Diario de la consulta 170: tres urgencias

Gritemos todos juntos: ¡el médico no tiene el don de la ubicuidad, ni es un superhéroe con poderes especiales! Pues que no se nos exija como a tales.

DIARIO DE LA CONSULTA 170: TRES URGENCIAS

Hoy llegué a la consulta con buen ánimo. No siempre ocurre, así que la tarde pintaba bien de entrada.  Ya en la puerta estaba la primera urgencia, una paciente mía con la cara algo abotargada,  la pasé mientras yo mismo entraba, explicando a los primeros pacientes que venía de urgencias, la invité a sentarse, encendí rápidamente el ordenador, me puse la bata y empecé a atender a Isabel. Venía con un pico tensional 210/115. No es hipertensa conocida. Completé los datos necesarios sobre si había tomado medicamentos, qué síntomas se notaba, desde cuándo… La  tensión no bajó lo suficiente tras aplicar el protocolo correspondiente de tratamiento, tres fármacos y tres comprobaciones del desafío que nos hacía la tensión alta de los vasos sanguíneos de Isabel.  La exploración reveló algún signo de alarma, así que solicité una ambulancia de traslado y la envié al hospital para completar el estudio del daño que podría estar ocasionando y bajar esa tensión que tanto se resistía.

Empecé a ver a los pacientes citados con cuarenta minutos de retraso. Sin olvidarme de Isabel, apenas llevaba vistas unas cuantas personas cuando me avisa la administrativa que habían traído una señora que se había caído en casa y tenía mucho dolor. Carmen no podía andar así que la habían puesto en una silla de ruedas. Le dije que la pasaran ya a la consulta. Salí a explicar a los resignados pacientes de la sala de “espera” que iba a atender otra urgencia. Cuando entró la paciente y sus familiares, ya llevaba en la cara el signo del dolor. Esta pálida y algo sudorosa y tuvimos que pasarla casi en volandas a la camilla de exploración. Pierna derecha acortada y rotada, alta sospecha de fractura de cadera. Llamo a la enfermera para poner analgesia en la misma consulta y no mover una y otra vez a la paciente. Nueva llamada al centro coordinador, nueva solicitud de ambulancia. Hice informe, expliqué el motivo de enviarla. Retraso ya superior a una hora. Murmullo en la sala de espera.

Intentando cambiar el chip en mi cabeza y sin sacarme de ella a Isabel ni a Carmen, volví a los pacientes citados, que por cierto, también requirieron concentración y esfuerzo.

Cuando me llamó la enfermera para decirme que tenía un paciente en el electrocardiograma que había venido por dolor torácico, ya se me había olvidado el buen humor de la entrada. Esta vez fui yo quien salió y me fui a verle a la consulta de electro. Estaba arrítmico pero no descompensado, el dolor era similar a otras veces pero más fuerte y duradero y había estado teniendo estos episodios las últimas dos semanas. Angor inestable. Cuando llamo de nuevo al centro coordinador no pueden creerse que sea yo otra vez. Yo tampoco me lo creo pero Rafael me preocupaba más que mi fama de gafe o que mi fama en general, así que me puse muy en mi papel dando los datos del paciente para evitar demoras en el traslado.

Cuando volví a mi ya destrozada consulta e intenté ya lo imposible, concentrarme en ella, la siguiente paciente, Victoria me dijo lo que debería ser gritado a instancias superiores que nunca escucharán: “Doctor, no se puede estar en dos cosas al mismo tiempo”. Es verdad, Victoria, es indigno que pacientes con urgencias graves no tengan un profesional que realmente pueda atenderlos bien, es indigno que los pacientes no graves pero necesitados de la atención de su médico, tengan que ver a este entrar y salir, llamar, descentrándose e intentar centrarse en ellos mismos en un continuo vaivén, y es indigno para el profesional vivir la frustración y la impotencia de no poder hacer adecuadamente su trabajo.

Victoria, al terminar de ser atendida por su maltrecho médico de familia dijo al salir lo que es una evidencia para todos menos para los que tienen en su mano arreglarlo: “aquí hay trabajo para varios médicos”. Claro Victoria, vamos a gritarlo juntos, alguien nos escuchará.

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