que supera a la mía, que ya es decir. Protesta por los días de espera para la cita, por el tiempo de espera en la sala de ídem, y la misma protesta tiene el ritmo acelerado de la música electrónica. Rápidamente me dice que viene “por un tranquilizante”. Es de esas personas con una especie de motor dentro que la mantiene siempre al filo y siempre en vilo. Cuando acude a consulta, tengo que hacer grandes esfuerzos porque no me contagie su ritmo, que sumado al mío, acelera mi corazón y sube mi tensión arterial mucho más de lo deseable. Ya le solicité un estudio tiroideo que resultó negativo y a veces he intentado hablar con ella sobre los efectos negativos de la prisa para la salud, aprovechando para también decirme a mí mismo lo mismo que a Susana. Ella nunca ha sido proclive a cuestionar que ser tan activa y tan “capaz” pudiera perjudicarle. Yo sí.

Trabaja en una sede del Servicio Andaluz de Empleo, donde se ha impuesto un sistema de trabajo que mide, evalúa y penaliza los minutos que tarda en atender a cada persona. Susana intenta hacer bien su trabajo, y lo pasa muy mal porque hay personas con las que tiene tardar mucho por dificultades en entender las normativas e instrucciones o en cumplimentarlas, o porque le cuentan las historias tremendas que hay detrás de cada desempleado. Toda la jornada está pendiente del reloj que le cuenta los minutos a ella y a sus compañeros, con los que la comparan constantemente por ser mucho más “lenta”. Me cuenta que ya todo lo hace con rapidez, rapidez que hoy se ha convertido en motivo de consulta porque la misma Susana ha tomado conciencia de que no puede seguir así. Me cuenta cosas como que no puede usar acondicionador del pelo por la dificultad para esperar unos minutos antes de enjuagarse; que tarda un pispás en ducharse incluso los fines de semana; que le cuesta mantenerse sin entrar al garaje de casa mientras se abre la puerta y casi se choca con ella; que casi se va saltando los semáforos y los soporta con la marcha metida y acelerando aunque el coche esté parado; que va a comprar a horas intempestivas cuando no hay apenas gente, para “tardar menos” y así uno tras otro relatos desproporcionados de su prisa patológica, hablando aceleradamente de su acelerado día a día, contando con prisa la prisa que tiene.

Respiro hondo y le pregunto por qué cree ella que le pasa eso. “No lo sé, dígamelo usted doctor”.  ¿Qué le digo a Susana?, que vivimos en la sociedad de la prisa, donde hacemos las cosas rápidamente para sacar tiempo para hacer más cosas con rapidez; que se nos exige un ritmo de actividad insano haciéndonos interiorizar que hay que ser rápido, desenvuelto y “eficiente”; que otras personas suelen sacar partido de nuestra prisa y son los principales interesados en que la mantengamos poniendo interés en hacerlo como algo “nuestro” y sintiendo la culpabilidad del perdedor si no lo conseguimos; que en las organizaciones, incluida la sanitaria, se imponen ritmos imposibles de trabajo que se asumen como “normales” en la inercia cotidiana y nos hacen perder a chorros la salud física y emocional.

Susana y yo trabajamos en organizaciones de la prisa, contra la que tendremos que luchar o acabaremos chocándonos con la puerta de nuestros garajes mientras otros nos cuentan las demoras y minutos de atención.

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